Un fotógrafo becado por Havana Club 7 para ir a Cuba a documentar la isla. Sin ver el resultado, uno podría especular con este: cubanos y cubanas bailando en el Malecón, niños sonriendo al objetivo, turistas mojando sus labios en ron. Musuk Nolte buscó el negativo. El peruano Nolte, aun siendo patrocinado por la conocida marca de alcohol (en colaboración con la beca Elliott Erwitt), escapa del tópico, y únicamente accede a la luz desde la sombra. Sombra de isla es, según afirmó en la presentación de su muestra, enmarcada en el Festival PhotoEspaña, una aproximación “a cada persona como si fuera una isla”. Pero lo hace en y desde la oscuridad, captando de forma irremediable el presente inmediato, y de manera fantasmagórica el pasado que recorre el país. Musuk Nolte visitó Cuba en 2016, el año de la muerte de Fidel, y una sensación de muerte y letargo impregna cada imagen que tomó con su cámara.

Huye del estereotipo, aunque no de la identidad: uno puede reconocer Cuba en las fotografías de manos arrugadas, botellas colgadas en la calle, en los muros mordidos por el salitre. Algunas instantáneas son más decisivas –en términos identitarios– que otras, como aquella en la que aparece una pequeña figurilla de un santo, u otra en la que unos objetos rituales conviven con la naturaleza. Tienen protagonismo las figuras a contraluz, las manchas, los charcos, personajes difuminados: la ocultación. El brillo de lo iluminado en los blancos y negros queda reforzado por el puntual surgimiento de la luz, que refleja y revela. En fotografías como la casa abandonada en el municipio de Isabela de Sagua (Cuba), que constituye una microisla en medio del mar, el rayo de luz que atraviesa el edificio convierte un hogar olvidado en un faro de alerta y llamado, perfecta alegoría de la pretensión de Nolte: un deslumbre que atrae a los despistados, desalmados espíritus cubanos. Una breve pero significativa huella curatorial (el curador es Roderick van der Lee) convierte un fragmento de una de las paredes de la sala de Casa América en una fotografía objetual: una luz cenital subraya una impresión digital de un destello vertical sobre la negritud. Siendo, como son, pocas las obras expuestas, no de gran tamaño, y en una sala mediana, aporta una dimensión enriquecedora.
Otra de las imágenes funciona igualmente como masa madre de la exposición. Un grupo desunido de cubanos vaga y deambula por un campo siguiendo una coreografía ilógica. En primer plano, un perro en sombra camina hacia una dirección igualmente aleatoria. Este conjunto, que pasea en una ubicación indefinida, no parece seguir guion alguno, sino que simplemente merodea hacia ningún lugar. Una posible lectura de la Cuba post-Fidel, apegada a su pasado, a sus espectros, a sus sombras. A pesar de que es apreciable la voluntad poética de Musuk Nolte, hay encuadres, escenas, que indican una experiencia en el mundo del fotorreporterismo. Nolte trabajó en el diario El Comercio, enfocado en la periferia de Lima, en los conflictos diarios y en el drama humano. Esas dotes se ponen en liza en Sombra de isla, una exposición que muestra otra cara de Cuba y que demuestra que se pueden patrocinar trabajos de esta índole (menos publicitaria, menos propagandística) desde fundaciones comerciales, y que, aunque el tópico amenaza con abarcarlo todo, todavía es posible capturar la esencia de un sitio y un tiempo sin acudir a lo típico. La Cuba de Musuk Nolte es tétrica, es vieja, es triste, es rugosa, está agrietada, está borrosa, pero mantiene una luz que nos devuelve una realidad.
JUAN JOSÉ SANTOS
