En ocasiones es la mirada foránea la que mejor apunta, como un cicerone, hacia los aspectos más peculiares y extraños de cualquier lugar que esta recorre. Quizá porque transita Bogotá con ojos y pasos de outsider, Jaime Ávila (Saboyá, Boyacá, 1966) plantea temas sobre la mesa que ponen de manifiesto las dinámicas de una ciudad habitada por extraños. Frecuentemente, la obra de Ávila nos habla de situaciones que tocan la idiosincrasia local pero que al tiempo alcanzan a albergar la idea de lo global, lo que permite que su trabajos puedan llegar a leerse más allá de las fronteras locales: la sociedad de consumo, la cara B de las consecuencias socioeconómicas del sistema capitalista que nos engulle y catapulta a la gente a vivir de una determinada forma o las sutiles formas en las que se pone en práctica la desigualdad, entre otros temas tratados a lo largo de su ya larga trayectoria.
Ávila es uno de esos artistas que nos enseña a ver lo que tenemos alrededor, casi como si con sus obras generara una tipología divergente de atlas urbano, uno con un profundo relieve humano que, dejando al lado las estadísticas, nos muestra lo que se esconde en realidad detrás de estas. Ávila aumenta la realidad desde lo humano, desde la calle o la geografía.

El traje de palacio, su última exposición en la galería Nueveochenta, nos lleva particularmente a ver los edificios emblemáticos de la Plaza de Bolívar –pero también muchos otros hitos y barrios de la ciudad– bajo el hilo conductor del poder de las personas que transitan el centro para acceder a estos edificios, y cómo estas se visten. La exposición supone, además, y de forma muy acertada, un generoso gesto de compartir las huellas de la infancia del artista, huellas que le trajeron a visitar Bogotá por primera vez en los años setenta. Ávila es hijo de un sastre y por este motivo visitaba la ciudad de niño, acompañando a su padre en viajes de negocios. Se establece una relación entre el oficio y el comercio de los paños –llevados al centro del poder político del país– y la visión que Ávila ha ido tejiendo entre ambos mundos. Esta exposición es una vuelta y recuperación de la memoria de ese conocimiento adquirido sin quererlo, por transferencia del oficio familiar y de saberes tradicionales, pero a su vez es una lectura más detallada de distintos elementos como la relación entre la vestimenta formal y el poder, la paulatina desaparición del uso de paños finos para la confección de trajes de sastre o los distintos tipos que recorren la ciudad, y a los que Ávila adjudica tipos de tela específicos para cada lugar que frecuentan.
En esta exposición Ávila juega con los textiles como materia prima para crear las imágenes tanto de los tipos como de los edificios. El artista se explaya con un lúdico pero sobrio y punzante humor –casi como de traje inglés–, en el que se establecen relaciones entre tipos de telas y tipos –hombres– políticos, economistas, transeúntes del barrio Chapinero, El Nogal o La Perseverancia. Hay obras de gran formato que establecen un corte y una tela para cada edificio, como por ejemplo el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia, el Palacio Liévano o la Catedral Primada –entre otros–, que se perciben más como un juego y mapeo que hacen evidentes estas relaciones de poder, más que una crítica a estas; otras obras, también de gran formato y a modo de panorámica, muestran la silueta de una escena tan típica como un hombre dando de comer a las palomas en la plaza. Más allá del centro, de lo emblemático y del gran formato, llaman la atención las múltiples piezas de menos tamaño que reúnen distintos tipos de muestrarios de telas y de tipos de personajes. En paralelo al tema principal expuesto al público se muestran estas obras, que parecen casi el equivalente a un cuaderno de notas deshojado. Suele pasar con las notas de artista que nos dejan ver estadios más privados y personales de la obra antes de que se convierta en exposición, en gran aparato discursivo. Es en estas recopilaciones de telas, con siluetas cortadas y pegadas al lado, como creando un ejército de alter egos o sombras, donde Ávila recorre un vasto territorio de la ciudad y donde, muy seguramente, el artista ha podido repasar de forma más cercana los pasos de su infancia. Es aquí donde la exposición cobra un fuerte carácter de homenaje a un oficio que floreció antaño, cuando la sociedad no era más acartonada y formal. Sin caer en lo nostálgico, el artista despliega el presente de la ciudad a través del tacto textil del pasado por él conocido, que poco a poco va cambiando por la democratización de la moda y el devenir cada vez más informal de la sociedad.
CARIDAD BOTELLA
