Colectivaene 1994 - mar 1994· Por Elizabeth Ferrer

México en la imaginación norteamericana 1914-1947

Yale University Art Gallery

La avalancha de exposiciones presentadas en los Estados Unidos a fines de la década de los años ochenta y comienzos de los noventa ha aumentado de manera importante la consciencia que tiene el numeroso público que asiste a los museos en este país de los sustanciales y variados logros artísticos mexicanos. En general, en ninguna otra época desde los años treinta han buscado los estadounidenses un mayor conocimiento de su vecino del sur, propiciado por las negociaciones que se adelantan en la actualidad respecto del Tratado de Libre Comercio y el debate público sobre el número cada vez mayor de emigrantes a los Estados Unidos. México en la imaginación norteamericana 1914-1947, que reúne más de ciento sesenta obras de arte en un asombroso espectro de medios, producidas por una serie de artistas que viajaron a México en años recientes, ofrece una perspectiva histórica sobre las diversas maneras en que los estadounidenses se han creado una imagen de México durante este siglo. La exposición revela asimismo el importante papel que desempeñó esta nación como fuente de inspiración, nostalgia, temáticas y recursos técnicos para los artistas norteamericanos durante las primeras décadas del modernismo.

Aunque se inaugura con documentación sobre la participación de los reporteros gráficos estadounidenses en la Revolución Mexicana, la exposición se centra en los años veinte y treinta, período fructífero en el cual los artistas de la escuela mexicana estaban dedicados a renovar la vida cultural de su país y obtuvieron renombre internacional. En el transcurso de estas décadas, grandes cantidades de norteamericanos y otros extranjeros—turistas, personas con intereses profesionales y, central para esta exposición, artistas e intelectuales atraídos por la posibilidad de vivir en un ámbito al que consideraban incorrupto por el capitalismo y el industrialismo—comenzaron a viajar a México. Al describir el país, muchos de los artistas norteamericanos, entre ellos Lowell Houser, Everett Gee Jackson, Doris Rosenthal y Henrietta Shore, se inclinaron a crear una versión editada de la vida mexicana a través de descripciones idealizadas de las tradiciones rurales y de las comunidades indígenas que desconocían la existencia de la pobreza, la violencia y la lucha social. Más aún, como lo señala el interesante e informativo catálogo del curador James Oles, muchos de los artistas extranjeros que vivieron en México describieron al indígena mexicano a través de un tipo anónimo, desprovisto de características individuales. Aunque su objetivo era tal vez universalizar el indio, estos artistas inadvertidamente lo deshumanizaron y objetivaron. Oles señala también que los mismos mexicanos se complacieron a veces en el “exotismo” de su tierra. Diego Rivera, en particular, produjo numerosas obras análogas a dos de las pinturas de 1926 incluidas en la exposición, Flower Seller y Indian Girl with Coral Necklace, en razón del atractivo que tenían para el mercado norteamericano al que atribuía la mayor importancia.

[[IMAGE]]

Puesto que muchos de los artistas extranjeros que vivían en México adoptaron en su trabajo rasgos estilísticos que revelan su fascinación por la Escuela Mexicana, las obras de la exposición que causan un mayor impacto son a menudo aquellas que demuestran en qué forma la experiencia mexicana condujo a algunos artistas, Josef Albers, Laura Gilpin, Marsden Hartley y Edward Weston, entre ellos, a pulir su propio lenguaje artístico. En su fuerte óleo sobre lienzo de 1933, Tollan Aztec Legend, Hartley representa la fabulosa ciudad precolombina de Tollán, empequeñecida por la presencia de un halcón blanco en el cielo, a través de intensos colores, un sentido abstracto y monumental de la forma y una simbología que alude al misticismo. Como sucede en otros de sus trabajos mexicanos, Hartley sugiere un ámbito imbuido de espiritualidad. El legado precolombino del país constituyó también una fuente fundamental de inspiración para la fotógrafa Laura Gilpin, quien se sintió atraída por las formas, proporciones y texturas de Chichén Itzá, Teotihuacán y otras antiguas ruinas. La dramática iluminación de Gilpin y su habilidad para transmitir la impresión producida por la escala inmensa de los monumentos, conjuran el México antiguo como un ámbito espléndido que inspira reverencia. El papel desempeñado por los estadounidenses en los proyectos muralistas mexicanos durante los años treinta se encuentra bien documentado en la exposición. Aunque sólo se expone un mural, Proletarian Unity, uno de los paneles de la serie de murales portátiles que creó Diego Rivera en 1933 para la New School for Social Research de Nueva York, la exposición presenta varias reproducciones fotográficas de alta calidad que documentan proyectos institucionales con artistas como Pablo O’Higgins, Isamu Noguchi y Marion Greenwood, una de las pocas mujeres que participaron en el movimiento muralista. El proyecto de Noguchi, History of Mexico (1936), es un relieve dinámico y explosivo en concreto que transmite la actitud crítica del artista hacia muchos de los aspectos de la historia reciente del mundo. El uso que hace de figuras densamente concentradas y abstractas, formas simbólicas y pocos colores establece un señalado contraste con los murales realizados por otros norteamericanos que optan por escenas narrativas de mayor colorido, típicas de los murales creados por los mexicanos durante esta misma época. Esta parte de la exposición demuestra que no todos los norteamericanos que vivieron en México cerraban los ojos ante los males sociales que con seguridad debieron presenciar. Pablo O’Higgins, quien llegó a México en 1924 y vivió allí hasta su muerte, ocurrida en 1983, se sumergió con rapidez en la vida del país y describió a menudo en sus pinturas y obras gráficas escenas de la vida de las clases bajas. Por su parte, la fotógrafa Helen Levitt, conocida por las escenas callejeras de Nueva York, documentó la pobreza, en especial la de los niños, de manera elocuente y patética. Al incluir el arte folclórico, los objetos producidos para el mercado del souvenir y los efímeros productos de la industria turística, la exposición sugiere también el atractivo que tiene México para los estadounidenses que no poseen inclinaciones artísticas. La pequeña selección de arte folclórico representa ejemplos de alta calidad adquiridos originalmente por importantes coleccionistas como Dwight Morrow, el embajador de los Estados Unidos en México a fines de la década de 1920, y Nelson Rockefeller. Si bien los puristas lamentaron la potencial decadencia artística debida al establecimiento de un mercado comercial para las artes populares, la exposición confirma el hecho de que, sin este tipo de demanda, los artesanos quizá no hubieran podido continuar creando esta clase de objetos que exigen tanto tiempo en la era de la producción masiva.

México en la imaginación norteamericana 1914-1947 demostró el valor de las exposiciones no demasiado grandes que poseen un tema central bien articulado del que no se apartan.

Su carácter definido y fuerte permite obtener una comprensión cabal del tipo de valores compartidos por mexicanos y norteamericanos durante aquellos años, cómo percibieron los estadounidenses a su vecino del sur y cómo fueron influidos por él desde el punto de vista artístico. Más importante aún, puede obligar al espectador a analizar de forma más crítica el tipo de imágenes que desempeñan un papel en la construcción de la perspectiva que adoptamos hacia ámbitos y pueblos que nos son desconocidos. La exposición, que itinerará durante el mes de noviembre de 1994 a otros museos en Phoenix, Nueva Orleans y Monterrey, México, está acompañada de un catálogo publicado por The Smithsonian Institution Press.

ELIZABETH FERRER

México en la imaginación norteamericana 1914-1947 | artnexus