Medellín es sin duda la ciudad colombiana que históricamente más ha querido y valorado la fotografía. Hoy, la Biblioteca Pública Piloto, por ejemplo, conserva el más completo archivo histórico del medio en el país. A la vez, es la ciudad donde se han presentado las más sinceras y completas exposiciones fotográficas recientes sobre el conflicto armado, reconociendo a dos fotógrafos residentes en la ciudad, Federico Ríos y Jesús Abad Colorado. Entre trochas e incertidumbres, exposición individual de Ríos, presentada en el Museo de Antioquia en el primer semestre del año, ofreció entrar a la intimidad de los frentes guerrilleros de las FARC en el último lustro y antes del reciente proceso de paz, creando una narrativa donde la eterna movilidad de hombres y mujeres alzados en armas fue enseñada en más de mil imágenes a todo color, en una exhaustiva demostración de las capacidades del fotógrafo. Con semanas de diferencia, Jesús Abad Colorado presentó su primera retrospectiva, Geografías de dolor y resistencia: Soy testigo, en las salas de Sura, a pocos pasos de la mencionada Biblioteca Piloto, demostrando el compromiso que las empresas de Medellín tienen con el proceso de paz.

Colorado es sin duda el gran continuador de la imagen comprometida socialmente en Colombia, que en la historia contemporánea del país inicia con las fotografías de La violencia en Colombia y los grabados de Luis Ángel Rengifo en los años 60, y que continúa en manos de Jorge Silva y Marta Rodríguez, homenajeados en el recientemente publicado fotolibro Los Silva, de la editorial La Silueta. Esta tradición social de la imagen y sus usos tiene hoy en Colorado a su más activo intérprete, quien después de veinticinco años de fotografiar la guerra en todo el país se ha dedicado a colaborar con organizaciones de derechos humanos y de víctimas, y a dar charlas y conferencias a distintos sectores de la sociedad colombiana, intentando que su testimonio sobre los horrores de la guerra sea escuchado y contribuya a entender el enorme daño que ha causado.
La exposición nos devuelve a Colorado como fotógrafo y a la esencia de su trabajo. En un artículo anterior, publicado en estas páginas, consideré que Colorado no era un fotógrafo del instante decisivo, y que su fotografía era esencialmente reflexiva. La exposición en Medellín, curada por Julián Posada, enseñaba, al contrario, el dinamismo de la fotografía de Colorado, especialmente en sus imágenes sobre el destierro campesino, que en Colombia ha afectado a afectó a más de siete millones de personas, y que se realizó, como muestran sus imágenes, a lomo de mula, en canoa, en bicicleta y con el Cristo a cuestas –literalmente–, en todo medio de locomoción que sirviera para huir. Posada, siguiendo una idea surgida por el recientemente fallecido Alberto Sierra, y en más de 150 fotografías, encontró formas de organizar y exhibir la obra de Colorado, resumiendo sus temas principales en polípticos que permitían apreciar la temperatura emocional y la vocación narrativa del fotógrafo, aparte de su capacidad observar los detalles en los rostros y las indumentarias de las víctimas de la guerra, incluidos los propios combatientes y sus amuletos de guerra. Durante el periodo de la exposición fue lanzado el documental Soy testigo (Caín y Abel), dirigido por Kate Horne, el cual resume la vida del fotógrafo. Con este documental, con las exposiciones de Ríos y de Colorado, y con tantos hechos de paz, esperábamos llegar por fin al fin de la guerra y a una evaluación, desde lo fotográfico y lo poético, del daño que nos habíamos hecho. Sin embargo, y como lo demuestra el asesinato de más de trescientos líderes sociales en los últimos tres años, parecemos abocados a repetir nuestra historia, a vivir otra vez la violencia cíclica sobre la cual Colorado tanto nos ha advertido, a enfrentarnos con temor a un nuevo ciclo de violencia. Con sentimientos encontrados se recibe esta exposición, esperando que sea llevada a otras salas y otros territorios del país, donde entender la violencia es tan necesario.
SANTIAGO RUEDA
