La exposición Testigos del desarraigo que Marylee Coll presentó en Beatriz Gil Galería es una especie de relato de los procesos de exilio tan frecuentes en las sociedades contemporáneas, especialmente en Venezuela. El trabajo proviene de diez años de observaciones y recorridos minuciosos por el interior de diversas casas de Caracas que colocaron a la venta las últimas pertenencias antes de la partida. Coll había ya presentado en 2013 una selección fotográfica de las figuras de porcelana que se colocan también en ventas particulares, y la ubicó bajo la configuración de esos pequeñísimos figurines-monumentos que pueden acompañar afectivamente a sus dueños. En esta ocasión, agranda el espectro y lo lleva a una dimensión que toca otros planos. La muestra podría ser entendida como un extenso y agudo ensayo visual desplegado en sesenta imágenes que activan reflexiones socioantropológicas y afectivas, así como procesos de deconstrucción en las perspectivas estéticas, a la hora de incorporar el objeto en el arte contemporáneo. Los objetos se vuelven cuerpo, pero también recuerdo, testigos del desarraigo, cartografías del olvido, marcas de lo que resta y se queda.

En una primera dimensión, la artista diseña un programa de lecturas socioantropológicas acerca de los objetos. Cada imagen contiene un inventario de todo tipo de las cosas que rodean la vida cotidiana y que por años acompañaron la existencia: cuadros, fotografías familiares, vajillas, sábanas, manteles, libros, almohadas, viejas máquinas de coser, afiches, cojines, lámparas, baules, muebles, mapas de Venezuela, ropas. Todos ellos nos permiten reconstruir la experiencia social que definió su contexto: reuniones, festejos, los pasos diarios. De acuerdo con las palabras de la curadora Ruth Auerbach en el texto introductorio, “la extensa cartografía de objetos captada por Coll en estos ambientes íntimos y extemporáneos configura un mapa de relaciones múltiples desde las afinidades y correspondencias que percibimos entre las posesiones patrimoniales representadas y las consecuencias de una despiadada y contingente circunstancia”. Allí se puede apreciar un aporte fenomenológico para comprender el objeto que deja de ser una cosa inanimada y se convierte en trozo de una vida que ya fue. En segundo lugar se asoma una visión afectiva en torno a los objetos pertenecientes a un entorno vital que, sin embargo, se abandonarán en la partida. Quienes emigran están obligados a escoger lo que se llevan consigo y lo que no, y esta acción supone elecciones que tocan los afectos y las necesidades. A veces dejamos objetos queridos, pero no hacen falta, y a veces, simplemente, no podemos o nos cuesta desprendernos de ellos, incluso si se trata de un álbum de fotografías o un retrato pintado de la madre. Pero también ese mapa de relaciones afectivas permite llegar al resto, a la huella, a lo renunciable, que llegará a convertirse en el auténtico testigo del desarraigo. Se trata de un gesto deconstructivo que llega a desdibujar los contornos nítidos de los recuerdos y los despoja de sus valores iniciales de utilidad u ornamento. Se convierten en sombras y, a pesar de la aparente inmaterialidad de una sombra, redefinen la densidad crítica del objeto y producen una nueva narrativa del desarraigo.
El enfoque fotográfico de estas imágenes es siempre frontal y la composición se estructura en un doble plano también frontal, lo cual activa la posibilidad de pensar las obras, no como fotografías de objetos, sino como unos retratos de objetos que, dentro de su condición de desarraigo, son portadores de una personalidad o dignidad que les otorga un cierto carácter expresivo. Es decir, los objetos abandonan su estatus ornamental o utilitario y se convierten en portadores de significación. Pero el elemento que aglutina esta consideración de los “retratos de grupo de objetos” es la construcción del lugar, del espacio de los objetos. Coll registra fotográficamente el espacio doméstico: “Paredes desconchadas, mansiones invadidas por la naturaleza circundante, libros y publicaciones abatidos en el piso, cuadros descolgados, fotografías abandonadas, cajas de cartón y papel de embalaje, acompañan esta historia de transitoriedad desplazamiento y resiliencia”, señala Auerbach. Las imágenes son retratos de los objetos pero también retratos de los lugares que los albergan. Rodeando esta noción del espacio donde posan los objetos se mueve una interpretación voyeurista en la mirada del observador que se convierte en otro testigo y que aporta sus propias percepciones o experiencias de desarraigo. Obviamente hay una pérdida de las posesiones que se ponen en venta, pero también hay una adición de sentido en el espectador que elabora sus propias historias en torno a lo que ellos y sus dueños fueron. No se trata solamente de una poética del objeto sino del lugar y del recuerdo, es decir, de los contextos o lugares que albergan a esos objetos: el espacio abandonado pasa a ser la metáfora de los países en abandono, de poblaciones en permanente desplazamiento, de migraciones y diásporas, de lo que dejamos, lo que llevamos y lo que va produciendo una geografía de afectos en nuestra memoria.
MARÍA LUZ CÁRDENAS
