Colectivaene 1994 - mar 1994· Por Marta Rodríguez

Nuevos Nombres

Biblioteca Luis Ángel Arango

El programa de Nuevos Nombres que regularmente ha venido adelantando el Banco de la República desde hace varios años, se ha convertido en un espacio importante dentro de la creciente presencia del arte joven en la vida artística nacional, ya que ha permitido detectar el inicio de unos procesos artísticos realizados a conciencia, con esfuerzo y talento, tal como lo ejemplifica el último grupo de artistas presentados en la Biblioteca Luis Ángel Arango, durante los meses de septiembre y octubre. Estos nuevos nombres han puesto en evidencia la importancia y la vigencia de la pintura como un medio que, lejos de agotarse, da pruebas de seguir siendo una herramienta eficaz para formular preguntas sobre la vida, tal como lo afirma Martha Lucía Millán, quien expone un conjunto de óleos ricos en materia y color, en los que se percibe la fuerza expresiva y viva de la naturaleza y de la pintura. Otro es el caso de Iván Rickenmann, quien prefiere el acrílico, las superficies más planas y lisas, para cuestionar las posibilidades de la pintura como un lenguaje autónomo, pese a la utilización de signos matemáticos y de otro orden. Rickenmann permite ver una actitud analítica y objetiva, mientras Marcela Monsalve compromete el dolor y sus recuerdos con una pintura monocroma.

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Pero dentro de este grupo llaman particularmente la atención el trabajo pictórico de Lina Espinosa y la única instalación presentada en esta muestra, de Elizabeth Pérez. En ellas podemos advertir dos actitudes disímiles, podríamos decir antagónicas, pero ambas igualmente válidas. La instalación en movimiento de Elizabeth Pérez, con sus corazones de peluche amarillo, suspendidos sobre cojines de seda roja, habla un lenguaje lúdico e irreverente, mientras los óleos de Lina Espinosa dan cuenta de un gran respeto y veneración por la mejor tradición pictórica que a base de veladuras va conformando una densa superficie pictórica. La primera es una “sinfonía” al amor, la segunda una “pregunta sobre la muerte”. Sin embargo, esta polaridad obvia y evidente, desde el primer golpe de vista, guarda una afinidad que sólo se descubre al indagar en el proceso particular que ha llevado cada una de ellas, y es la referencia autobiográfica, en gran medida articulada por lo femenino y lo cultural.

La lúdica instalación Sinfonía en amarillo y rojo de Elizabeth Pérez antecede un proceso en el que se han alternado trabajos de carácter casi íntimo o privado, con otros que ha dado a conocer públicamente. Esta alternancia le ha permitido moverse en espacios diferentes, en ocasiones con acentos más dramáticos y personales, en los que se acentúa un simbolismo intimista, o el ya preferido, de carácter lúdico, en el que juega con la solemnidad del arte, creando dislocaciones de orden cultural y semántico. En uno y otro, su sensibilidad se extiende al espacio y a la selección de los materiales utilizados, lo que explica su tendencia al manejo de las instalaciones, los ambientes y las acciones. Sinfonía en rojo y amarillo tiene la propiedad de contener los dos espacios; por una parte las formas y los materiales hacen referencia a un factor cultural que Elizabeth Pérez ha investigado y con el que ha convivido, "lo Nuco, que se acerca al kitsch que está más próximo a lo light; sin embargo, su propia definición, la de querer dar un toque personal a todo, se opone con resistencia a lo uno o lo otro"1. Por otra parte, "su instalación, como casi todas las canciones de Radio Total, despierta el sentimiento de lo Nuco"2. Pero lo que queda oculto para el espectador, es que los cojines y corazones llevan dentro de sí fibra de vidrio, material que Elizabeth Pérez ha empleado en el performance En buen orden, como alusión simbólica al mundo más íntimo y privado de la mujer.

Por el contrario, las veladuras que una a una van conformando las Preguntas sobre la muerte de Lina Espinosa, dejan al descubierto un proceso de elaboración mental, al que ella misma se ha referido en términos de una superposición de momentos en los que la muerte como hecho cotidiano, como realidad que determina nuestra cultura y a nuestra sociedad, precede al acto de pintar. Lo autobiográfico, asumido como un cúmulo de experiencias de orden afectivo y cognoscitivo, por la muerte se convierte en una pregunta de orden ontológico. Pero finalmente cuenta lo puramente pictórico, el manejo de los pigmentos, de los aceites, la materia sobre tela, la pintura como vehículo directo que origina la imagen.

Este proceso queda intacto sobre la superficie, permitiendo a la pintura actuar como memoria y testimonio de un proceso que involucra la experiencia vivida y que por su proceder atañe a la historia de la pintura.

El uso de mapas, de croquis necrológicos, así como la presencia de algunas palabras, tales como duelo, pájaro o silencio, dan cuenta de una intención comunicativa que quiere ir mucho más allá de las posibilidades puramente formales de la buena pintura.

NOTAS

1. Del catálogo Nuevos Nombres que acompaña la muestra (cada artista se refirió a su propia obra).

2. Ibidem.

MARTA RODRÍGUEZ

Nuevos Nombres, por Marta Rodríguez | artnexus