Cecilia Vicuña

Quipus Visceral, 2017. Instalación site-specific de lana teñida y sin tejer. Dimensiones variables. Foto: Matthew Herrmann. Cortesía de la artista y Lehmann Maupin.

Exposiciónsept 2018 - nov 2018· Por Richard Leslie

Cecilia Vicuña

Brooklyn Museum y Lehmann Maupin

Kenny Goldsmith, el primer poeta laureado del Museo de Arte Moderno de Nueva York, ha sostenido que la estética del desplazamiento es la nueva condición cultural, que no necesita explicarse a sí misma ni intentar comprenderse (lo que él llama “traducción”). Para él, es una condición generada por la globalización y las consecuencias de la digitalización del siglo XXI; para Cecilia Vicuña, nacida en 1948, ha sido la no linealidad de la poesía y la imaginación, que es la nave transbordadora entre ahora y entonces (y sospecho que es lo mismo para Goldsmith porque la poética es desplazamientos no lineales).

Vicuña trabaja aceptando el desplazamiento, que es una ligera variación del título de la exposición de su primera retrospectiva en Nueva York, en Lehmann Maupin, y también su tema principal. La India contaminada, las tradiciones de los pueblos aborígenes “contaminados” –o por el bien del debate, “desplazados”– por las tradiciones impuestas y autorizadas de fuerzas de ocupación, ya sean coloniales, racionalistas o patriarcales. Pero el proceso es siempre “parcial”, ya sea que lo veamos –al igual que Vicuña– como resistencia cultural o como una formación natural de difusión cultural, cuyas corrientes locales de desplazamiento también se siguen transmitiendo a lo largo de los siglos en un proceso aditivo ininterrumpido para producir la condición de la cultura como híbrida, más que como pura. Una vez que vamos más allá de las visiones polarizadas del proceso histórico, ¿cómo podemos entonces entender la contaminación?

Exposición: Cecilia Vicuña — imagen 1
Gabriela Mistral, 1979. Óleo sobre lienzo. 60.3 x 48.9 cm (23 47⁄64 x 19 1⁄4 pulgadas). Cortesía de la artista y Lehmann Maupin.

Para Goldsmith, el desplazamiento ha arrinconado, eliminado (o, podríamos decir en estos días, “vencido”), el deseo de comprender, en favor de la aceptación inmediata del statu quo, resignándose al resultado. La dinámica de Vicuña es más activista y encaja en la exhortación de Goldsmith a una confrontación correctiva por el arte. Sus posturas estaban representadas allí en cuatro categorías: sus primeras pinturas, muchas de las cuales se han perdido; una instalación de sus famosos trabajos con fibras, los Quipu; selecciones de sus series de pequeñas instalaciones murales escultóricas, Los Precarios (un adjetivo español convertido en sustantivo que también puede interpretarse como “los impredecibles” o “los inestables”, aparentemente una mejor correlación con la visión del mundo que tiene la artista), y un video que cumplía varias funciones, como poesía concreta de Vicuña, acto performativo y metáfora visual.

Quienes están familiarizados con su obra saben bien cómo usa esta artista chilena el quipu andino, los legendarios nudos de fibra empleados por los incas durante más de cien años, y quizás una tradición que se remonta a varios miles de años, para mantener registros (quipu administrativos) y, tal vez, como se ha sugerido y sostenido al menos desde 1998, con funciones narrativas y mnemónicas en las culturas sin lenguaje escrito; una “forma material de escritura” que atrae la estética tactil, visual e imaginativa de una artista-poeta. Allí –y en una instalación simultánea mucho más grande, presentada en el Museo de Brooklyn, titulada Disappeared Quipu (Quipu desaparecidos)–, una serie de tiras de lana sin hilar de tres metros de largo, teñidas en una gama de colores que iban del morado claro al carmín, colgaban del techo. En algunas había nudos amplios, sueltos, pero era evidente que solo como una evocación, más que como una referencia específica a los originales, mucho más pequeños y complejos. La vaguedad era deliberada pues Vicuña los concibió en la década de los sesenta como “el quipu que no recuerda nada”, debido a que su historia fue borrada en gran parte a través de las prohibiciones coloniales españolas, aunque todavía se usan en la actualidad.

Exposición: Cecilia Vicuña — imagen 2
La India Contaminada, 2018. Vista de la instalación, Lehmann Maupin, Nueva York. Foto: Matthew Herrmann. Cortesía de la artista y Lehmann Maupin.

Mis favoritos fueron los muros en los que colgaban Los Precarios, considerados como poemas visuales, construidos a partir de objetos efímeros encontrados, recolectados durante viajes y creados por la artista con una estética íntima, frágil y minimalista. El proyecto se inició también en los sesenta, a lo largo de la costa, donde oleadas de agua y azar vienen y van, depositando y quitando, reflejando la vida humana como el proverbial desecho flotante. Un pequeño monitor de video documentaba un performance en las calles de Nueva York en el que se utilizaron mariposas de papel y cuerda (Rari in New York [Raro en Nueva York]). Las alusiones ecológicas eran tan obvias como lo es la correlación entre esta absurda, imaginativa y artística locura y nuestros propios performances al destruir el medioambiente.

El elemento más cautivante era el video de 60 minutos La noche de las especies, proyectado sobre tres paredes. Formas abstractas y patrones de flujo orgánicos, letras, palabras y frases en blanco y negro se transformaban con lentitud sobre las paredes con la banda sonora de un latido cardíaco apenas audible. Allí, la estética de Vicuña se percibía más completa a medida que las palabras se convertían en formas, y estas, en un lenguaje abstracto, casi conocible, en donde nuestra conciencia podía ser “desplazada” y luego reemplazada por la inconsciencia oceánica que su obra siempre ha querido llevar a una comprensión más profunda.

RICHARD LESLIE

Autor, crítico e historiador. Enseña teoría cultural, estudios globales y de medios en School of Visual Arts en Nueva York.

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