El arte, como la ciencia y la filosofía, desarrolla un método propio, y por eso cobra fuerza como un territorio de conocimiento de expresiva autonomía. La obra del artista plástico Caetano de Almeida expresa este pensamiento, como revela su reciente exposición individual en la Cassia Bomeny Galería, con veintidós obras inéditas sobre tela y papel, creadas entre el 2017 y el 2018.
Las pinturas hacen parte de la investigación del artista sobre trama, patrones e historia y fueron hechas con diferentes técnicas, como acuarela sobre papel, acrílico sobre tela y resina y pigmento sobre tela. En muchas de ellas hay huecos en la superficie (reales o virtuales), como en los dibujos de la serie Física y en la pintura CAA40. Hay, además, dos obras hechas con brasas sobre papel, tituladas 5 Maços (Manojos) y 2 Maços (Manojos). “Ellos son una lectura melancólica, tal vez poética, de los huecos presentes”, dice el artista.

La observación de sus pinturas, construidas a partir de líneas coloridas que se cruzan en animadas composiciones cromáticas, lleva al espectador a los principios del arte de vertiente constructivista, en el que las confluencias entre ciencia, arte y filosofía son evidencias intencionales. En Caetano de Almeida es posible recuperar el suprematismo de Malévich o incluso la cadencia de Mondrian, teniendo como principio diferenciador una contemporaneidad brasilera marcada por una fina ironía, que tal vez el artista llame melancolía.
Ese rastro de languidez en la obra de Caetano de Almeida apunta directamente a la ruptura, en la tradición occidental, con el lugar del reconocimiento fácil de la figura, un giro de paradigma que lanzó la estética al profundo vacío fenomenológico de las sensaciones. El artista dice ya no preocuparse por los patrones o colores. “Cada pintura tiene una poética. Algunas dialogan con el color (muchas veces monocromáticas) y otras tratan directamente de la trama y del acto de la pintura. Los ‘huecos’ están siempre presentes”, afirma el artista.
Mas, ¿por qué hay tanta belleza en imágenes que aparentemente no dicen nada? Tal vez la respuesta está en el misterio señalado por el crítico Tadeo Chiarelli: por un lado, la producción de Caetano de Almeida enfatiza al máximo los valores más convencionales de la pintura occidental, como la factura artesanal, la práctica de pintar, el registro del tiempo en la factura. Sin embargo, lo que pocos notan es que, a pesar del carácter trabajado de aquellas obras, de las evidencias del tiempo allí empleado, no hay señales de la “mano” del artista.
La belleza de esas imágenes, que parecen salir de la pantalla de un computador por su factura finamente calculada, recuerda que la pintura occidental está todavía desarticulada, en busca de una nueva estructura, de un nuevo modo de ser, de un nuevo significado. Estéticas sin objetos, pinturas sin pinturas, como las de Caetano de Almeida, muestran que todavía es posible hacer arte en medio del bombardeo de imágenes de la contemporaneidad.
A pesar de no haber expuesto en Río de Janeiro desde hace bastante tiempo, Caetano de Almeida tiene una fuerte relación con la ciudad donde comenzó su trayectoria artística. Su primera exposición individual fue en 1989, en la extinta Galería Thomas Cohn. Además de eso, sus obras hacen parte de importantes colecciones de la ciudad, como la Colección Gilberto Chateaubriand, en comodato con el MAM Rio, y la Colección João Sattamini, en comodato con el MAC de Niterói.
Natural de Campinas, el artista vive y trabaja en São Paulo. Sus más recientes exposiciones individuales fueron en la Galerie Andres Thalmann, en Zúrich, y en la Eleven Rivington Gallery, en Nueva York, ambas en el 2017. Entre sus exposiciones individuales se destacan también las muestras en el Instituto Figueiredo Ferraz, en Riberão Preto, en 2015, y la muestra Borda, en el MAM Rio y en la Pinacoteca del Estado de São Paulo, ambas en 2007.
Si artistas de su generación, como Mônica Nador, Iran do Espírito Santo y Edgard de Souza, investigaron rumbos diferentes ante el cuestionamiento que sus profesores impusieron al arte conceptual, como Regina Silveira y Nelson Leirner, Caetano de Almeida se mantuvo firme en los cálculos bien programados. Eso se puede ver en las apropiaciones de esquemas visuales, sacados ya sea de la producción de artistas fundamentales para el arte brasilero o internacional (Alfredo Volpi o Piet Mondrian, por ejemplo), ya sea de estampados textiles diversos o de otros objetos utilitarios.
La fuerza de su trabajo está justamente en esta paradoja: el artista irónicamente se mantiene fiel al hacer geométrico, al rigor pictórico, dejando desbordar por entre sus formas los sentidos de un arte altamente fascinante por su belleza plástica, por el sentido feliz del movimiento y del colorido, por la maestría de un hacer perfecto. El lugar del color, la relación intrínseca forma-color, las líneas y los cruzamientos insistentes son elementos que desubican la pintura del plano para tornarse un espacio casi concreto, hasta volverse prácticamente una arquitectura penetrable. Esa corporeidad ha sido el camino del que el arte contemporáneo se vale para alcanzar la plena potencia sensorial de los individuos.
ALESSANDRA SIMÕES
