El artista visual Antonio José de Barros Carvalho e Mello Mourão, más conocido como Tunga, falleció en junio de 2016. Su primera exposición individual, Masturbación infantil fue realizada en 1974, en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro, cuando tenía apenas 22 años. De allá para acá, fueron centenas las participaciones en proyectos organizados en diversos lugares del mundo.
Tunga participó aún muy joven en el Pabellón Brasilero de la Bienal de Venecia (1982), luego de la Bienal de La Habana (1994), de la Documenta de Kassel (1997) y tuvo su primera individual en el MoMA en el 2007. Fue el primer artista contemporáneo convidado para dialogar con la arquitectura del Louvre, en 2005. Con una investigación extremadamente peculiar en el arte contemporáneo del Brasil - capaz de entrecruzar elementos escultóricos, grandes escales y un universo poético que oscila entre el sueño y la fantasía - su obra fue admirada por agentes muy diversos del sistema de las artes visuales. Su presencia en el escenario artístico brasilero tenía un peso diferenciado debido a ese reconocimiento tanto interno como internacional - aspecto poco común cuando lo comparamos con el recorrido de otros artistas de su misma generación.

Desde su fallecimiento, algunas instituciones han organizado homenajes para el artista. En 2016, por ejemplo, el MAM Río realizó una gran colectiva de su colección titulada En polvorosa, parte del título de los Dibujos en polvorosa, obra de Tunga de los años 1990. Una semana de homenajes también fue organizada por Inhotim, institución que abriga gran número de sus obras y que le ha dedicado un pabellón exclusivo. El Museo de Arte de São Paulo fue el primer museo del mundo en realizar una retrospectiva de sus trabajos, en diálogo con el ciclo de exposiciones Historias de la sexualidad. Titulada El cuerpo en obras, la muestra traía diferentes trabajos del artista para pensar su corporeidad.
Finalmente los homenajes y revisiones de la producción de Tunga llegan a Río de Janeiro mediante la primera exposición antológica de su obra después de su deceso. El rigor de la distracción, curaduría firmada por Evandro Salles y Luísa Duarte, abrió en el último mes de junio, en el Museo de Arte de Río. Ocupando el considerable espacio del segundo piso de la institución, con sus cerca de ochocientos metros cuadrados, se trata de un proyecto que iluminaba aspectos poco explorados o aún vistos en la producción del artista. En otras palabras, en lugar de mostrar obras de gran escala y drama donde el tan estudiado “barroco” de las imágenes de Tunga se ve de manera explícita, los curadores optaron por seleccionar obras más silenciosas en las que los dobleces de su investigación se observan en detalle.
Ese interés por la sutilezas nos ayuda a comprender tanto la presencia esencial de los dibujos en la exposición, como el propio discurso curatorial a su respecto. Por más que la muestra haya sido anunciada como una exposición que gira en torno de los dibujos hechos por Tunga – ya sea como proyectos para esculturas, o como experimentación gráfica - al caminar por las dos salas se percibía la presencia de diferentes lenguajes y escalas. Sin embargo, aún cuando las obras tridimensionales tenían escalas próximas a lo grande, no eran monumentales y siempre traían un deseo de minuciosidad semejante al percibido en sus dibujos sobre papel.
El montaje propuesto por los curadores endosaba el espacio vacío entre las obras y contribuía con su carácter silencioso. Dibujos dispuestos en marcos de madera, trabajos hechos con tejidos colocados directamente en el muro y, especialmente, vitrinas para abrigar algunos de sus objetos escultóricos dan el soporte necesario para que las obras hablen por su propia cuenta. Interesante destacar cómo esa manera de exponer los trabajos va en una dirección poco habitual dentro de la historia de las exposiciones del mismo museo que a veces pecan por el exceso de informaciones de texto, obras que se aproximan a un horror vacui. Para aproximarnos a ese aspecto de la obra de Tunga, se requiere de tiempo, de mirar más de una vez y de que las vecindades de imágenes sean un poco más distantes, tal como lo propuesto con precisión en esa curaduría.
Plásticamente era interesante constatar algunas insistencias por parte de las manos del artista – sean sus círculos y un diálogo de parte de su producción con una cierta abstracción orgánica y con un tono ligeramente trascendental, sean las imágenes que se relacionan con el cuerpo humano generalmente desmembrado. Dientes, formas que recuerdan miembros humanos o el sexo representado en dibujos rojos - las imágenes de Tunga logran presentar algo visceral, aunque estén contenidas en una hoja A4. Estamos frente a los elementos centrales de su investigación, y nos corresponde, como público, establecer sus conexiones.
Finalmente, después de observar las obras gráficas y escultóricas en la muestra, las producciones en fotografía y video eran esenciales para percibir puntos de contacto entre diferentes lenguajes. Interesante notar cómo, después de circular por la exposición, observamos de otra manera el registro de la acción Xipófagas capilares (1984) - posiblemente una de las obras más conocidas de Tunga, fotografiadas por Wilton Montenegro. La unión del cabello de esas hermanas gemelas también se puede ver como dibujo y se puede conectar fácilmente a uniones vistas en obras gráficas, en videos y hasta, más literalmente, en los objetos-trenzas.
El rigor de la distracción fue una oportunidad única para ver tantas obras de Tunga en un mismo espacio expositivo. Debido a su proyección internacional y a su creciente valor de mercado, ciertamente esas obras se distribuirán en colecciones en diferentes puntos del mundo. Cuándo tendremos la oportunidad de ver esas series en un mismo espacio institucional en Río de Janeiro? Tal vez nunca más. Perdemos en cuanto público – especialmente en ese momento histórico en que combinar rigor con distracción se hace esencial.
RAPHAEL FONSECA
