La exploración de Alberto Asprino en torno al objeto como experiencia afectiva permite acercarnos al resto, a la huella, desde una perspectiva que trasciende el efecto de los cambios físicos. El trabajo está anclado en la percepción interior, en la lectura que nosotros mismos podemos aportar creando así nuevos marcos de comprensión del mundo cotidiano. Durante casi cuarenta años su taller se desplaza por recorridos de las costas, las calles, las ruinas de edificaciones o los caminos más ocultos. Recoge los objetos que lo llaman y que dejan de ser simples cosas para convertirse en fragmentos de la memoria y del paso del tiempo. Con ello ha logrado articular una especie de arqueología de la sensibilidad –una cartografía de las emociones– que expresa la energía de los objetos y que fue presentada con el nombre Desde la orilla, la otra orilla, en la nueva Galería Los Cubos de la Universidad Católica Andrés Bello.

En 1984, en el Ateneo de Cabudare, estado Lara, el artista inició el proyecto Desde la orilla en una intervención accional con sus recolecciones de las costas del litoral venezolano. Colocó minuciosamente los objetos en las aceras de una calle comercial, a medida que los transeúntes circulaban, participaban en la ejecución, e incluso llevaron algunos objetos personales y los incorporaron al inmenso texto que se desplegaba como un manifiesto de la memoria. En el transcurso de más veinte años la orilla del mar se fue desplazando hacia el espacio urbano, de manera que, a partir de 2004, ya sabíamos que su paso por las calles significaría nuevos registros en su inmenso mapa de los afectos. Durante esos años Desde la orilla se desplazó por el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia y la Sala Braulio Salazar de la Universidad de Carabobo, donde pudo apreciarse en su plena extensión en el 2007. La primera etapa, que venía de las costas y playas del litoral venezolano después del deslave del estado Vargas, ahora se centró en las calles y los espacios de la ciudad de Caracas. Asprino continuó el proceso mientras el país se iba convirtiendo en resto, en huella, en “eso que va quedando” de la destrucción programada por la tiranía. En Caracas, las aceras acogen enormes cantidades de basura o de casas desmontadas, los objetos van armando un texto de la cotidianidad vencida, y en ese frágil territorio plantó un proyecto estético que tuvo un primer campo de expansión con esta exposición de 2018. Entre esas dos orillas y en esos paisajes se traza la historia de las últimas décadas, el desarraigo, el despojo y los diferentes modos de existir que revelan los objetos.
El lugar seleccionado para la muestra consiste en siete cubículos cuadrados con paredes de vidrio, colocados en línea recta en el cuarto piso de la biblioteca, con vista a todo el edificio y a los jardines circundantes que se reflejan en los cristales. Cientos de objetos fueron organizados en cada uno de los cubos por semejanzas y diálogos entre ellos, produciendo lo que Asprino denominó paisajes emocionales del diario acontecer. Las siete estaciones se trabajaron a la manera de site-specific. El ordenamiento del conjunto remite a un sistema de clasificación muy particular, pues el propio lugar iba llamando a las correspondencias. Cada paisaje se inicia con una cita de autores seleccionados por el curador Humberto Valdivieso, en un espectro de inclusión que iba de Hölderlin a Sentimiento Muerto, pasando por Jorge Luis Borges, Marcel Duchamp, Octavio Paz o Rafael Cadenas. Cada uno de ellos activa un detonante poético dentro del territorio de los objetos y, a la vez, nos permite establecer asociaciones y construir narrativas en cada instalación particular. Cada objeto es un fragmento separado de su función y origen, pero también es parte del cuerpo escultórico total de la instalación a la cual pertenece. Cada orilla se vuelve una sola porque en cada cubículo se mezclan los objetos de la orilla del mar con los de la ciudad. Libros, vasitos de café, pedazos de madera, máquinas de escribir, maletas, juguetes, brochas de pintar, discos de vinilo, maletas, muñecos de plástico, anuncios, pelotas, artefactos eléctricos, llaves, monedas, cascos de protección: el resultado es un inmenso archivo de la playa y la urbe, una arqueología de las orillas con las cosas que han sido destinadas a ser orilla y habitar los márgenes. En el proceso se cruzaron las dos orillas, pero también las disciplinas, pues el montaje fue concebido a manera de performance, donde el público seguía al artista, proponía cambios de lugar o expresaba sus recuerdos y remembranzas. El recorrido cierra en un cubículo con solo dos maletas abandonadas en un viejo hotel, que pertenecieron a inmigrantes de los años cuarenta, acompañadas de un texto de Rafael Cadenas que nos mueve al futuro: “Florecemos en un abismo”. Son años de mirar el olvido, de clasificar los recuerdos, de transformar la realidad en nuevos escenarios de la memoria, de crear un alfabeto del desecho.
