La creciente intensidad que está animando el panorama cultural de Miami no sólo ha significado la apertura de filiales de galerías conocidas, sino también la emergencia de nuevos espacios públicos y privados. Este es el caso de la Galería Alfredo Martínez, tan joven como su proyecto e igual de ambiciosa.
Dado que es poco lo que se puede ya inventar en un medio saturado de propuestas, la diferencia debe radicar en el arte mismo, es decir, en el concepto curatorial que rige la selección de artistas y que a la postre dará al espacio un perfil definido o la mancha de su ausencia. En este caso se nota una fuerte preferencia por manifestaciones que se vinculen con una noción vitalista frente a la creación, mística casi, de la que la muestra de Marvin Chinchilla es un buen ejemplo.
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Esta es la primera exposición del artista costarricense después de un tránsito que lo llevó a cambiar radicalmente su trabajo. Ahora se siente una familiaridad con las fórmulas del informalismo catalán tanto en el tratamiento como en la paleta, e incluso en la actitud. Sin embargo, el pintor asegura que este vínculo es casual, un arribo a las mismas conclusiones por caminos análogos. Como sea, asistimos a la evolución de la retórica a la sugerencia y de la exuberancia a la austeridad: un Chinchilla que ha madurado, sobre todo en sus posiciones intelectuales, lo que inmediatamente se manifiesta en el lienzo. La gama de los sepias aparece como síntesis última de lo orgánico, bastidor adecuado para representar la generación vital (sistema simbólico tierra-madre-útero). Allí emergen los protohombres, los homúnculos larvados que dan título a la muestra Espíritus vertebrados. La suma de vértebra y espíritu, de animal y ángel, alude a ese momento milagroso que Fromm, de manera poco poética, identificaba con la evolución de la masa cerebral que posibilitó el pensamiento reflexivo y, en consecuencia, el hombre. Esta exposición es un comentario de ese momento, aunque —en palabras del artista— no se sepa si no es más bien el espíritu el que busca su momento de encarnación (como propone en Genetus, una de las mejores obras expuestas). Esta duda reafirma la posición mística frente a la científica, el enfrentamiento de sus certezas con las herramientas del arte.
La galería se convierte entonces en un espacio ganado para el rito, donde la curaduría consigue la interacción entre las telas que intensifica la sensación de sacralidad (la pieza que ilustra la portada del catálogo se llama Santuario del hombre y es una especie de sutura de la que parte un elemento proyectado verticalmente). Es un gran submundo en el que se están gestando criaturas impredescibles. La referencia a la vértebra no es una simple distinción que los aleje de su apariencia ameboide (catálogo dixit), sino una metáfora del proceso de estructuración que implica el desarrollo. Esto se recalca en las palabras dispersas por la composición, legibles a veces (Síndrome, Clasificado), a veces mero residuo caligráfico, tanteo sin sentido. El pensamiento como un vanidoso subproducto biológico ante la inabarcable contundencia del alma.
La presencia del accidente como producto del automatismo es recuperada en su faceta espiritual: como revelación de contenidos no conscientes (equivalente de la escritura automática surrealista) que pueden llegar a valores ahistóricos, atemporales (entre el inconsciente colectivo jungiano y la idea de una conciencia universal superior de varias filosofías orientales). Es de este espacio —aun cuando Chinchilla clame haber resuelto todo en los bocetos— de que se desprende esa paradójica sensación de extrañamiento y reconocimiento simultáneos ante los personajes sugeridos. El creador ha aceptado convertirse en un transmisor de un lenguaje superior a sí mismo, con lo que arribamos a otra de las categorías usuales en todas las variantes del arte con parentescos antroposóficos. No me refiero al muy discutido tema del artista como chamán, aunque me atrevo a sugerir el del demiurgo.
Lo curioso es que el uso de texturas como plástico y cuerdas, la quemadura o los cortes en la tela, acentúan a tal punto el dramatismo carnal de la gestación, que uno se siente tentado a creer que en este embrollo de fibras cabe todo el misterio de lo humano.
Este punto de identificación nos aleja de la certeza, no líricamente —como en cierta abstracción europea de los cincuenta— sino hasta llevarnos al borde de la angustia. Y al final no sabemos si sentirnos halagados por nuestra esencia de misterio sin resolver, de conjetura en devenir perpetuo, o si horrorizarnos por lo aleatorio de nuestra creación y desarrollo.
Pero Chinchilla es artista, ni científico ni teólogo, o ambos y mucho más. No tiene que dar puntos de referencia, ni decir más de lo que dice. El resto es obra abierta.
Representa un acto de convicción y de valor de esta galería mostrar una exposición como esta a poco de iniciadas sus actividades (y otros artistas que representan acentúan este punto), sobre todo porque Miami aún es un lugar donde priva el mercado secundario, donde el valor de la obra viene en buena medida definido por su posición de mercado en otras ciudades, donde la crítica es la carencia más sentida y la discusión teórica una tarea impostergable. Pero la galería trabaja en convertirse también en foro de discusión.
KLAUS STEINMETZ
