La muestra personal de David Beltrán, Azul de composición geométrica, en la sala de exposiciones de la Biblioteca Nacional de Cuba, comisariada por Christian Domínguez, intenta ser un retrato del color desde muchos matices. El espacio es casi un perfecto cubo blanco, evitado solo por columnas en el medio de la sala. En las paredes había cuatro series: Arqueología del color, Sentimientos sumergidos, Pinturas quemadas y Soplos de vida.
La primera, y núcleo de la exposición, es igual al corte temporal que en 1968 realizó Stanley Kubrick para 2001: Odisea del espacio (un hueso en el aire lanzado por un hombre primitivo se convierte en una nave espacial del futuro), pero en pintura. David convierte este medio en un cuerpo extraño. Su relación con la fotografía (con la técnica) lo ha llevado a superar la percepción del ojo humano en beneficio del lente.

Al principio, esta serie dibujaba el arco que describe la distancia entre la representación clásica decimonónica y una especie de “realismo científico”. De un paisaje de Enrique Crucet (un pintor académico cubano del siglo XIX) son tomadas tres muestras de color correspondientes a la tierra, el cielo, el verde (los tres elementos principales de un paisaje), y analizadas por un potente microscopio electrónico de un laboratorio de la Universidad Complutense de Madrid (la técnica se llama estratigrafía1). La ermita de Monserrat, el paisaje citado, se convierte en tres pinturas matéricas (esto es, solo según el juicio de la tradición), pero que, bien observadas, son profundamente “realistas”, retratos objetivos del color definido por la tecnología.
En el caso de las obras Azul de composición geométrica y Amarillo S/T, la serie expande su recorrido hacia los pintores concretos cubanos de los años cincuenta. Las muestras de azul y amarillo corresponden a dos cuadros de José Mijares y Sandú Darié, respectivamente. Estas piezas de naturaleza abstracta son devueltas a la manera de una “abstracción hiperrealista”. Lo cual plantea una famosa paradoja que niega el movimiento: de un punto A a un punto B siempre habrá un punto C, y así consecutivamente. El retrato más objetivo del color termina siendo el más abstracto.
En la segunda, Sentimientos sumergidos, a David le interesa explorar la sinestesia detrás de los colores. A una experiencia visual hace corresponder una emocional. Sumerge un pincel en agua mientras evoca un sentimiento. Al verde lo relaciona con la armonía; al azul, con la gratitud; al violeta, con la agonía; al negro, con la ira. Las piezas, que se exhiben como fotografías, en realidad, son la documentación de un performance. Hecho este que pone en evidencia no solo el modo en que David Beltrán se mueve como artista por diversos medios, sino también los contrastes de la exposición: en la primera serie va de la fotografía científica a la pintura (el medio más subjetivo) y en la segunda somete la variabilidad impredecible del performance a la fijeza de la imagen.
Las dos últimas series también son producto de una acción y son las más gestuales de la muestra. Una de ellas está compuesta por Pinturas quemadas, de modo literal: los restos de un pigmento incendiado sobre lienzo que, paradójicamente (este efecto al final resulta muy atractivo visualmente), recrean una sensación de luz heredada desde las cenizas. Por otra parte, Soplos de vida es la respiración de un color que al mezclar con jabón imprime una huella de burbujas sobre cartulina.
Si la primera serie es el resultado puro del intelecto, las restantes, no hay duda de que son vitalistas. A la quietud de la evocación de un sentimiento, le sigue la incineración violenta; a la quema le sigue la respiración necesaria. En este punto, Azul de composición geométrica de David Beltrán adquiere un matiz complejo, se pudiera leer como la metáfora de la vida de un artista: su relación agónica e impura con la pintura, la intromisión de la ciencia en la lógica irracional de la poesía, o viceversa; su relación con el paisaje, con la lingüística estructural o con la semiótica. Lo cierto es que cualquier interpretación es posible, lo que revela el verdadero tema de la muestra, que no es retratar el color, sino postular la imposibilidad de su retrato.
Aspirar a trascender la forma mediante el aislamiento del color desencadena otras formas de colores disímiles, y así sucesivamente, como una tautología. Lo que puede traducirse a la “imposibilidad de la representación” que sugirieron Wittgenstein y, antes que él, Nietzsche. La misma sala de exposiciones donde Joseph Kosuth realizó un homenaje al lenguaje a través de la figura de culto del escritor intraducible José Lezama Lima para la pasada Bienal de La Habana se vio actualizada por una reflexión de David Beltrán, aparentemente más conservadora, que resulta tan conceptual como vanguardista (mezcla perfecta entre idea y materia) y al mismo tiempo nada pretenciosa.
NOTA
1. Método de la geología que estudia la disposición y las características de las rocas sedimentarias y los estratos. En los laboratorios de restauración de obras de arte también es usada para analizar la composición y estructura de estos objetos.
ABEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
