El hecho de que una fotografía sea un momento congelado en el tiempo implica, entre otras cosas, a un creador que inevitablemente queda atrapado con ella, detenido para siempre en el cúmulo de decisiones que lo condujeron a esa imagen. Para algunos artistas, volver a sus obras conlleva, en cada ocasión, visitar versiones anteriores de sí mismo; intentar reconocerse en el trabajo de alguien más, distante en años y experiencia.
Gravitando alrededor de Fotoseptiembre (evento que cada año coordina el MAC Panamá sobre la Fotografía), el Centro Cultural de España exhibió Panamá en la mirada de Graciela Iturbide, una muestra co-curada por Mónica Kupfer y Walo Araújo que rememora los viajes que hizo la artista al país centroamericano en los años iniciáticos de su carrera. Antes de sus imágenes en la casa de Frida Kahlo o de exhibir en el Pompidou; antes de Juchitán o de desarrollar su poética obsesión por la muerte; antes incluso de su serie de pájaros, y definitivamente antes de ser considerada uno de los titanes de la fotografía latinoamericana del siglo XX, Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) estuvo en Panamá.

Comenzaba por entonces la década del 70, y las cercanías de Graciela Iturbide con el Partido Comunista le propiciaron varios viajes al Panamá de Omar Torrijos. La documentación produjo lo que la propia fotógrafa cataloga tímidamente como los primeros pasos de su carrera. Sin embargo, en su ojo desprejuiciado se detecta perfectamente la latencia de esa artista que ya estaba ahí, antes de que el mundo, o incluso ella misma, lo supiera. Panamá en la mirada… funciona como un doble espejo, en el que el espectador puede ver fragmentos de aquellos años. Y, a través de su reflejo, leer entre líneas a la joven fotógrafa; entender sus futuros lugares comunes, sus inquietudes. De todas las certezas de la exposición, encuentro la más relevante en el acceso que nos otorga a una Graciela Iturbide por entonces aún libre del peso de su propio mito, en pleno proceso de descubrimiento de ese lenguaje que sería capaz de articular mediante su cámara.
Panamá en la mirada… nos permite acceder a los primeros ensayos de temas que se reiterarían luego en su obra; como la fuerza de esas mujeres semidivinas, que comienza a descubrir con imágenes como Esperando al general Torrijos: Mujer guaimí (1974), y que veremos años más tarde en su Mujer ángel (1979) o en la emblemática Nuestra señora de las iguanas (1979). También, la persistencia en lo cotidiano, la búsqueda de esencias nacionales en los personajes del día a día, o en las etnias indígenas, es un leitmotiv presente en series posteriores (como los que viven en la arena o Juchitán) y que ya sentimos en obras como Mujer “cuna” (1974) o en Barrio El Marañón (1975).
Otro de los ejes esenciales de la exposición es la figura de Omar Torrijos y su huella en la sociedad de la época. La mayor parte del tiempo vemos a un general en atuendo militar y mordiendo un habano perpetuo, que por momentos nos recuerda el trabajo de fotógrafos como Raúl Corrales o Alberto Korda y la forma en que trataron, en el caso de Cuba, esa dialéctica tan peculiar entre un caudillo y su pueblo. La presencia de Torrijos se siente como un elemento más, fluida entre vallas publicitarias, carteles con su imagen; o incluso en la misma escritura propagandística que decora cada esquina, de forma casi ubicua. Vale aclarar que, en este sentido, se siente la voluntad desmitificadora de los curadores, marcando distancias de Torrijos: The man and the myth (Americas Society Council of the Americas, Nueva York, 2008), muestra que también abordó la relación de Graciela Iturbide con el general, pero con intenciones y enfoques diferentes.
Por otra parte, encuentro el núcleo más exquisito de Panamá en la mirada… en la forma en que Iturbide entiende el universo infantil, aprovechando cada signo al máximo, no solo en su dimensión discursiva, sino además estética. Su capacidad para rastrear las ironías que sutilmente se forman alrededor de los juegos o de la interacción misma entre niños genera imágenes de una fuerza increíble. Obras como Juegos prohibidos (1974), Niños jugando (1974) o En cada pecho una trinchera (1974) dan la verdadera magnitud del peso que, ya desde entonces, tenía la mirada de la joven fotógrafa.
Panamá en la mirada… traza un arco que tangencialmente habla del país, de sus indígenas, de sus campesinos, sus gobernantes, sus mujeres, sus jóvenes y sus barrios. Recorre una época a través de cuarenta imágenes muy bien desplegadas en el espacio, que a ratos funcionan como cúmulo de pequeños portales al pasado; y a ratos como fragmentos vivos de tiempo. Tributos a la memoria capaces de vibrar y hablarnos desde los ojos de su creadora. Pensar en la Graciela Iturbide de entonces es pensar en alguien que, si bien aún ignora el alcance que tendrá su nombre, ya tiene claras las pautas de su arte. Ya siente el hambre insaciable por contar historias, por compartir con otros su versión del mundo.
RIGOBERTO OTAÑO
