Colectivaene 1994 - mar 1994· Por Katherine Chacón

XX Salón Nacional de Artes del Fuego

Universidad de Carabobo

Gran revuelo y algún malestar causó dentro de la comunidad valenciana y, en general, en el ambiente de ceramistas, esmaltistas, vitralistas y orfebres, la XX edición del Salón Nacional de Artes del Fuego, inaugurada el pasado mes de septiembre en la Sala Braulio Salazar de la Universidad de Carabobo en Valencia. La primera y más fuerte reacción estuvo dirigida a la escogencia de un jurado “no especializado” en estas modalidades; otras críticas se basaron en la selección de la muestra, de la que fueron excluidos algunos artistas de cierta trayectoria regional.

Ante lo primero, cabría preguntarse: ¿qué ánimo subyace en la reiterada—y equívoca— concepción de las artes del fuego como entes segregados de las otras artes? ¿Por qué, si quienes estudian críticamente la pintura y la escultura pueden no conocer los fundamentos técnicos de estas modalidades, tendrían que ser ceramistas, orfebres o vitralistas expertos quienes intentan “entender”, estudiar o “juzgar” una pieza realizada en estas técnicas? ¿Por qué las artes del fuego deben sufrir esta especie de actitud excluyente —paradójicamente apoyada por los artistas que las cultivan— que las confina a lo artesanal, evadiendo su capacidad de constituirse en hechos estéticos de gran alcance?

 Aunque esta vigésima edición del Salón no se caracteriza por el alto nivel de los envíos, podríamos rescatar algunos trabajos que nos hablan de la existencia —dentro de una generalidad francamente mediana— de individuales cuyo talento se ve afianzado por la indagación técnica, el estudio y cierta voluntad de rigor en los planteamientos estéticos. 

Dentro de la cerámica destacan notablemente las obras de los hermanos Anzola. Omar José Anzola, ganador del Premio Nacional de Artes del Fuego 1993, realiza piezas de reminiscencias arcaicas, en las que la forma simple, tradicional, la textura ricamente trabajada y los sutiles matices colorísticos se corresponden perfectamente con el logro de la expresividad plástica. Elio José Anzola, galardonado con el Premio Cerámica Carabobo, presentó obras en las que se vislumbra su estudio de la cerámica oriental. La excelente factura y la delicadeza de los juegos formales y colorísticos se destacan en estas piezas. Otros ceramistas que merecen mención son Lídice D’Elía, Maruja Herrera, Hilda Fe Medina, Rafael Rivas-Valiente, Carmen Wallis y, sobre todo, Pedro Julio Quintero. Este elabora un novedoso conjunto en el que se conjugaron pertinentemente las libertades del arte no convencional y la cerámica, dentro de un depurado discurso de visos ecologistas. 

En la modalidad del vidrio, destacaron ampliamente las elegantes piezas (Danza Ártica I y II) de Josefina Kelemen, quien resultó favorecida con el Premio Ciudad de Valencia. El trabajo de Kelemen se asienta en un principio de simplicidad formal, en el que se percibe una actitud que respeta al material y sus efectos de transparencia. Dentro del grupo de cinco artistas que enviaron vidrios, podríamos mencionar también a Eva Cristina Broszkowski y Annie Abadí, cuyas piezas, aunque resultaron interesantes, necesitaron de mayor indagación plástica. 

Aunque sólo cinco artistas fueron seleccionados en orfebrería, fue sumamente grato hallar piezas como las de Beatriz Cannan de Rincón —ganadora del Premio Dirección de Cultura del Estado Carabobo— y, sobre todo, los pectorales, colgantes y broches de Fernando Wamprechts, quien resultó ganador del Premio Universidad de Carabobo. Cannan logra integrar con gran acierto pequeñas piezas precolombinas con estructuras de plata que, por lo delicado de su diseño y su perfecta adecuación, parecen continuar —y dar vuelo— al hermoso elemento indígena. Wamprechts realiza piezas de gran originalidad y belleza, en las que predomina una voluntad lineal. El artista se aleja de lo simétrico y de todo clasicismo. Estas piezas “barrocas”, casi “juguetonas”, arrastran nuestra vista por graciosas volutas, eslabones lineales y la llevan hacia piedras de delicado color o a una perla que corona elegantemente —y también atrevidamente— el centro de un pectoral. Son obras excelentes, pues juegan con lo primoroso casi rozando lo kitsch, pero evadiendo lo que este tiene de superficialidad, vulgaridad y torpeza formal. 

Lamentablemente, la modalidad de esmalte sobre metal, en la que apenas fueron seleccionadas tres artistas, no presentó obras destacables y, reiterando el ya penoso veredicto de desierto que esta modalidad viene mereciendo desde hace años, no se otorgó ningún premio. Quizá ya sea hora de que este “desierto de esmalte” comience a vivificarse, a cobrar impulso y a objetivarse en obras notables no sólo por su técnica, sino por sus alcances propiamente plásticos. 


KATHERINE CHACÓN

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