Exposición Individualsept 2018 - nov 2018· Por Ricardo Pohlenz

Chucho Reyes

Palacio de Bellas Artes

La exposición-homenaje que se realizó en el Museo Rufino Tamayo en 1984 de Chucho Reyes Ferreira lo convirtió en una referencia popular. Esto se debió, por una parte, a la campaña que tenía en televisión el museo, por los vínculos que tuvo por aquel entonces con Televisa. Pero el público quedó seducido –en pantalla, y luego en las salas del museo– por su facilidad casi lírica para el trazo, por lo explosivo de sus colores, plasmados con gran vigor en el más sutil y frágil de los materiales: el papel de china. Desde la elección de este material –invocando una impermanencia– hasta la obviedad prístina de sus referencias pictóricas y gráficas (que van desde Georges Rouault hasta José Guadalupe Posada) ponen en evidencia una vocación voraz dispuesta a capturar cuanto gesto formal, figura y manierismo tuviera enfrente para hacerlo suyo, decirlo en sus propios términos y desecharlo. A pesar de su violencia cromática, su falta de punto de fuga y su sencillez intencionada, sería una despropósito tratar de vincular su obra a movimientos como el arte naïf o el arte brut (aunque, en sentido estricto, sea contemporáneo de Jean Dubuffet y no deja de tener –en esos términos– un espíritu igualador, a mitad de camino entre lo infantil y lo popular, pecando en pleno medio siglo de vanguardista). Más allá de la impronta diferida que tuvo el fauvismo en su obra, sería encumbrado como el Chagall mexicano por el mismísimo Marc Chagall, a quien conoció cuando este vino a México para hacer el vestuario y decorado del ballet ruso Aleko. 

Exposición Individual: Chucho Reyes — imagen 1
Jesús “Chucho” Reyes Ferreira. Sin título (naturaleza muerta), s.f. Óleo sobre masonite. 76 X 118 cm (29 59⁄64 x 46 29⁄64 pulgadas). Colección: Familia Gálvez Guzzy.

Más allá de la generosidad del artista ruso-francés, maravillado frente a la obra de Reyes, a la larga no deja de resultar injusto este calificativo, Chucho Reyes no es la versión mexicana de nada. Más allá de la extrema particularidad formal y estilística que lo caracteriza y que lo desmarca de los temas y motivos de los que se apropia (así como de los artistas que le sirven de modelo y referencia), más aún si se toma en consideración la relación que tiene con su obra, que se gesta a la par (o a partir o al margen) de sus múltiples oficios, desde decorador de escaparates en Guadalajara, pasando por el de anticuario y coleccionista de arte popular, hasta el haber sido consejero personal de arquitectos como Luis Barragán y Mathias Goeritz. Es tal vez por los vasos comunicantes, las situaciones extraordinarias y el proceso multidisciplinario bajo el que se gesta su trabajo que en 1962, cuando se presenta la exposición retrospectiva que conmemora sus ochenta años, Chucho Reyes pidió que su obra no fuera presentada como arte. Si contamos su belicosidad, su desparpajo y su vocación transgresora, no deja de resultar incómodo que se le quiera convertir o reducir, más de cincuenta años después, en un producto cultural más en las líneas que ha tenido el color local para su explotación. Es desde ahí que, para conmemorar el cuarenta aniversario de su muerte, el Museo de Bellas Artes presentó La fiesta del colo, exposición temática de su obra, curada por Arturo López (quien también es subdirector de exposiciones del museo). La exposición está estructurada a partir de cuatro ejes temáticos: “Color y materialidad”, que revisa sus vínculos con la “tradición ancestral de elaborar pigmentos y soportes de manera artesanal” para sus gouaches y témperas a partir de anilinas, goma arábiga y huevo (se hace énfasis en su gusto por “embarrar” los colores con brochas); “Influencias y enseñanzas”, que muestra los vínculos formales y temáticos con los artistas y arquitectos arriba mencionados (Chagall, Rouault, Barragán y Goeritz), confrontado con piezas de estos; “Muerte y Bestiario”, que presenta los ecos de lo tradicional en su obra, y “Lo místico y lo profano”, que hace lo mismo que el anterior, pero con temas religiosos y vulgares. La exposición presenta 75 piezas que fueron prestadas por 33 colecciones privadas e institucionales (entre las que destacan el Museo Regional de Guadalajara, el Museo del Estanquillo, el Museo Suomaya, la Casa Estudio Luis Barragan, así como las colecciones Pérez Simón, María y Manuel Reyero, y de la Fundación Daniel Liebsohn). Como parte de la exposición, el Museo del Palacio de Bellas Artes realizó una serie de actividades y herramientas enfocadas a dar una visión más amplia del artista: están sus relaciones (entre las que se destaca a Carlos Pellicer, Salvador Novo y Justino Fernández) y su contexto histórico con video mapping, entrevistas con especialistas y una línea de tiempo (mucho de lo que puede verse todavía en línea http://museopalaciodebellasartes.gob.mx/micrositios/chuchoreyes/).

RICARDO POHLENZ

Chucho Reyes, por Ricardo Pohlenz | artnexus