No bastaron las viejas inquietudes, ni los afilados cuestionamientos inmersos en la imagen ya conocida; ni la seducción del ímpetu bajo la compostura clásica, ni la embriagadora extrañeza de lo insólito. Precaria fue la idea del retorno cómodo a la antigua obra, tentadoramente sólida, tentadoramente culta y popular. Para su regreso al espacio expositivo, después de un período bastante inactivo, Arturo Montoto demandaba aún más. Necesitaba desprenderse de amarres estéticos y “legitimantes”, abonar sus presupuestos intelectivos a la sombra del retiro y, con las experiencias de él obtenidas, intentar subvertir, desarraigar, sorprender.
“Dark” deviene corolario de todas esas apetencias. Exhibida el pasado agosto en Galería Taller Gorría, la muestra enarbola la deconstrucción como bandera. Piezas escultóricas que escapan de la escala acostumbrada en el artista hacia el gran formato, junto con pinturas igualmente sobredimensionadas y aunadas, todas bajo el protagonismo del color negro, redireccionan los postulados artísticos de Montoto hacia otros derroteros. Alentado quizá, por la idea de Jacques Derrida de invertir las jerarquías dentro de los pares binarios convencionales –dígase, hombre-mujer, vida-muerte, alegría-tristeza–, Montoto ofrece a la dualidad luz-penumbra esta misma desestructuración y le confiere hegemonía al segundo elemento.

De este modo, lo oscuro parece enseñorearse de la galería, pero no lo oscuro entendido como algo lóbrego o decadente, no como el reflejo de un estado emocional del creador que se refugia en su obra, sino asumido como recurso visualmente desestabilizador y de apoyatura al discurso. Según el propio artista, el negro funciona como elemento neutral que evita la formulación de lecturas estetizantes. Con ello opera también una deconstrucción hacia el lenguaje mismo de la obra, donde el color es reemplazado por una oscuridad homogénea. Y esa oscuridad resurge finalmente como elemento positivo, virtuoso, porque ¿qué es la claridad sin la penumbra? ¿Acaso los momentos de extravío que nublan nuestra mente no nos permiten reencontrar la realidad, más conscientes de ella?, y ¿qué fuera del mítico destello último sin un oscuro túnel que atravesar? Quizá haya que suprimir las relaciones de poder entre estos dos extremos y respetar la armonía que entre ellos naturalmente existe. Los detalles en color que aparecen en las piezas de “Dark” tributan justamente a esa necesidad de no perder el complemento. La cáscara bronceada de una sandía, el amarillo de la yema de un huevo.
La curaduría y museografía, a cargo del reconocido crítico y curador David Mateo –quien conoce como nadie al artista–, ofrece una disposición espacial que aprovecha la visualidad de cada obra. Gracias a ello, puede evidenciarse una diferenciación entre las esculturas y las pinturas desde dos procesos cognitivos y dos necesidades expresivas diferentes.
Las esculturas allanan con autosuficiencia el espacio. Su excentricidad, dada por el imponente tamaño y la rara solemnidad que portan, interpela sin miramientos al público, que se siente provocado, gozoso en esa extrañeza. La timidez nos alcanza incluso ante obras como Dividendo, que bien pareciera querer minimizarnos en una actitud gótica. La enorme tajada de sandía empequeñeciendo al hombre, y este cayendo superado por su propia realidad.
Ese sobredimensionar los objetos, que sin dudas toma del monumentalismo ruso estudiado por el artista, bien pudiera funcionar como metáfora de la hipérbole criolla, de nuestra típica tendencia a amplificarlo todo, incluso los problemas o elementos más triviales. Y en dicha sobrestimación del objeto, un jugueteo sutil con el carácter heideggeriano “de cosa de la obra de arte” sobrevuela.
Difícil es penetrar en la intelectualidad de Arturo Montoto. Un amasijo de legados y búsquedas personales se entremezclan, junto con la invariabilidad de ser cubano, de ser latino.
“El fundamento visual de los nuevos cuadros está relacionado con la tesis de la mezcla cultural insular, específicamente con los presupuestos de Severo Sarduy acerca del abigarramiento americano”1.
Creo que ese entremezclamiento, en su forma más pura, más desenfadada, ese que tiene lugar en la mente en primera instancia, es el que habita en los cuadros. El atropello de los pensamientos queda reflejado en las pinturas, donde todo se superpone sin un sentido aparente. La fugacidad con la que ellos llegan y desaparecen es evocada aquí en la estilización casi abstracta de las formas y en los destellos artificiosos de luz y color que escudriñan por momentos las oscuras atmósferas. De ahí que, al contrario de las esculturas, las pinturas se nos muestren más intimistas, evasivas, y no traten de comunicarse con el espectador, sino más bien confundirlo.
Aunque su obra pictórica actual responda a un impulso que subvierte los claroscuros y la hechura realista en virtud del abigarramiento y las veladuras, y aunque la escultura apueste por una reivindicación de sus preceptos, no sugiere esto una ruptura con el pasado. Montoto lo asume como una evolución dentro de su carrera, como un punto de giro necesario y lo asume con valentía. Puedo aseverar que, aun cuando las inminencias comerciales induzcan al regreso momentáneo del viejo y grato hacer, después de “Dark”, la obra de Montoto no volverá a ser la misma, y si lo hace, será, únicamente, para provocar.
NOTA
1. “Dark: una nueva provocación de Arturo Montoto”, publicado en Boletín Artcrónica no. 49, 1-8-2018.
MÓNICA PÉREZ
