México es un país con tradiciones artísticas y culturales de gran variedad y riqueza. Esta extraordinaria y monumental exposición se concentró en un periodo específico, las pinturas virreinales del siglo XVIII. La historia de la pintura virreinal de Nueva España (México) es larga y compleja y sería imposible organizar una exposición cuyo alcance y calidad le hiciera justicia, entonces el enfocarse en este periodo fue una solución ideal. La muestra, que se originó en Fomento Cultural Banamex de Ciudad de México y el Museo de Arte de Los Ángeles, presentó los artistas y los desarrollos estilísticos más importantes del siglo, a la vez que brindó un panorama de trascendencia histórica y cultural. El título, Painted in Mexico (Pintado en México) llevaba como subtítulo Pinxit Mexici, una frase latina, para enfatizar aún más el papel de los artistas y su creciente conciencia y orgullo de sus propias tradiciones, mientras mantenían una conexión con las tendencias trasatlánticas de la época que confirmaba su importancia como personas educadas y cultas. Con demasiada frecuencia, las pinturas coloniales de las Américas han sido (erróneamente) desestimadas como carentes de originalidad, en vez de ser apreciadas por sus singulares interpretaciones relacionadas con los países que representaban. Los artistas de esta exposición no fueron aprendices sin formación que produjeron interpretaciones ingenuas de obras europeas sino pintores profesionales expertos que firmaban sus obras y hacían referencia explícita a México como su lugar de origen. El honor de un artista, como profesional, está representado por su firma, una convención relativamente reciente en la historia del arte europeo, y que los artistas mexicanos, como sus colegas occidentales usan al exigir respeto, demostrando su orgullo con la adición de Pinxit Mexici (Pintado en México) Fecit Mexici (Hecho en México) o Faciebat Mexici (Lo hizo en México). Los artistas del siglo XVIII fueron muy activos en cuanto a la exploración de métodos para dinamizar su arte, lo que derivó en la expansión de asociaciones, escuelas y academias más allá de la capital, Ciudad de México, con el fin de atraer un nuevo nivel de patrocinio que requería desde pequeñas pinturas para capillas hogareñas hasta obras monumentales para decoración religiosa, cívica y doméstica. Surgió una amplia gama de temas, desde lo religioso hasta lo seglar, incluidas escenas de ciudades y paisajes rurales, retratos y vida cotidiana. El espectador pudo darle un vistazo al siglo a través de la lente del artista.

La exposición de ciento diez obras de arte (en especial, pinturas) estaba dividida en siete secciones cronológicas y temáticas: Grandes maestros; Narradores magistrales y el Arte de la expresión; Nobles propósitos y la Academia; Pinturas de la tierra; El poder del retrato; El mundo alegórico; e Imaginando lo sagrado, todas ellas enfocadas en los artistas de la época. Curada con maestría por Ilona Katzew, en compañía de curadores invitados de México y Madrid, esta extraordinaria iniciativa reunió obras de muchas partes del mundo y constituyó un importante aporte para el conocimiento de la pintura de Nueva España, por tanto tiempo ignorada. Acompañada de un amplio y erudito catálogo con ensayos que profundizaban en el papel de los artistas por sus innovaciones estilísticas, iconográficas e históricas en cada sección, la exposición se enriqueció con la incorporación de la más reciente investigación sobre las obras y sus temas, muchos de los cuales eran desconocidos para el público de hoy. La exposición y el catálogo fueron adiciones invaluables para mostrar erudición y, con suerte, para alentar investigaciones posteriores en otras áreas del arte virreinal, de México y fuera de él, que también han sido ignoradas durante mucho tiempo.

Con excelentes textos murales y fichas técnicas, la instalación es tan educativa como visualmente atractiva. Como era de esperarse, obras religiosas monumentales confirmaban la importancia de la imaginería cristiana para propósitos didácticos, a la vez que transmitían la historia regional y las tradiciones en formas singulares que podían no solo ser relevantes para la población local sino que diferenciaban la obra de fuentes europeas. Santos recién canonizados y personalidades religiosas locales se hallaban entre los personajes convencionales de la historia bíblica y eclesiástica, con nuevos honores para la Virgen María, protagonizada por la Virgen de Guadalupe, y en conmemoración de su reconocimiento oficial por el papa en 1754 como Patrona de las Américas. Algunas de las imágenes más icónicas de la Virgen de Guadalupe, la Patrona de México, con representaciones de la historia de su descubrimiento y veneración, incluían una icónica imagen realizada por el maestro José de Ibarra de la Virgen de Guadalupe y vista del valle de México (Virgin of Guadalupe and View of the Valley of Mexico), de 1739, una de las muchas devociones que él pintó y una entre las muchas por las cuales fue reconocido durante su vida. Dentro de un formato ovalado, el artista representó un paisaje abierto con la Virgen flotando en lo alto de Ciudad de México, llevándole gracia y benevolencia a su pueblo. Otra pintura de la Alegoría del patronato de la Virgen de Guadalupe sobre Nueva España (Allegory of the Patronage of the Virgin of Guadalupe over New Spain), de 1786, de un artista desconocido, en óleo sobre hojalata y colocada en un hermoso marco de plata repujada con cartuchos estilo rococó, ilustra los principales episodios de su milagrosa aparición; la recargada composición representa la iconografía oficial del evento. Las imágenes de la Virgen de Guadalupe de los más reconocidos maestros del periodo, José de Ibarra y Miguel Cabrera, con sus sombras intensas y su énfasis en la tridimensionalidad, revelan la influencia española, también evidente en varias otras obras de la exposición.

Una admirable e imponente pintura, La Asunción de la Virgen (The Assumption of the Virgin), de 1719, de Antonio de Torres, una serie sobre la vida de la Virgen realizada para el Colegio Apostólico de Guadalupe, en Zacatecas. Quizás tuviera antecedentes europeos, pero también incluía sobre su pecho un radiante disco solar que evoca rastro de los objetos aztecas. Estas obras son prueba de la movilidad de los artistas fuera de la capital para cubrir las necesidades locales, por cuanto describían una variedad de símbolos e imágenes en una compleja narrativa, como guía didáctica de la espiritualidad interior. La obra Alegoría de la monarquía española con los reinos de México y Perú (Allegory of the Spanish Monarchy with the Kingdoms of Mexico and Peru), de alrededor de 1770, de un artista desconocido, abarca algunas de las antiguas interpretaciones coloniales y europeas de las Américas, con personificaciones de los virreinatos de México y Perú, y sus gobernantes indígenas rodeados de símbolos y ciudadanos. La curadora la describió como una alegoría crítica y politizada que perpetúa una metáfora biológica maternal-paternal de un “nuevo mundo”. Las imágenes devocionales de Nueva España a menudo reflejan un escenario en el que imágenes sagradas eran objeto de veneración, ya fuera por devoción individual o asociadas con iglesias de pequeño o gran tamaño. Las imágenes milagrosas de culto inspiraban la contemplación en pequeñas obras pintadas con esmero, que con frecuencia eran más imponentes que sus contrapartes de mayor tamaño. Algunas eran pintadas sobre objetos de cobre similares a retablos que servían como milagros u ofrendas por un favor especial que eran característicos de México y sus tradiciones de adoración precolombinas, con la adición de algunas flores y otros objetos sagrados. Otras se describían como exvotos, ofrendas votivas elaboradas con todo tipo de materiales que eran donadas a un santuario, estaban entre las obras más auténticas de la exposición. El esposo divino (The Divine Spouse), pintado alrededor de 1750 por Miguel Cabrera, presenta otro tema distintivo de Nueva España. La imagen escénica e idílica de Jesucristo sirvió como instrumento de contemplación y alegoría visual del jardín místico para las monjas de los conventos. Llena de símbolos de la vida de Cristo, es una imagen de devoción tan dulce como hermosa.

Un grupo de pinturas que con frecuencia se consideran las más famosas y singulares de Nueva España son las pinturas de castas, muchas de las cuales estaban representadas en esta muestra, incluidas algunas de las famosas series de 16 de Miguel Cabrera que datan de 1763, y otras atribuidas al otro gran maestro, José de Ibarra. El género pictórico de razas mezcladas (castas) de México, conformadas por aborígenes, españoles, criollos (españoles nacidos en las Américas) y africanos se convirtió en un medio visual para categorizar y clasificar los diferentes grupos raciales de la Colonia, indicar su estatus social, y refutar las ideas europeas de que las nuevas Américas eran híbridos degradados. Las pinturas retrataban a cada persona con sus combinaciones de mestizaje, acompañadas de inscripciones que identificaban la mezcla racial y un rico compendio de vestuario, objetos, productos alimenticios, flora y fauna, para completar su importancia como documentos de tiempo y lugar. De español y mulata, morisca (From Spaniard and Mulatta, Morisca), de alrededor de 1730, atribuida a José de Ibarra, retrata a un orgulloso español con capa y sombrero amplio y a una mulata con su niña morisca. La espléndida atención a los detalles de la ropa y las joyas enaltecía al grupo familiar, que se muestra de manera informal y cómoda. También llama la atención el traje de la mujer africana, a quien, por ley, no le estaba permitido usar ropa de estilo español. En lugar de ello, elaboraban sus propios trajes exclusivos, con frecuencia hermosos y seductores, que competían fácilmente con los usados por las españolas. Había otras fascinantes imágenes de pinturas de castas y también retratos singulares de indios mexicanos e indios bárbaros. Estas obras están llenas de complejos detalles sobre los textiles y los escenarios naturales, en los que las figuras están puestas en interesantes grupos y poses, muchos de los cuales se ven desde diversos ángulos para añadir una dinámica real.

Los retratos de una descripción más tradicional y oficial para ayudarle al espectador a entender y visualizar a las personalidades de la sociedad y la autoridad, basados en modelos españoles, se hallaban en la sección “El poder del retrato”. Los retratos indican cómo la sociedad jerárquica de Nueva España dio mucha importancia a la nobleza de nacimiento, la religiosidad, la riqueza, los títulos y el mérito, a través de imaginería que exhibía su identidad mediante la moda y el escenario. Hombres y mujeres sofisticados fueron retratados para servir a diferentes propósitos en la nueva sociedad. En el sorprendente Retrato de Doña María Tomasa Durán López de Cárdenas (Portrait of Doña María Tomasa Durán López de Cárdenas), pintado alrededor de 1762 por Juan Patricio Morlete Ruiz, una joven a punto de ingresar al convento que pertenecía a un género especial de Nueva España. Ataviada con un espléndido vestido de terciopelo y encaje y exhibiendo un atractivo lunar, lleva un abanico cerrado como símbolo de su próxima unión con Jesucristo. Su estatus social estaba bien demostrado en la inscripción en la parte inferior. Retratos de sacerdotes y monjas con inconfundibles detalles religiosos como coronas e insignias que embellecían sus hábitos estan representados en Retrato de una monja concepcionista (Portrait of a Conceptionist Nun), pintado en la segunda mitad del siglo XVIII por un artista desconocido. La joven se ve poco después de la ceremonia en la que profesó sus votos para ser la esposa de Cristo. Su atuendo, ricamente bordado, estaba dominado por la insignia y otros elementos simbólicos. Un juego de insignias de la monja también se hallaba en la exposición. Las insignias o los medallones con sus opulentos marcos eran elaborados con diversos materiales y se veían desproporcionados porque exhibían asuntos importantes para la monja y su orden.
El volumen de obras producido por las cuatro generaciones de pintores mexicanos durante el siglo XVIII es exclusivo de América virreinal. Solo en el Perú virreinal hubo respetados y exitosos talleres, muchos de pintores aborígenes, que rivalizaron con la obra producida en México, pero nunca en tal cantidad y esplendor ni en un territorio tan grande de patronazgo. La exposición reconoció a los artistas de Nueva España por cuanto ellos responden a una creciente demanda de imágenes de todo tipo con obras notables que visualizan una forma única de expresión de un periodo excepcional.

