Colectivaene 1994 - mar 1994· Por Darío Ruiz Gómez

Salón de escultura

Suramericana de Seguros

El mismo curador ha reconocido que esta muestra es conservadora. Y es cierto, pues la instalación está planteada bajo los parámetros de los años sesenta: base-escultura, o sea, ésta como objeto magnificado pero separado de todo contexto. No es extraño entonces que las dos esculturas de Fernando Botero parezcan dos muñecas de cerámica pintadas. El montaje le niega la volumetría, la densidad corpórea. ¿Desmontar de esa base el objeto escultórico no es la clave de la primera propuesta estética de la postmodernidad?

¿Tendió siempre Negret a estar ensimismado? Porque fuera de casos notables como la escultura del Banco Ganadero, su objeto escultórico se ha negado al espacio exterior, tal vez como protesta contra algo que en nuestro país sigue sin tener una estética definida. ¿Pudo su escultura hablar con el espacio público negado por la irracionalidad política? En sí mismo, en su caso, señala una voluntad de ir hacia adentro, de cuestionarse juegos formales de los cuales siempre sale airoso.

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Ramírez Villamizar no cesa igualmente de plantearse retos. La serie de Machu Picchu fue una ejemplar demostración de saber profundizar en un tema tan peligroso como lo precolombino y eludir los tópicos. Decimos serenidad cuando se ha logrado, como en el caso de sus dos piezas magistrales, el equilibrio estético entre concepto y material. Armonía que impone a los ojos la imagen de algo buscado en un nuevo término de la belleza.

Este equilibrio está presente en Carlos Rojas. ¿Cuándo en su color, en sus láminas de metal no supo llevar hasta sus últimas consecuencias estéticas esa racionalidad que desesperadamente nos propone en medio de tanto gestualismo gastado? La racionalidad no es mínima en el caso de estos tres maestros porque su etnología carece de tipismo y su poesía tiene un arraigado origen. Una tradición que, sin embargo, ha carecido de continuidad como propuesta válida en los más jóvenes. Acento personal de Bernardo Salcedo saqueando los restos del disparate neodadaísta. ¿Cómo no escoger la broma en un mundo donde la seriedad se identifica con el atropello? Habría que pedirle a Salcedo mucha más beligerancia pública, que la tarea desmitificadora sea más completa.

Germán Botero, Castles, Ramiro Gómez, Vayda, Zapata, Ospina, Peláez, Doris Salcedo. Escultores que se plantean desde esta especificidad. Botero, buscando en cualquier indicio, restos, ruinas, formalidades posibles, enunciabas. Vayda sabiendo sacarle un límite al diseño minimal para conferirle un nuevo significado al objeto geométrico.

Creo que a los fulgurantes tótems urbanos de Peláez les sobran las figuritas pues son tan contundentes que se bastan a sí mismos. ¿De dónde el afán de interpretar la obra de Doris Salcedo bajo retóricas expresionistas, testimoniales, cuando lo que la mirada certifica en estos objetos híbridos es un anuncio de nuevos lenguajes, el salir a flote de vividas memorias?

Zapata, Nadín Ospina buscan en lo telúrico una dimensión simbólica, el primero a través de formas, texturas orgánicas, y Ospina dándole al objet trouvé una dimensión desenfadada, lejana, por suerte, al falso arcaísmo latinoamericano. En suma, una muestra importante que sirve no sólo para hacer historia sino para recordar propuestas totalmente vigentes y para abrir espacios en un oficio sobre el cual había caído en las nuevas generaciones el estigma del obstáculo de la pereza.

DARÍO RUIZ GÓMEZ

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