En su programa de dedicar un espacio a un artista consagrado, el ICI de Buenos Aires, ofreció sus espacios a Pablo Suárez. En su conjunto, la exposición titulada De hombres y bestias fue una especie de parodia inteligente, irónica e incisiva de diferentes aspectos de las relaciones del arte y su entorno, digamos, artistas, críticos, espectadores, etc. A Suárez se le considera un “protagonista de las vanguardias” en el arte argentino. Su carrera comenzó en 1959, cuando abandonó definitivamente el boxeo y la facultad de agronomía para hacer su primer envío de obras al Salón Manuel Belgrano en el Museo Sívori. Desde ese momento no ha detenido sus incursiones en la pintura, en el arte de las instalaciones, en la escultura, aparte de trabajar como fotógrafo, de fabricar muebles en poliéster y fibra de vidrio, de pintar paredes, lo que le mantiene ocupado de 1962 a 1972. Podríamos considerar a Suárez como un artista irreverente, libre de prejuicios y pruritos intelectualoides. Su obra es la expresión honesta de un proyecto artístico que le ha llevado unos cuantos años de exploraciones, investigación y estudio.
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De hombres y bestias, analiza la relación lúdica entre el concepto de arte, el espectador que lo consume y el artista que lo crea. Un caballo con ojos saltones que mira una pintura con un paisaje hermosamente verde, un hombre que sube una escalera, que para Suárez es el "dificultoso ascenso por la engañosa escalera de la fama", una mujer sentada en un escritorio con un espejo en la mano mirándose atentamente. Todos los trabajos fueron especies de instalaciones en las que el sentido del humor y la carga de ironía forman parte de la propuesta conceptual. Fue, hasta cierto punto, conmovedor mirar las obras, porque en el fondo había algo de doloroso dentro de la carcajada que podía soltar el espectador. Hubo allí una esencia crítica de la vulgarización actual del arte, de los caminos del facilismo y del oportunismo que han tomado todos aquellos que quieren ser estrellas mañana. Pablo Suárez asume una actitud de denuncia, sin ser ideológico ni políticamente comprometido. El suyo es un compromiso con la creación en sí, con la trascendencia y con la historia. Su obra es el producto de una elaboración y una reflexión conceptual, expresada en las figuras, algunas de ellas grotescas, que se plantan en la galería, como objetos omnipresentes. La banalidad aquí es una forma de protesta artística, un elemento temático. Él juega con un fuego difícil y peligroso. Para el espectador es intrigante, para el crítico posiblemente violento, y para el artista irreverente. Esta muestra llama a la reflexión como una declaración que apunta hacia una realidad, donde el juego es algo serio.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
