Exposición Individualsept 2018 - nov 2018· Por Viviana Saavedra

Omar Schiliro

Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat

Omar Schiliro fue un artista intenso y fugaz. Nació en 1962 en un hogar humilde de Villa Lugano. Abandonado por su padre, habitó varios años en los fondos del restorán en el que su madre era cocinera. En 1991 recibe el diagnóstico de VIH positivo. Tres años después, en abril de 1994, fallece a los treinta y cuatro años. Desde que toma conocimiento de su condición irreversible, deja su oficio de bijoutier y comienza a actuar intensamente dentro del mundo del arte, produciendo una obra particular, luminosa, que marcó en parte la escena artística de los años noventa en Argentina. “El VIH transformó de manera radical las vidas de los artistas… activó y reordenó diferentes imágenes que dan cuenta de supervivencias, formas estéticas que perforaron lo real en épocas en las que las garantías de protección de la vida fueron canceladas”, interpreta Francisco Lemus en uno de los textos del catálogo que editó la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat.

En 1991, deprimido por la enfermedad, es invitado por Jorge Gumier Maier a participar de la muestra colectiva Bienvenida primavera, en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Artista autodidacta, presenta el primero de sus objetos en los que comienza a combinar los dos materiales que serán constantes en su obra: el plástico y el vidrio, naturaleza y cultura. La obra fue un vehículo para una “explosión de angustias, depresiones que se tornaron primaverales… La intención general es transmitir lo mejor”, declaraba.

Exposición Individual: Omar Schiliro — imagen 1
Omar Schiliro. Sin título, 1993. Objeto, elementos de plástico ensamblados. 16 x 110 cm (6 19⁄64 x 43 5⁄16 pulgadas). Colección privada.

Pasaron muchos años desde que Jorge Gumier Maier, artista, curador, y pareja de Schiliro, tuvo el deseo de concretar este proyecto. Fue él quien, además, cuidó amorosamente del artista hasta su muerte.

Ahora voy a brillar se fue armando como la primera retrospectiva de Schiliro. Paola Vega y Cristina Schiavi, curadoras de la muestra, se encargaron de rastrear sus producciones y de restituir numerosas partes faltantes de algunas obras deterioradas y abandonadas; todo comenzó en abril de 2016. No fue nada fácil encontrar las piezas de vidrio o plástico de la década de los noventa; hicieron falta dos años de ardua tarea para que Omar Schiliro volviera a brillar. “En unas treinta y cinco piezas realizadas, nos deja un universo maravilloso de colores, fantasía y luz”, escribe Paola Vega. En referencia a la reconstrucción de este corpus, Schiavi declaró: “me invadió un deseo enfermizo de conocer cómo su cabeza relacionaba estos dos materiales, la cotidianeidad del plástico de bazar y el refinamiento del cristal de caireles y rulos de lámparas antiguas”.

Desde el comienzo se percibe que el trabajo fue concebido como un verdadero rescate emotivo, y eso se contagia. Nené, una vecina de Buenos Aires, donó un portamacetas de su pequeño jardín para poder completar una de las obras. Prefirió que ese objeto, herencia de su madre, siguiera vivo en una obra de arte para trascender y cobrar un nuevo sentido. Tal vez este gesto se conecta a las intenciones de Omar Schiliro: “a mí me interesa todo tipo de gente”, expresó en una entrevista; se oponía al elitismo en el arte, y continuó: “lo mío es por impulso, me gustaría que les guste a todos, me encantaría dejar conformes a todos”.

El ingreso a la muestra se tiñe de una expectativa como de infancia, como si se tratara de entrar a un parque de diversiones que, luego de ser desmantelado, fue vuelto a la vida. Hay una historia escondida que promete belleza y felicidad. Y como en todo parque de atracciones, no faltó una ruleta de la fortuna, su última obra realizada en 1993. Montando una pequeña escalerilla y oprimiendo un botón, las opciones a las que apunta la manecilla de la rueda con forma de cuchara son siempre generosas. La vida es buena en las cosas pequeñas, esas que son inmensamente felices: “casita cómoda”, “comidita rica”, “suerte buena”, “dinerillos”, “amigos buenitos”, y también la opción que a Schiliro la suerte le negó: “salud sanita”.

“La jerarquía de las sustancias ha sido abolida”, decía Barthes al hablar del plástico. Y esa idea se vuelve una certeza: el plástico aquí no es menos que el vidrio, no es menos, incluso, que la luz. Ya no es un “material desafortunado”. Las categorías se disuelven. “Lo que más traiciona al plástico es el sonido que emite, hueco y opaco a la vez; su ruido lo derrota”, explicaba el semiólogo. Sin embargo, ¿quién sabe qué sonido podrían emitir esos objetos maravillosos? ¿Qué secretos extraordinarios encierra el plástico, esa materia con “total impotencia para alcanzar el pulido triunfante de la naturaleza”? Omar Schiliro se las arregló para salvarlo del infortunio, le encontró la virtud de la transformación infinita.

VIVIANA SAAVEDRA

Omar Schiliro, por Viviana Saavedra | artnexus