Birlibirloque es una palabra en desuso. Su etimología remite a la rápida pronunciación de birliqui birloque, una expresión onomatopéyica del tipo “abracadabra”. De acuerdo con el Centro Virtual Cervantes, las palabras “birlar” y “birloque” significan, respectivamente, “estafar” y “ladrón”, en el idioma caló del pueblo gitano de España. Tal vez en relación con la prestidigitación y la “charlatanería”, la expresión refiere también a la travesura, el engaño rápido, las artes circenses.
No resulta extraño que esta exposición adopte como título un término de tal naturaleza: a lo largo de su carrera el artista ha indagado los límites de la razón y el orden, especialmente en torno a la ciudad y la arquitectura contemporáneas. Los devaneos de la modernidad inconclusa, interrumpida o en ruinas que coexisten en una ciudad única como La Habana han proporcionado a Garaicoa sobrados materiales para reflexionar y comentar la imposibilidad de una sociedad “diseñada” a la manera científica, según los ideales de Marx y Engels.

La serie de instalaciones Birlibirloque (2018) consiste en dípticos fotográficos de mediano formato y maquetas 3D grabadas en cristal y dispuestas sobre pedestales de madera. Cada caso consigna, en la primera fotografía, alguna construcción habanera; en la segunda, el espacio vacío después de su derrumbe y, frente a ellas, la maqueta del edificio en cuestión. Las edificaciones se presentan, desaparecen y vuelven a aparecer en la maqueta como por arte de birlibirloque. Pero atención: el desplazamiento del soporte bidimensional al objeto es una tomadura de pelo. El edificio de la maqueta no existe como res extensa: es pura imagen, efecto óptico, ilusión.
Una de las instalaciones, Hospital Infantil, llama mi atención porque sintetiza muchos aspectos de Cuba de manera bella y elocuente. La primera fotografía muestra a la izquierda, en primer plano, una enorme palma real, emblema cubano por excelencia. Al centro y al fondo, el edificio de aquel hospital en total estado de abandono. Circundándolo, un muro blanco con las consignas “peligro”, “no pase”, “zona de derrumbe”. Sobre la acera, seis personas caminando. Proyectado por los arquitectos Félix Cabarrocas y Evelio Govantes (también artífices de edificios legendarios de La Habana como el Capitolio) y ubicado en el barrio El Vedado, aquel fue el primer hospital pediátrico del país. Rebautizado como “Pedro Borrás” en honor del joven estudiante de Medicina que murió en Playa Girón, el nosocomio cesó sus funciones en la década de 1990. Por último, y tras décadas de abandono, su estructura vacía fue demolida en diciembre de 2017. Actualmente se especula sobre la futura función de su explanada como estacionamiento o, bien, para la erección de un hotel de lujo construido con capital extranjero. Es una imagen poderosa porque coexisten en ella la vida callejera, la flora endémica tropical y la ruina en estado de suspensión (la advertencia “zona de derrumbe” evoca la inestabilidad y fragilidad de una estructura que se mantiene en pie a pesar de su vaciamiento). En la fotografía de al lado, el edificio se ha desvanecido, pero la palma sigue en pie y la gente está en las calles. Es una potente manera de comentar que “la vida sigue”.
Dos de las más recientes exposiciones de Garaicoa en España giraron deliberadamente en torno a los desafíos al orden. En Orden aparente, en la Fundación Botín (2014), una maqueta del puerto de Santander hecha con cristal e imanes reflexionaba sobre la fragilidad de la ciudad, y, como guiño a la sede, perteneciente a un poderoso grupo bancario, ponía en evidencia la endeble estabilidad de la economía mundial. En Orden inconcluso, en el Centro de Arte Dos de Mayo, Garaicoa comentaba la ciudad de Madrid en el contexto de la indignación, el caos y alboroto de las protestas contra la crisis económica y el debilitamiento del Estado de bienestar. El artista ha consignado la imposibilidad de las utopías desde los dos extremos: por un lado, el fallido proyecto socialista, y por el otro, el desmantelamiento de la equidad social en las democracias tardocapitalistas.
Birlibirloque evoca a la perfección la magia del embaucamiento con el que la publicidad, la retórica política y las dinámicas financieras hacen aparecer y desaparecer cosas, principios y hasta personas. Edificios que se esfuman como “por arte de magia”, proclamas que funcionan como conjuros y el inasible misterio detrás del genius loci de cada ciudad son algunas de las cuestiones planteadas por esta exposición en la que, sin embargo, la razón y el orden se imponen rigurosamente. El montaje impecable y la estética depurada y preciosista de Garaicoa mantienen bajo control cada detalle. En la serie Pliegues (2017), las fotografías se presentan extendidas sobre altas vitrinas. El papel de arroz en que se imprimieron ha sido deformado mediante dobleces que le confieren volumen y distorsionan la imagen: cada pliegue es perfecto, cada sinuosidad, planificada.
DIANA CUÉLLAR LEDESMA
