El artista mexicano Martín Soto Climent afirma abiertamente –tanto como para exhibirlo como parte de su exposición en el texto que escribió para esta– que se aferra a la poesía, “pues intuyo que el Ser como entidad es Total, y abarca más de lo que podemos comprender cuando nos movemos dentro de los límites tangibles de la realidad”. A partir de esta certeza (o sensación frente a lo inmanente) se ha identificado con el poeta argentino Roberto Juarroz, en quien ha “descubierto un silencioso maestro” después que el padre de su novia se lo regaló hace dos años1. Es por este motivo que le dedica a Juarroz su más reciente exposición, cuyo título es un verso suyo. Todo comienza en otra parte es una declaración de principio que juega –de entrada– con la ambivalencia entre lo originario como posibilidad –en el arte y la poesía– y los procesos –en estricto sentido, crítico–, que nos puede llevar a invocarlo como tema, alusión, referencia, metáfora o fin.

Según nos explica, Soto Climent recurre a Juarroz porque este “entiende el poema como un espacio de pensamiento, el lugar donde el hombre se pregunta por la realidad, por los dioses, por los hombres. Por eso, su poesía puede calificarse de filosófica, porque se plantea las mismas preguntas que esta disciplina, aunque él sepa de antemano que no hallará respuesta”. La frase de Juarroz que cita Soto Climent, y que sintetiza estas atribuciones (y sus imposibilidades), es una enumeración paradójica: “El destino del poeta moderno es volver a unir el pensar, el sentir, el imaginar, el amar, el crear”2. El candor que proclama esta lista de generalidades –lista de atribuciones y empoderamientos del poeta o artista moderno– sirve para la transubstanciación mínima de los objetos a la que apela Soto Climent, quien –siguiendo todavía el texto de sala– declara (o, más bien, describe) que su relación con los objetos intenta, más que alterarlos, hacerles “sutiles modificaciones” que buscan generar “una realidad que duplique la realidad del objeto”. Soto Climent se declara sofocado por “las escasas posibilidades racionales del pensamiento”, a las que considera “muy limitadas y rígidas, imposibilitadas para disolverse en estas cuestiones tan esenciales”, y, así, tensa y envuelve, o cubre o sobrepone, según sean el caso y la finalidad, lienzos en bastidores con medias elásticas negras, en lo que puede leerse como una extensión de su sentido y significación como objetos. Donde el lienzo sobre bastidor deja de ser un soporte para convertirse en un agente dinámico y complementario de una acción que lo objetualiza para transformarlo en lo que es, al final: una meditación de sustratos. La materia como tema o, mejor, los materiales como tema, en lo que –insisto– es una búsqueda de lo que puede ser una esencialidad matérica –dada la referencia al sustrato poético– o una representación de los materiales en lugar de sí mismos, tendiendo en este caso a su sublimación. El material, a pesar de que es –todavía y en esencia– lo que es, pasa a ser otra cosa; sutil, como nos subraya Soto Climent, que la describe como alteridad (otro o en lugar de otro) y no como alteración (cambio esencial). Siguiendo esta mística, usando la palabra en más de un sentido, hizo personalmente un montaje flotante, donde las obras penden de los dos lados de las mamparas, convertidas en contrapartes unas de otras orquestando un juego que desde lo orgánico, y supongo que también de lo originario, contrapone, completa, abre y amplifica el sentido esencial de sus patrones, unido irremediablemente a sus elementos, apelando a la fragilidad esencial que los dice y los constituye como escritura y materia. Esta búsqueda por el sentido esencial de las cosas y la representación de lo originario, que sigue una vena romántica por la verdad que es al mismo tiempo hegeliana en su aspiración al absoluto y decadente en sus extremos, agotamientos y reducciones al absurdo, y que lo llevó hace varios años a crear, fascinado por la lectura de À Rebours de Huysmans, a crearle una homónima –Caramel Huysmans– que se prende a su vez de un objeto híbrido de su creación: “un monedero (de piel roja, abierto de manera obscena sugiriendo una) vulva”, para crear una exposición que lo lleva a insistir en su naturaleza paradójica: en el efecto o choque que causan como metáforas. Así, tiene al híbrido como recipiente conceptual que se abre a la ambivalencia paradójica de sus contenidos en pos de una verdad última. Por ejemplo, ahora tiende alambres como alebrijes que acaban por ser insectos alados, o hace nacer una mariposa del cascarón de un huevo. En esa fragilidad que tienen como objetos e ideas yace su milagro. Y es por esto que cabe subrayar el verso con el que cierra el epígrafe de Juarroz que usa como epígrafe a su texto de sala: el “Allí donde comienza”3 de las cosas que “en rigor no estuvieron nunca aquí”.
NOTAS
1. Según le dijo en entrevista a Felipe Pando, publicada en el portal de L’Officiel, el 12 de septiembre de 2018.
2. Roberto Juarroz, “Poesía y realidad”, texto leído en su ingreso a la Academia Argentina de las Letras.
3. Roberto Juarroz, segundo poema de la Decimotercera poesía vertical.
RICARDO POHLENZ
