Vandálica, de los artistas José Ángel Vincench y Henry Eric Hernández, resulta una exposición-ensayo que potencia, por sobre otras virtudes, el carácter desestabilizador, revisionista e irónico respecto de todo modelo, canon o paradigma devenido de las rancias maniobras históricas de consagración y de estabilización. Todas y cada una de las piezas que componen -a modo de sintaxis- este texto penetrable y penetrante, disfrutan de esa vocación interpelante y de énfasis crítico que ha modulado el discurso del arte cubano en los últimos treinta años.
La muestra, en verdad, es todo un acontecimiento en términos visuales y en lo tocante a sus predisposiciones narrativo-conceptuales. Una puesta en escena impecable que somete a diálogo el trabajo de ambos artistas, salvaguardando sus distancias estilísticas y sus respectivas autonomías discursivas. Entre ambos se teje un relato que apunta al centro mismo de la escritura histórica abocada al resguardo de las tradiciones y la consagración de la miopía. Una suerte de comentario crítico que, aunque parezca paradójico, abandona la erosión del lenguaje en beneficio de un tipo de interpelación más subversiva determinada por el alcance cultural de sus enunciados y la sofisticación en el manejo de los recursos de la ironía y la inducción persuasiva.

Conozco a Henry y Vincench desde hace más veinte años. Pertenecemos a la misma generación de tránsfugas y de desobedientes, de maleducados y de agitadores. Ellos dos en el ámbito de la producción artística y artefactual; yo en el espacio de la producción discursiva y de la crítica. A los tres nos une esa suerte de pacto simbólico que afloró de nuestro tiempo en el que la desconfianza y la necesidad de desmontar “lo dado”, se convirtió en un modus operandi para el objeto-arte; lo mismo que para el ensayo crítico que le exploraba, a ratos con mayor o menor fortuna. Los tres, insisto, emergimos de una promoción intelectual que no creyó en la tradición, ni abrazó los grandes relatos y desestimó -de facto- los pasaportes de la utopía. Tal vez por ello, en mí pasó por La Habana y al visitar esta especial muestra, me sobrevino un sentimiento contradictorio con arreglo a una profunda y radical actualidad, al tiempo que me sujetó al espacio de gran nostalgia.
Esta exposición, excelente en su hechura y en su factura, moviliza estados de la conciencia, conecta pasado y presente y devienen en ejercicio intelectual-crítico de los anclajes sobre los que se construye la ficción histórica. Integran la dramaturgia de esta puesta en escena las piezas Robar la tradición, Vivir la tradición, Bucles, Forjar la tradición, Conmemorar la tradición, Spot a los tesoros del naufragio, Venerable, Vandálica y Como oro en paño, de Henry Eric, y Pintura de acción: estudio del natural de un grafiti, Paz, perdón y reconciliación, Plebiscito, homenaje a los 50, Pintura de acción # IX, Iconos y Pintura de acción # X, de José A. Vincench. Todas, en su integración y en su diálogo, ponderan la perspectiva refutante respecto de un presente que se critica y se pervierte, pero del cual se participa.

En medio de este proceso de colaboración, ambos artistas hicieron declaraciones en su momento sobre lo que suponía esta proximidad y este “enfrentamiento”. “Desde hace diez años -afirma Henry-abrigábamos esta idea de hacer algo juntos a partir de la acción vandálica de romper y armar algo, de rehacer algo, sobre todo trabajando con esas historias minúsculas. Trabajo mucho con el archivo personal, con la investigación antropológica, y ahora me está interesando mucho ese espacio de ficcionalizar el documento. Todas estas piezas salen de obras anteriores en las que he trabajado con el cine documental, con los libros, con los archivos, por así decirlo, y tenía la necesidad de volcar esos documentos en una ficción, con las frases de otras personas. Me interesaba el trabajo escultórico de la tela. Lo primero que hice fue marcar el espacio con las luces, para luego armar la exposición. Lo hice expresamente para esta galería». Salta a la vista, en esta declaración del artista, el amplísimo ramillete de preocupaciones conceptuales y de ámbitos distintos del saber de los que se sirve y parte para la generación de enunciados críticos capaces de subvertir con la misma gracia con la que perpetúa la validez de los microrrelatos y de las zonas intersticiales en desuso.
Por su parte, subraya Vincench “Henry y yo somos parte de la generación de los noventa, y nos ha unido siempre, más que todo, una postura estética ante el arte. Somos actores protagónicos de una herencia conceptual, historicista y contextual. Habíamos formado parte de varias muestras colectivas, pero nunca habíamos hecho nada personal. Él decidió invitarme a este espacio, y creamos esta exposición conjunta. En mi caso, son piezas del día a día, inéditas, del 2018, que se han ido acumulando. La Acacia es el espacio con más tradición existente en el arte cubano. Antes tenía el estigma de estar concentrado en las vanguardias, en las generaciones históricas, pero se ha ido abriendo a las nuevas generaciones, que vamos a ser vanguardia en algún momento, cuando nos pongamos un poquito más viejos, el ciclo tiene que irse renovando. La galería ha hecho un trabajo muy serio, incluso en ferias internacionales. Es necesario que sigan teniendo apoyo para lo que hacen, que las puertas se les abran y tengan autonomía para hacer cosas cada vez mejores a favor de los artistas, tanto nacional como internacionalmente”.
ANDRÉS ISAAC SANTANA
