De la opacidad imperativa a la manifestación pública podría ser un título alternativo de la exposición colectiva El pensamiento temblante, que la Americas Society organizó como un homenaje a dos grandes intelectuales caribeños cuyo prestigio ha ido en ascenso a lo largo de las últimas décadas: la etnóloga, narradora y artista cubana Lydia Cabrera y el escritor martiniqués Édouard Glissant. La curaduría toma riesgos interesantes, pero por eso mismo significativos. El archipiélago descentralizador como modelo de pensamiento está en la base de la práctica crítica y literaria de Glissant, de manera que la noción del pensamiento temblante es más cercana a su quehacer, aunque sus libros están impresos en la forma del tratado filosófico tradicional. En cambio, Cabrera es una estudiosa anclada en la modernidad con su impulso enciclopédico de pionera, casi podría decirse de vanguardia. Los apuntes en sus cuadernos poseen la ansiedad de la inmediatez, del testimonio presencial, que le dan una frescura inefable. Sus dibujos son los nervios de un alumbramiento único en la cultura visual cubana.


La muestra se organiza en tres grupos, correspondientes a igual número de salas, y se procura balancear la selección de obras originales de artistas de numerosas latitudes y generaciones con materiales de archivo enfocados en Cabrera y Glissant, que sirven para expandir y multiplicar las asociaciones entre los significantes como una vasta red de relaciones que se proyectan en muchas direcciones. Podría pensarse en una curaduría total, en el sentido que Fernando del Paso buscaba una novela total, explotando todas las posibilidades de la narrativa. Sin centro ni puntos de salida o llegada, esta organización sigue la estructura abierta del rizoma, que está en deuda con la teoría del archipiélago.

De cualquier modo, hay referentes esenciales en cada sala. En la primera, es una copia de la edición príncipe del libro El monte de Cabrera, un tratado sobre las prácticas religiosas afrocubanas, así como un documental sobre El derecho a la opacidad, un concepto fundamental en el pensamiento de Glissant. El monte revela un universo hasta entonces poco conocido de la religiosidad popular, en respuesta a ciertos acercamientos folcloristas que habían alimentado las producciones intelectuales cubanas en las primeras décadas del siglo XX. Este libro situó a Cabrera como una figura capital en los estudios etnológicos de la cultura nacional, en un momento de rivalidad entre las vertientes hispanista y afrocubana. Por su parte, la opacidad de Glissant, que desarrolla en el París de la segunda mitad del siglo XX, adquiere un carácter altamente político y casi alternativo a la mirada de impulso ilustrado del movimiento de la Negritud, o de los estudios psicoanalíticos descarnados de Franz Fanon. Con su defensa del derecho a la opacidad del sujeto negro, que solo es visible para los aparatos de la represión y la criminalización, Glissant adquiere mayor vigencia para la cultura actual con la obsesión por la transparencia de la sociedad hipermoderna.


No es casual que desde esta sala introductoria se nos presenten obras de carácter híbrido, como el libro de artista Homenaje a Édouard Glissant, de la poeta libanesa Etel Adnan, un acordeón de formas simples verticales, en colores terrosos y en negro, gestos herméticos. O la serie de Bocetos para Atópolis, del norteamericano sureño Jack Whitten, consistente en un políptico de doce pinturas en acrílico sobre papel en un lenguaje expresionista abstracto. Por su parte, Melvin Edwards, con su particular uso de la soldadura en composiciones escultóricas de relativa complejidad y masa compacta en Fin de siglo, contrasta el peso físico y la ligereza del diseño. La opacidad toma aquí la forma de una coraza protectora que es tan significante como hermética.
La segunda sala está dominada por un conjunto de vitrinas en las que se alternan obras de arte originales con publicaciones, ya sea impresas o en formato digital. La distribución de estas impone al espectador un recorrido que tiene mucho del movimiento zigzagueante de las corrientes entre las islas del Caribe. Sin dudas, este recurso parte del mismo sentido de descentralización que la noción de archipiélago sugiere. El desplazamiento permite resaltar asociaciones visuales inesperadas. Por ejemplo, las cerámicas blancas de la siria Simone Fattal (Pared I y Pared II), con sendas paredes perforadas, frente a una pintura de la cubana Amelia Peláez, con una figura femenina central, sin boca, rodeada por una serie de encajes, brocados y demás diseños de franca estilización barroca. Asimismo, las imágenes de los dibujos de la propia Lydia Cabrera, quien en cierta ocasión expuso en una galería y hasta escribió sobre ellos con la pretensión de que eran de un artista hombre, Armando Córdova (un heterónimo), dialogan con las figuras surrealistas de Roberto Matta.

Una selección de dibujos originales de Cabrera representa exquisitamente un sinnúmero de animales. Estos aparecen a veces solos y otras veces en columnas, montados caprichosamente sobre la cabeza de una figura humana, o sobre el lomo de otro animal. Se trata de bocetos de ilustraciones de historias alegóricas del universo afrocubano que la propia Cabrera estudió y a veces escribió, ya sea como un registro de testimonios de sus informantes, o como narraciones de su propia invención. Procedentes de la colección del Lowe Art Museum de Miami, estos dibujos acompañan la extraordinaria escultura Ejo Awuru, serpiente de madrugada, del brasileño Mestre Didi. Utilizando hojas de palma, cuero, caracoles y cuentas, la obra semeja la forma de una serpiente que ha sido anudada formando dos círculos intersectados perpendicularmente. El detalle de la cabeza en cuero ofrece una curiosa vivacidad a la escultura, que en los dibujos de Cabrera se traduce en la línea nerviosa. Ecos de estas formas vivaces se aprecian en los dibujos de animales de la peruana Elena Tejada-Herrera. Algunas publicaciones en formato digital traen gratas sorpresas, destacándose Arere Marekén, Cuento negro, de Cabrera, con ilustraciones de la artista rusa de la vanguardia Alexandra Exter, quien fue instructora de arte de Cabrera y Amelia Peláez en París.

En la última sala, la atención pasa del espacio semiprivado de las publicaciones de Cabrera y Glissant a obras de marcada inclinación social y política. En la escultura Entradas, Diamond Stingily utiliza el ready-made de una puerta con marcas de violencia y una barra de seguridad con un bate de aluminio recostado. La ubicación contra la pared convierte simbólicamente la galería en un espacio doméstico y de fobias a la espera de amenazas. Por su parte, Tania Bruguera presenta la instalación Destierro, un imponente vestuario recreado a partir del utilizado en su performance Nkisi, que consistió en caminar por La Habana Vieja vistiendo un traje cargado con tierras y clavos, a la manera de los trabajos que describió Cabrera en El monte. Dicho evento tuvo lugar en una Bienal de La Habana, donde luego esta artista sería censurada. Por su parte, el video Héroes heridos, de Kader Attia, presenta un documental centrado en la movilización política, con imágenes de activistas en defensa de los derechos de los inmigrantes indocumentados, quienes ocupaban la Escuela de Arte de Barcelona, donde él mismo estudiaba. Aunque menos evidentes en su relación con Cabrera y Glissant, estos artistas son sin dudas cosecha de un pensamiento crítico y desestabilizador que ha tenido a ambos de modelo.
ELVIS FUENTES

