Víctor Laignelet, se ha definido como pintor desde que comenzó su carrera, pero esto no significa que sus búsquedas, profundamente románticas, de encontrar un equivalente visual a sus sentimientos, estén metidas en una camisa de fuerza; por el contrario, la pintura de Laignelet ha estado siempre cargada de significado. Los griegos distinguieron de otras funciones sensoriales una función apta para captar el sentido de las cosas, y parece que ese es el compromiso de este artista: afinar ese sentido, tal vez más difícil de encontrar.
Pero decidirse por la pintura no es un compromiso sin problemas; en esta exposición se siente una serie de tensiones producidas por un artista de 38 años, que está muy consciente del cambio de sensibilidad que se está viviendo en Colombia. Es innegable que en este momento, gran cantidad de gente joven, casi adolescente, se dedica al arte, y con desparpajo, más libremente, escoge todo tipo de materiales y objetos insólitos para expresarse, a veces con una actitud pensante, otras porque sí, y esa fidelidad a la pintura “bien pintada” en Laignelet se siente a la vez como una salvación, o una condena.
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Aún más cuando las sesenta y dos obras que constituyen la exposición, entre pinturas, dibujos y dos obras en metal y yeso, En nombre del padre que son rostros de su padre repetidos en yeso, y La ceniza de las rosas terrestres es la gleba natal de las rosas celestes, seis placas de metal llenas de signos, presentadas anteriormente, están precedidas por una rosa, que el cambia todos los días a la 5 p.m. La flor está “coronada” por una frase casi invisible, La rosa da miel a las abejas, con virtiendo a la galería, en un recinto del cual no se puede entrar y salir rápidamente, sino que exige paciencia, reflexión, como aquel famoso juego de ajedrez, para reconstruir un relato de vías múltiples, sin que se nos asegure encontrar la solución o la salida. Las pinturas me recuerdan la actitud de algún filósofo antiguo que vive en un mundo donde nada está nombrado o inventado; donde la materia y el espíritu no están separados y trata de encontrar en el color, la verdad del mundo en el cual vive o por lo menos del problema que más parece inquietarle: el mundo del hombre y la mujer. La serie de cuatro cuadros llamados Las letanías populares retoma el agua, el aire y el fuego como los elementos que por analogía pueden explicar verdades fundamentales. Las nueve pinturas suaves para Cintia, basadas en los poemas de George Chapman, el poeta inglés del siglo XVI, son pinturas más lunares, más femeninas, con colores mucho más ensoñadores y renovados.
Es muy interesante esa “imposibilidad” que tiene el artista, al igual que algunos filósofos antiguos, de representar las ideas y los sentimientos fuera de un cuerpo que tenga forma, que impacte la sensibilidad; de ahí el uso de los símbolos, que son los que ha usado siempre, el cordero, la mujer, las sillas, el corazón sangrante y que realmente no pueden cambiarse porque no es un asunto formal, sino que representan una serie de ausencias que él convierte en presencias, que aparecen y desaparecen, y que todavía son más preguntas que respuestas. Tal vez por eso, las obras más conmovedoras de la exposición son los dibujos en pequeño formato, realizados principalmente en tinta, donde la mancha, el papel y los accidentes promueven una actitud más libre, y esas ausencias aparecen con mayor tranquilidad. Realmente Kandinsky tenía razón al pensar que la realidad son sensaciones y recuerdos, y el verdadero artista es el que está en capacidad de “llamarlos” y tratar de entender lo que dicen. Laignelet escribe: "Si adentro moran la ignorancia, el temor, la indiferencia, el escepticismo o el cinismo, se ocultan entonces el portal, la casa, el jardín y su fuente. La realidad se llena así de ausencia".
Las exposiciones individuales de Laignelet siempre están acompañadas de reflexiones escritas, que él no involucra todavía dentro del espacio, pero que son imágenes plásticas y a veces muy sentidas en las que él se ofrece tal vez para acercarse al espectador. En este texto la fraternidad, como el cordero, el compromiso con el sentimiento y la emoción, como el corazón sangrante, constituyen una propuesta frente a un mundo sin sentido, y un compromiso con el arte como búsqueda de sí mismo, que le asegura todas las posibilidades de buscar, cambiar y proponer cosas nuevas. Cuando la política se corrompe o se idiotiza, cuando la religión se oscurece en la letra muerta y cuando el sistema económico se complace en la antropofagia, todo arte trivial o meramente semántico resulta cómplice. Por otro lado, el arte dos, encantado o desesperado que inunda tautológicamente de tumbas y cruces nuestra imaginación, nos parece insuficiente y débil. Es válido proponer un drástico “recentrarse” en aquel epicentro donde se gesta todo temblor, pero también todo verdadero gozo, y que permite abrir puertas allí donde no se ven. Ese epicentro es el mismo crisol en el cual cada individuo puede refinar su propia esencia en la práctica de sentir con el otro, con lo otro. La libertad —que permite el desarrollo del individuo—sin la afortunada conjunción de la fraternidad —que posibilita el desarrollo del conjunto— hará que nuestros corazones y los corazones de los hijos de nuestros hijos sigan sangrando.
NATALIA GUTIÉRREZ
