Luego de haber cerrado por casi un año por remodelaciones, El Museo del Barrio, dedicado a la promoción del arte y la cultura latinoamericana y latina en Estados Unidos, está presentando un recorrido por la evolución artística de Liliana Porter (Buenos Aires, Argentina, 1941). Titulada Other Situations y organizada por Humberto Moro. La exposición se divide en cuatro secciones no lineales y presenta más de treinta obras realizadas por Porter entre 1973 y 2018 que investigan los límites entre realidad, representación y ficción.
Porter comenzó su trabajo artístico enfocándose en el grabado. A mediados de los sesenta, formada como grabadora en Pratt Graphic Arts, fundó junto con los artistas Luis Camnitzer y José Guillermo Castillo el New York Graphic Workshop. Hoy, y desde hace muchos años, su práctica expande el grabado hacia otros medios como fotografía, objetos, instalación, pintura, video y teatro. Lo que mantiene es la ficción, que esclarece, a la vez que enmascara, sus imágenes.

Expuesta primero en el SCAD Museum of Art de Savannah (Georgia), Other Situations comienza con una selección de obras bidimensionales que la artista realizó en los años setenta. Allí, contornos de figuras geométricas –un cuadrado, un círculo, un triángulo– atraviesan diferentes soportes, tiempos y espacios. Una línea pintada y fotografiada sobre la mano de la artista en 1973 es transferida por fotograbado a papel y dibujada con lápiz grafito sobre el muro del museo, creando un marco virtual que reúne más de cuarenta años.
Caminando con detención hallamos los figurines característicos de Porter, desplegados en diferentes soportes y situaciones. Un pequeño personaje de plástico destruye la superficie de un pedestal con un hacha, mientras que otro pinta una pared de color azul desde una repisa. Incorporando elementos tradicionales de montaje, el espacio físico de la galería se fusiona con el mundo ficticio de cada trabajador, creando una realidad híbrida que reconocemos sin poder participar en ella. Los minúsculos obreros barren, cosen, reparan objetos de escala humana. Si bien sus actividades son cotidianas, la proporción en que se encuentran sugiere que son abrumadoramente inacabables: exigen una medida de tiempo que supera nuestra dimensión y atención.
En otra categoría, aunque dentro de la misma sección de “situaciones”, encontramos una serie de pinturas en las que diferentes acciones están por ocurrir o ya ocurrieron. Similares a las sombras que envió por correo en 1969 (Sombra para dos aceitunas, Sombra para un vaso), Porter presenta siluetas pintadas sobre el muro que paradójicamente se anticipan a la presencia del espectador. En las pinturas, por otra parte, los minúsculos objetos se encuentran desparramados sobre los bastidores, señalando que algo sucedió y no lo alcanzamos a presenciar.
Objetos igualmente producidos en masa, pero informados con una fuerte carga histórica y afectiva, son los temas de las fotografías en la tercera sección. Souvenirs de ídolos populares como John F. Kennedy y Johannes Brahms son colocados en espacios prístinamente blancos y forzados a participar en un diálogo colectivo que congrega, de nuevo, un sinfín de espacios y tiempos. Encontrados en tiendas de antigüedades y baratillos, los objetos de Porter llenan el vacío artificialmente construido con sentimientos derivados de la cultura popular. Pasamos de identificarnos con la labor de obreros anónimos a reconocer nuestras ilusiones, frustraciones, utopías y nuestros proyectos en ídolos caídos, mártires, dictadores. Entre ellos, también encontramos nuestros juguetes y los regalos reciclados de la niñez. El ambiente se llena de lágrimas, pero también de risa: nuestras emociones han sido mercantilizadas. Cristo crucificado es ahora una galleta de mantequilla. Una cara es su imagen religiosa, la otra son los ingredientes que se utilizaron: azúcar, harina, huevos.
En la última sala se exhiben dos videos que, como sugieren sus títulos –Actualidades y Matiné– hacen referencia a la mediatización de nuestra experiencia en el mundo. De nuevo utilizando juguetes y objetos encontrados, Porter crea situaciones absurdas, catastróficas, divertidas y terribles, que pertenecen tanto al espacio doméstico como a la arena pública. Cada escena es precedida por un titular ficticio, una frase que, pese a su familiaridad –o tal vez debido a ella–, apela efectivamente a nuestra sensibilidad. La representación, sin embargo, desafía nuestra predisposición: Violencia doméstica, por ejemplo, no es más que un brazo de plástico arrancado del cuerpo de un muñeco.
Si bien el trabajo de Porter se puede leer desde el posmodernismo y su relación crítica con la comodificación de las obras de arte y las imágenes en circulación, también plantea interrogantes que sobrepasan todo marco establecido de tiempo, espacio y lugar. Interrogantes que entran en otra realidad, no necesariamente postmoderna. ¿Cuál es nuestra escala dentro de la historia universal? ¿Existe, en efecto, una historia universal? ¿Qué sentido tiene nuestra labor? ¿Por qué, y con qué, nos emocionamos? ¿A qué nos aferramos para protegernos de lo desconocido? Las inquietudes de Porter poseen peso y levedad. Tal vez, como sostiene Milan Kundera, la historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como el polvo que flota.
PAULA SOLIMANO
