El encuentro azaroso con un ejemplar de Desde el jardín, la conocida novela de Jerzy Kosinski, fue el desencadenante de un proyecto expositivo del artista venezolano Julio Loaiza, llevado a cabo en el espacio experimental de la Sala Mendoza. El protagonista de este libro es un personaje simple, modesto, cuya vida gira en torno al jardín que tiene bajo su cuidado, perteneciente a la mansión de un anciano acaudalado. Sus conocimientos son limitados pues solo conoce el jardín. Independientemente de la trama y de los acontecimientos que se desarrollan en esta narración, lo interesante es cómo del encuentro fortuito con esta novela, Loaiza trama una nueva historia. También desde el jardín.
Primeramente, interviene todas las páginas del libro con dibujos alusivos a formas orgánicas que bien expresan, en forma muy abstracta, variedades del mundo vegetal. Este ejemplar es expuesto en un estante “hecho a la medida” en la entrada de la exposición, mientras un video muestra cada una de las páginas intervenidas. El dibujo, cabe agregar, es uno de los medios expresivos protagónicos de la exposición. Tan es así que el artista sistemáticamente asiste dos días a la semana a la sala de exposición para instalarse a dibujar. Su objetivo: generar una exposición con igual criterio orgánico, pues, a medida que él dibuja, la muestra “germina” y “crece” hasta cubrir por completo una pared de la sala con estos nuevos dibujos. La idea es que la exposición clausure con otra apariencia distinta a como era en el momento de inaugurar.

Por otro lado, hay un aspecto performático de interés. Loaiza utiliza para sus performances máscaras que él mismo teje y que están expuestas en una pared. La intención es que el espectador también las use y participe activamente en la exposición. Son sus Esculturas enmascaradas, piezas que realiza desde el 2011, que, como el artista indica, están fundamentadas en las fiestas tradicionales de Venezuela, en el teatro y en la danza, expresiones que también él realiza. Las máscaras son tejidos centrados “en la casa y en su cuerpo”. Cada una representa algún personaje-tipo que pudiera signar la historia contemporánea del país. Conforman “la fauna de su jardín”, manera de teatralizar críticamente determinadas conductas. Los títulos son elocuentes: Pinocho, Antena contra mojones, Blanco, Cachuo, Jamaica, El caimán, Artefacto para mirar a los ojos, Con la piedra fuera, Debajo de la matica, Un moñongo para Lila, Las tetas rojas, El terror de los malandros y Entramado. Estas “esculturas-máscaras”, según el artista, sirven de “pretexto para construir historias, metáforas, arquetipos”. Así, él es visto enmascarado en el centro de la exposición mediante un video que registra uno de sus performances realizado desde el jardín. Las acciones efectuadas directamente en la naturaleza quedaron registradas de este modo.
Con excepción de una máscara elaborada con material plástico, luces led y activada con electricidad, todas están hechas con fibras vegetales: cocuiza, cáñamo, piragua y bejuco recogidos en plantíos tomados de la montaña o de algunos sembradíos. Loaiza integra así el cuerpo a lo vegetal. Se trata de una relación con la naturaleza que es real, tangible, que luego se torna experiencia imaginada, evocada o recreada por el artista. El movimiento corporal y el “enmascaramiento” develan, paradójicamente, una determinada identidad, en un acto que puede ser crítico, irónico, divertido o lacerante. Cualquiera de estas sensaciones forma parte del planteamiento conceptual de este proyecto.
El jardín, entonces, es figurado mediante dibujos, performances y videos. Para complementar el sentido germinal de la muestra, el artista realizó un diminuto jardín fuera del área de la exposición –en la plaza que está frente al edificio donde se encuentra la galería–. Este microjardín contiene variedad de plantas, con la idea de concentrar en pequeña escala un muestrario de la heterogeneidad presente en la gran montaña que corona a la ciudad de Caracas: El Ávila, también conocida como Parque Nacional Waraira Repano.
La Sala Mendoza se encuentra precisamente en los espacios de la Universidad Metropolitana, institución que queda en el norte de la ciudad, al pie del Ávila. Esta locación hace que este proyecto expositivo, concebido en una pequeña sala de la galería, se extienda fuera de este espacio limitado para “crecer orgánicamente” mediante actividades conjuntas que promueven la conservación ambiental, junto con el equipo Proyecto Ávila, perteneciente a esta Universidad. El Ávila se convirtió en otro de los escenarios de la exposición, razón por la que el jardín, real, imaginado, evocado o recreado, se volvió un acto interactivo entre el público, los conservacionistas y el artista. Otro modo de interacción fue facilitar al espectador láminas de las conocidas Letraset para escribir y llenar otra pared con sus propias evocaciones acerca de su jardín. Así, en este proyecto, la palabra, los objetos y las acciones son parte de una obra en proceso: en constante germinación.
SUSANA BENKO
