Desde finales de la década de los setenta, Felipe Herrera, artista venezolano, se impuso como un excelente dibujante. Cualidad primordial e intrínseca para dominar el oficio creativo. En todos sus trabajos, este es un hecho notable. La obra que ha venido realizando desde hace varios años, que culminó en la serie De íconos y peregrinos, evidenció el dominio absoluto de sus herramientas técnicas e instrumentos conceptuales. Aquí el artista hace un uso elegante de un repertorio de imágenes conocidas pero a su vez misteriosas por la atmósfera en la cual están inmersas. Teniendo como herencia lo más exquisito del dibujo tradicional y académico, Herrera formula un lenguaje plástico con figuras de fuerte expresividad, que parecen haber sido extraídas de una enciclopedia de anatomía humana, o de un santuario de madonas, o de un paisaje fantasmagórico y surreal.
[[IMAGE]]
Las obras son prácticamente cajas construidas y ensambladas sobre un formato casi de representación teatral fragmentada, de una manera bidimensional y tridimensional. Varias realidades se mezclan simultáneamente. El dibujo de secciones de cuerpos humanos se relaciona con la presencia de elementos figurativos en relieves, como otro brazo que sale del plano, la manzana, una rama seca y otros objetos. Todo ello conforma una estructura plástica activa y coherente con un planteamiento conceptual que compromete emocional e intelectualmente al espectador. Su capacidad de conferirle forma visible a un discurso “violento” dentro de una estética de misterio, remite a una situación de angustia humana y rabia cultural. Esta obra de Herrera es ambivalente en sus planteamientos. Por un lado, causa una fuerte violencia y, por otro, expresa un gran misterio, un significado oculto que habla de cierta dulzura y sensibilidad existencial. En el balance armónico de formas bi y tridimensionales estriba la lógica de referencias reales y casi simbólicas. Casi, porque no creo que pueda hablarse de símbolos en el pleno sentido del término. Son más bien alegorías icónicas de ciertas situaciones y realidades de la vida y del ser. El título de la serie conlleva en sí una gran carga de su significado. Los íconos son prácticamente llevados por los peregrinos. Todo ello implica una suerte de religiosidad. No es un deseo de desmitificar una iconografía (cuerpo, fruta, árbol, cuchillo), sino un proyecto de desarticular y emancipar las partes de los elementos figurativos de su contexto reconocido, como una necesidad de ruptura con los códigos convencionales de la representación figurativa. El frente de la caja-obra es una superficie construida a partir del juego de planos y contraplanos como una reflexión sobre el espacio “pictórico” tradicional. En los trabajos donde aparece el relieve (por ejemplo, un brazo dibujado y otro moldeado al lado), es preciso hablar de un dibujo “tridimensional” adosado a un soporte, porque así es como llega al espectador en una suerte de trompe-l’œil. Esta situación plástica es una respuesta formal a la exploración del espacio como premisa para romper con el espacio tradicional y ubicar la obra en un contexto contemporáneo.
BÉLGICA RODRÍGUEZ
