La muestra del artista peruano Edi Hirose en Galería del Paseo, en Lima, toma su nombre del pueblo de Ananay, en Puno (sierra sur del Perú), el pueblo más alto del mundo, a 5.200 m.s.n.m.
Estas fotografías documentales, que Hirose realizó con el apoyo del premio del Magnum Foundation Fund al que se hizo acreedor en 2017, ofrecen un panorama de las inusuales circunstancias que han dado origen al pueblo y que lo mantienen: la fiebre del oro y la minería informal.
En las imágenes, el artista permite reconocer el crecimiento exponencial y anárquico de la ciudad, en la que viven entre 50 y 80 mil personas, de cara a sus operaciones mineras, que se desarrollan tanto en socavones como a cielo abierto.
La compleja relación entre la ciudad y el entorno en el que se ubica se hace patente en los marcados contrastes que aparecen en las imágenes. Mediante una serie de contrastes de luz, color, textura, pero también de los escenarios fotografiados (parajes naturales, edificaciones de ladrillo, basurales, puentes, etc.), el artista da a entender las duras condiciones de vida en Ananay, que se sostiene en base a la explotación de los recursos del lugar –el oro extraído de la montaña– y que ha transformado ferozmente el paisaje andino, debido al desordenado crecimiento de la vivienda y otras infraestructuras, pero también debido a la falta de infraestructuras y recursos básicos.

En la fotografía titulada Panorámica, este contraste es tanto el del gris de la ciudad y sus construcciones como el del azul del cielo y el blanco de las nieves sobre la montaña. La imagen da a entender una confrontación entre un escenario natural y una ciudad surgida más o menos de la nada, que no parece ofrecer al entorno otra cosa que degradación.
Esta idea aparece de manera más contundente en Basural. La foto muestra en primer plano un basural formado mayormente por desechos plásticos, mientras que en el horizonte se divisa a lo lejos el nevado contra el límpido cielo azul en el fondo. El contraste en juego no es solo de colores, sino también de texturas, la rugosidad de la basura versus un cielo despejado y homogéneo. Un detalle sobresale: en el vertedero se ven muchas botellas plásticas azules. Se trata de envases de lejía, que los pobladores usan abundantemente porque el pueblo carece de conexión de agua y desagüe. Entre el basural y la montaña aparece la ciudad, que vive no solo al pie de ella, y de ella misma, sino acaso contra ella. Una externalidad negativa que no proviene directamente de la mina, sino de la ciudad.
Esta falta de servicios básicos también se evidencia en Baños, que muestra unos pequeños habitáculos hechos en metal corrugado. De color plateado brillante, estos baños reflejan la luz solar y resaltan contra la montaña y contra el mismo suelo de piedra y tierra sobre el que se encuentran. Si no fuese por su forma reconocible de pequeñas y frágiles cabañas, parecerían objetos alienígenas, de lo ajenos que resultan al paisaje.
Asimismo, Campo de fútbol muestra una cancha de fútbol dentro de la ciudad, rodeada de viviendas, sobre la que descansan algunos pobladores. Cubierta de césped sintético, la imagen nos recuerda la falta de agua que proyectamos a las viviendas contiguas. Casi se diría que la armonía cromática entre el cielo azul y el verde del grass sintético cuida el descanso de la gente.
En esa línea, Poste eléctrico presenta una figura contraria al estatus icónico de los postes de electricidad como emblemas del desarrollo industrial y el progreso. El precario poste de madera, en medio de un tierrero, junto a un charco de agua amarillenta y turbia que vemos, encarna una promesa de desarrollo incumplida y acaso imposible de cumplir.
Quizás la dimensión más dramática del contraste aparece en una imagen más casual, Vóley, que muestra a mujeres del lugar jugando en medio de la tierra. Se trata de un contraste social, considerando que evidentemente no hay cancha alguna para ellas (ni tampoco hay espacio en las minas para ellas, pues están relegadas a buscar oro entre los desechos, como se ve en Pallaqueras). Pero también es ese contraste entre el entorno y ese lunar de actividad y vida, desconectado del entorno que es el pueblo. Las casas en la ladera de la montaña parecen puestas ahí, casi como por descuido, mientras que el cielo azul intenso y el blanco nevado parecen imponentes e imperturbables. Casi podría ser una imagen producto del Photoshop. Pero no lo es, como tampoco el nevado es imperturbable.
Edi Hirose nos muestra, desde una perspectiva claramente documental, y sin sesgos aparentes, un mundo extractivista en el que el sacrificio es generalizado: el de la tierra y el de las personas, en un encuentro duro, desgastante, y con fecha de caducidad.
MAX HERNÁNDEZ CALVO
