“Estoy retratando mi ciudad”, dijo Georgina Quintana una mañana en que salió con telas dobladas, lápices y plumones. Apuntes directos de detalles arquitectónicos, del laberinto de cableados que hay en el DF. Quienes conocemos esa urbe, al nombrarla resuena en nuestra memoria la canción del Chava Flores entonando México distrito federal. Georgina Quintana, quien ama el centro de la ciudad de México y lo conoce muy bien, comentó en la inauguración que regresaba cada día más fascinada de haber descubierto tantos otros mundos dentro de ese centro citadino. Una ciudad de enormes dimensiones, inabarcable, plena de sorpresas, la autora considera que podía expresarse por medio de dibujos expandidos y telas desfasadas.

Georgina Quintana no estaba tomando apuntes para una carpeta de dibujos sino para una instalación en una sala del Museo de Ciudad de México. ¿Cómo referir dentro de un museo la amplitud y diversidad de una ciudad, en un lenguaje actual de las artes visuales, no llenando de documentos de pequeño formato sino transmitiendo el impacto avasallante, la curiosidad satisfecha a la par que reavivada que se siente al caminarla? En esta Ciudad de México los siglos se superponen con elegancia. Desde los fundamentos lacustres de la ciudad, sus construcciones precolombinas, las plazas y las avenidas hasta la Torre Latinoamericana, el edificio que fuera por mucho tiempo “el más alto de la ciudad”, acontece toda la nueva etapa de la transmodernidad, en que las grúas juegan en los espacios para jugar a armar edificios y los edificios se multiplican enormes, de apariencias no tradicionales, expandiéndose hacia los perímetros de la ciudad capital. En los años ochenta, Georgina Quintana vivió allí donde conviven joyas de la arquitectura de distintas épocas y vecindades, edificios académicos y gubernamentales, descubrimientos arqueológicos y pocas construcciones de la modernidad.
Georgina Quintana, en Retacería urbana, dibujó ruedas que salen de su soporte y continúan en la pared para volver a entrar en otra tela cambiando del día a la noche, del asfalto al cielo, de la bicicleta al carro de repartidor de supermercado. Uno de los puntos relevantes de esta exposición es que hay zonas envolventes y alusivas de lo que descubre el peatón. Asimismo, las situaciones están referidas como en movimiento, como registro del pensamiento del transeúnte. Una monumental esquina en tela de tres metros de alto es como una antorcha mitológica alimentada por la cultura mexicana. Otrora las exposiciones se hacían a la manera “de salón”, con muchos cuadros situados en hileras superpuestas, con marcos dorados super elaborados y barrocos como México mismo. Ya esos marcos están en gran medida vacíos, aunque persiste la cultura barroca en expresiones diversas y el arte popular por doquier, con altares que muestran la simbiosis de lo católico y lo indígena. Un altar popular urbano pleno de colores y figuras es lo que Georgina Quintana realizó como anclaje entre el ensueño y la realidad. Textos y alegorías acompañan los poderosos dibujos del metro directos al muro, y justo abajo, un friso de pies cansados, jóvenes, viejos, infantiles, esperando que el metro los venga a recoger después de su intensa jornada en esta indómita ciudad. La instalación incluía montículos y sonidos emitidos por chicharras en la acumulación que la artista creó en el centro de la sala, a la que se podía acceder descalzándose e inesperadamente pisando una u otra chicharra que amenazaba con el ronroneo del motor de un carro y su claxon, con el fortísimo sonido del metro o el tren. Este núcleo instalado por la autora –con dibujos de planos de transporte– acuñaba la sorpresa del sonido que irrumpe en la exposición tanto como ocurre en la ciudad día a día.
Considerando Retacería urbana como un ejercicio de concepto para expresar la experiencia en una ciudad, la artista unió presente y pasado reiteradamente, pero sin agobiar. Nada se siente repetido en esta instalación, constituida por varios núcleos que se entienden en el contenido del título. La museografía bien resuelta también fue acorde al concepto y al título: ángulos de la ciudad. Había varios componentes efímeros: dibujos en la pared, que remitían al abundante tránsito de automóviles, bicicletas y motos. Solo un libro monumental de dos metros de altura homologaba la magnitud de la ciudad. El libro, con seis hojas de un metro cuarenta y cinco centímetros de ancho cada una, resumía en dibujos y breves toques de color, los temas de algunas calles y de ciertas tiendas claves del centro de la ciudad: Luces de (calle) Victoria, Chapultepec –con dibujos del parque y de aves y animales–, Casa Serra –histórico lugar de venta de materiales para artistas–, Motolinía –con artículos médicos–. Este libro monumental es muy propio de Georgina Quintana, quien se dedica a originales libros de artista. Sobre el tema todavía resuenan los ecos de su exposición Libros mutantes y caprichosos, en el Museo Carrillo Gil, en 2017. Volviendo al libro monumental de tela con estructura de madera, no faltaban algunos guiños de humor, y uno podía girar a mano las enormes hojas como si estuviera paseando de una calle a otra.
GRACIELA KARTOFEL
