“Los ojos del pueblo” es el significado del nombre Laocoonte. Tal vez ponderar ello sea suficiente para comprender la dimensión sociopolítica que encarna, de manera irremediable, esta puesta en escena, esta arena o teatro que Erick Beltrán construye como una suerte de oráculo profano y metamórfico. Un sitio y un momento para interrogar al presente desde la mitología griega y, en particular, a partir del llamado “Ciclo Troyano” al que pertenece el extraordinario mito de Laocoonte. El punto nodal de este se encuentra en el hecho de procurar la desobediencia, la rebelión contra los designios de los dioses, del poder supremo. ¿Cambiar el destino? El Caballo de Troya avanza, imagino que con cierta cadencia hacia su objetivo, las ruedas que lo sostienen y permiten su movilidad giran cual mecanismo de alta precisión tecnológica, la generosidad del obsequio es imponente y seductora. Sin embargo, Laocoonte ha visto dentro de la figura ecuestre e intenta detener su paso a toda costa, cambiar el destino, iluminar. Semejante rebeldía es brutalmente castigada por los dioses, quienes lo condenan a muerte, junto con sus dos vástagos. Las robustas serpientes hacen su trabajo, no hay ninguna escapatoria o posibilidad de revertir su implacable instinto e impedir que cumplan con la misión encomendada: devorar los ojos del manifestante suicida, del chivo expiatorio, del sacerdote contra-sistema o, mejor dicho, en el marco de la muestra, contra la avasalladora máquina de guerra. ¿Por qué ha elegido retrabajar la figura de Laocoonte en el presente, en el contexto sociopolítico mexicano, y justo coincidir con las decisivas contiendas electorales para el futuro de este país? ¿Cómo saber si es verdad o mentira lo que este oráculo responde a las interrogantes de los visitantes? ¿Qué le preguntaría usted?

La exposición es un emotivo escenario, un foro movedizo en el que destaca una serie de telones monumentales que el público puede abrir o cerrar libremente. Dicha posibilidad de modificar el espacio y aquello que, por consecuencia, permanece oculto o visible es uno de los principales rasgos y aciertos del ejercicio expositivo en cuestión. El espectador es partícipe, actor central del drama representado, pieza clave de la conformación del discurso y de la manera en que resulta posible hilvanar la lectura y apreciación visual de la historia, del mito y de los sueños narrados sobre las grandes telas. En estas Beltrán combina textos con sus característicos diagramas saturados de datos y conceptos, pero aquello que sorprende para bien es el protagónico y acertado papel que tienen las imágenes en gran formato y la apuesta por una estridente gama cromática. Asimismo, en las composiciones visuales resalta un extraño equilibrio en la forma de entremezclar fragmentos de escenas y esculturas clásicas, como el célebre grupo escultórico titulado Laocoonte y sus hijos del periodo helenístico, con imágenes de diversas fuentes y carácter tanto metafórico como político. Entre estas últimas es imposible obviar el conjunto de retratos de periodistas de investigación asesinados en México durante los años recientes. Sin duda, una penosa circunstancia que describe con claridad una democracia atrofiada, la tremenda violencia y la falta de una genuina libertad de expresión en el país. Esta es la única referencia directa que Beltrán hace en toda la exposición al entorno nacional, y ello le da un gran peso específico. En suma, la relación con el significado del nombre de Laocoonte es evidente y pertinente. Dicha distancia que toma el artista –algo no muy frecuente en su trayectoria– del panorama político es sana para la exposición y un tanto lógica en un momento electoral en el que cualquier alusión directa a un personaje determinado devendría un acto proselitista para cualquiera de los bandos. Aunado a los telones, la muestra se complementa con un grupo de tótems o paneles en cruz en los que se reproducen igualmente imágenes referentes al mito de Laocoonte y otros sucesos que el artista vincula a este. Al pie de estos elementos encontramos cinco periódicos con temas específicos en los que Beltrán profundiza en ciertos conceptos e ideas y hace gala de su arduo trabajo de investigación tanto archivística como teórica y documental.
En síntesis, la exposición es un estupendo trabajo curatorial de Taiyana Pimentel y uno de los ejercicios más destacados de este prolífico y sólido artista mexicano. La figura de Laocoonte y las diversas relaciones metafóricas que esta entabla con el paso de una sociedad artesanal a una organización de masas e industrial, en la que la máquina de guerra –el sistema de control y poder del Estado– se encarga de dictar la historia, de manejar a su antojo aquello que entendemos como progreso y verdad, son planteadas con una brillante puntualidad. Aquello en lo que no concuerdo es en las constantes referencias que en distintos textos y comunicados sobre la exposición se plantean entre los telones monumentales de Beltrán y la obra mural de Siqueiros. En realidad no hay ningún parecido formal más allá de la monumentalidad, y el hecho de que los telones sean móviles, flexibles y modificables por el espectador los separa de manera contundente con la naturaleza de cualquier mural. La relación entre ambos creadores existe sin duda en la utilización de los periódicos, en el trabajo de imprenta y la tradición del grabado.
VÍCTOR PALACIOS
