La reciente serie de Juan Antonio Roda, Tierra de nadie, conformada por un conjunto de pinturas al óleo exhibidas en la Galería Garcés Velásquez y nueve dibujos en carboncillos expuestos en la Galería El Museo, hace explícita una voluntad libertaria que con fuerza evidencia el ímpetu de su carácter romántico, frecuentemente señalado por algunos críticos que se han aproximado a su obra. Por ejemplo, Marta Traba insistió en que "en el fondo de su obra subyace tanta nostalgia del orden clásico como se filtra tanta emoción romántica". Y en otra ocasión dijo: "Su ambivalencia entre el clasicismo y el romanticismo se inclina de modo drástico por el romanticismo"1. De romántico y expresionista2 tildó Walter Engel al temperamento de Roda; mientras Carolina Ponce de León ve en su serie Montañas la interiorización de un paisaje, en el que Roda sigue una tradición romántica del paisaje en términos modernistas3.
Roda, a partir de la serie Flores (1987), luego con Montañas y Ciudades perdidas (1989-1991) y ahora, con Tierra de nadie, nos ha venido recordando su faceta de pintor. Aspecto que, por otra parte, se encargó de confirmar la exposición retrospectiva que se realizó el año pasado en la Biblioteca Luis-Ángel Arango, muestra que se proponía "ante todo rescatar, para la memoria del arte colombiano, al Rodapintor"4. En éstas, sus últimas series pictóricas, se pueden encontrar dos factores comunes: por una parte, en ellas Roda se aleja del lenguaje eminentemente figurativo que predominó a lo largo de su magnífica obra gráfica; este distanciamiento de la figuración, desde la serie Montañas, enfatiza el carácter dramático e introspectivo que subyace en buena parte de su producción. Y en segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, en estas series, el acto de pintar, la pintura misma, se convierten en un centro vital alrededor del cual giran sus preocupaciones y sus intenciones. De esta manera podríamos definir su lenguaje actual, como un lenguaje eminentemente gestual y pictórico, el que parece ser el más apropiado para llevar a cabo unas intenciones que se hicieron explícitas desde 1984, cuando Roda, refiriéndose a su última serie gráfica, Flora, comentó: "Ahora ante casi nada (pues ni siquiera es el retrato de una flor) dejo en completa libertad mis impulsos para poder manifestarme, así, con mayor sinceridad"5.
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En Tierra de nadie, esta sinceridad y esta libertad, se perciben como una fuerza avasalladora que desde el carácter rotundo y afirmativo de su título, enfatiza una voluntad libertaria que de alguna manera, sugerida o explícita, siempre ha caracterizado la obra de Roda, bien sea en el tratamiento gestual de la línea y de la mancha, en el manejo del color o en el uso polivalente de los signos, así como en la elección de sus temas alrededor de los cuales gravita su obra gráfica. Respecto de los temas, resulta significativo el comentario que hizo Roda, refiriéndose a El delirio de las monjas muertas: "En esta serie está toda la carga de intención que hay en toda mi obra de los últimos diez años, que es una idea constante de la sujeción y de la libertad"6. La misma idea, bajo aspectos diversos, subyace en Amarraperros, en Los castigos y en La tauromaquia.
Este problema de la libertad, visto como voluntad, actitud y expresión en Tierra de nadie, parece exacerbarse hasta el infinito, dando origen a unas atmósferas cromáticas, en el caso de la pintura, que permiten percibir la fuerza climática del color como elemento expresivo, constructivo y simbólico. Mientras en los dibujos, particularmente en aquellos que se resuelven del blanco del papel a los trazos grises y negros del carboncillo, remite a unas atmósferas mentales, tal vez sería mejor decir temperamentales, en las que con vigorosa fuerza se entrecruzan los impulsos convertidos en signos gráficos, en gestos y zonas de luz y sombra, que en cierta forma nos trae a la memoria la gestualidad subyacente en su obra gráfica y que, por supuesto, nos recuerdan al gran dibujante que es Roda, ese dibujante que ha puesto “orden” a sus telas emocionales, el que ha conferido la fisonomía a sus Felipes, a los Cristos y a sus innumerables autorretratos, a ese dibujante moroso e incisivo que con minucia y mucha paciencia desplegó la amplia iconografía de sus grabados. Esta impresión de libertad absoluta que se desprende de Tierra de nadie nos conduce a su carácter romántico, nos remite a ese sujeto, a ese hombre total que invoca tanto a la fuerza de sus impulsos, de sus pulsiones y emociones, como invoca la fuerza de su razón, de su reflexión, para así poder expresar la totalidad de su espíritu que por otra parte desconocía los límites entre el arte y la vida, entre la existencia y el acto de creación artística. En este sentido, resulta oportuno traer un comentario que hiciera Marta Traba, en torno a la emoción y a la reflexión: "La pintura de Roda se distingue por su aparente falta de orden, por el deseo de que el rigor sea avasallado por la emotividad; es decir, que aclare el triunfo del dinamismo, la nerviosidad gestual, la emoción, sobre esquemas mentales excesivamente preconcebidos. Esto hace pensar que su obra es directa y repentina, lo cual implica un error de apreciación. Si el resultado es cálido y no enfría los impulsos emocionales que la sostienen, hay por debajo un largo trabajo, tal vez sea más correcto decir una amplia meditación, del artista que reflexiona sobre los problemas del arte, los conoce, los investiga hasta que su pintura se formula a partir de una adecuada resolución de los mismos"7.
Esta actitud subjetiva que aúna impulso y reflexión articula el quehacer de Roda, mediatiza las oposiciones, si es que las hay, entre el grabador y el pintor, convirtiendo a estas dos facetas en testimonios de una auténtica búsqueda de libertad, en testimonios de una creación constante que no se detiene en fórmulas, ni mucho menos respeta reglas. Este proceso es el que trajo a Roda a la meditación pictórica de hoy, a una meditación que requiere de la ausencia de la anécdota, que necesariamente lo aleja de la figuración explícita, factores que le permiten enfrentarse brutalmente con su propio tema: él y la pintura. Es un tema en el que se confunde la introspección con la pregunta por el arte, por su esencia y su naturaleza; en el que se reúne el enigma de sus signos y símbolos particulares con el misterio de la pintura.
En este sentido, Tierra de nadie marca un momento importante dentro de su quehacer artístico: afirma con vigor y vehemencia su carácter romántico entendido como introspección, deseo de libertad y amalgama de impulso y reflexión, ya que sus óleos y carboncillos permiten a sus impulsos, en completa libertad, dar testimonio de una reflexión profundamente sincera en la que se deshacen las fronteras entre el individuo y el acto de pintar.
NOTAS
1. Marta Traba. Autorretratos, 1967 (tomado del catálogo de Juan Antonio Roda). Obra 1963-1972. Museo de Arte Moderno de Bogotá. Roda. Museo de Arte Moderno. Bogotá 1977.
2. Walter Engel. Los Felipes, 1965 (Catálogo del MAM).
3. Carolina Ponce de León. "Roda se desafía". El Tiempo, Bogotá. Noviembre, 1989.
4. Carolina Ponce de León. Habitar la pintura. Catálogo de la exposición retrospectiva de Juan Antonio Roda 1938-1992. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá.
5. "Las epifanías florales de Roda". Entrevista con R. H. Moreno Durán. Lecturas dominicales. El Tiempo. Agosto 12 de 1984.
6. El delirio de las monjas muertas. Por Zoilo G. Martínez de Vega. Agencia EFE. Quito, 1978.
7. Marta Traba. "Dibujos con acuarela. La primavera". 1966. (Del catálogo ya citado del MAM).
MARTA RODRÍGUEZ
