Desde el mismo día de su llegada a México, sucedida hace siete años, la artista colombiana Cristina Ochoa, residente en ese país, ha sido testigo de algún tipo de accidente. Su encuentro con “lo irreparable, trágico, azaroso y violento” en sus propias palabras, le ha servido para hacer una recopilación de objetos accidentados, que se han quebrado ante sus ojos, desde vidrios panorámicos de automóviles hasta cadenas de perros en fuga, vasos y copas que se rompen en las exposiciones a las que ha asistido. Esta serie de accidentes menores cobran una dimensión fatal cuando el artista presenció el atropello de una amiga suya en Ciudad de México, provocado por un conductor que huyó. En sus propias palabras, “esa noche recogí el último de los accidentes y no lo pude conservar”.
Esta trágica muerte la lleva a realizar la exposición Accidentados. Sobre un fieltro en negro ubicado en el piso del espacio, Ochoa dispuso la serie de 125 reliquias trágicas que ha venido recopilando, a manera de pistas o advertencias sobre la mutación constante de la vida. Interesada por el azar y lo desconocido, y por sugerencia de Juan Antonio Molina, curador de la exposición, contactó a un cantero, quien le sugirió realizar un ritual Yoruba, que consistía en sacrificar un gallo en presencia de un caballo. Ochoa adaptó el ritual a su propia lógica simbólica y realizó una litografía en el taller de gráfica La Máquina, de Oaxaca, en la que un caballo le arranca la cabeza a un gallo, cuyo cuerpo está enterrado en la tierra. Dicha obra, titulada La receta del Babalao, era parte de la exposición. La artista incluyó una radiografía de su tobillo, de otro accidente menor, y un letrero con la palabra "Cuidado”, en la que cada letra impresa está bordeada con alfileres.

Ochoa viene trabajando desde inicios de la década con archivos y colecciones. En el 2010, en su exposición Caos en el paraíso, realizada en el Centro Colombo Americano de Bogotá, utilizó el archivo de la biblioteca de dicha institución para construir un tornado, que a su manera arrastraba al vuelo el sueño americano, o al menos su biblioteca. En el 2012, en su instalación No todo lo que es oro brilla, presentó una colección de objetos brillantes. No es el único campo de intereses de la artista. Su proyecto Pharmakon constituye una exploración sobre las sustancias psicoactivas, la creatividad y la libertad individual. Su interés en realidades psíquicas, la magia, el azar y la fatalidad, que hacen parte de su film inédito La novia de Juan Padilla, aparecía otra vez en la exposición en el video Instrucciones para volar, captado en un centro de rehabilitación de aves rapaces. El video, proyectado sobre una almohada, resaltaba la irónica situación de un ser humano enseñando a volar a un ave de presa.
En una conversación reciente sostenida con la artista, afirmaba que, en suma, la exposición viene motivada por los temores que implica para una mujer salir a la calle hoy, el riesgo aparentemente inocuo de caminar la ciudad. Recordé inmediatamente la obra Paquita compra helado de Miguel Ángel Rojas (1997), una serie de siete viñetas a modo de historieta, conformadas por 8.000 reproducciones fotográficas; en palabras de Rojas, una historieta que cuenta “todos los riesgos que sufre un niño al salir a comprar un helado en Colombia”. En ella, Paquita es empujada por un transeúnte, casi arrollada por un camión, mordida por un perro, hasta que finalmente cae enferma por el helado que ha consumido. Aunque aparentemente inocente, la historia viene motivada por el dolor sentido por Rojas “al ver a sus amigos agonizar, enfermos de sida”, en palabras de Natalia Gutiérrez. Para Ochoa, su arqueología forense tiene que ver con el Museo del Accidente de Paul Virilio, con la obra de Rogelio López Cuenca, y especialmente con Hotel D.F., la novela de Guillermo Fadanelli, esta última un homenaje a esa maravillosa ciudad que a Ochoa, como a los personajes de Fadanelli, también la ha absorbido.
SANTIAGO RUEDA
