No hace mucho la crítica norteamericana Lucy Lippard, en su libro Mixed Blessings, notaba que en su visita a Medellín, Colombia, en el año ochenta y siete como jürado de un Salón Nacional, no había encontrado obras que virtualmente reflejaran la vida colombiana, aun el paisaje colombiano, ni mucho menos la política del país con su caos de guerrilla, gobierno regresivo y los crímenes de la droga... uno de los "pocos trabajos en el Salón que parecía diferente y no internacionalizante resultó ser de una norteamericana que había vivido en Colombia durante muchos años..."
Esta norteamericana era Ethel Gilmour. La anotación de Lippard es tajante. Sin embargo, sirve para identificar la intencionalidad central de Gilmour: testimoniar el sentido de la existencia en una soledad conflictiva desde una perspectiva íntima. Así, su obra continúa, a su manera, una vocación de tipo testimonial que tiene antecedentes en propuestas análogas que se dieron en los años setenta a instancias del conceptualismo, que pierden momentum en los ochenta en medio de las estridencias neoexpresionistas, pero que se proyectan con nuevas expectativas en los noventa con la necesidad de repensar referentes culturales, revisar el problema de la identidad y proyectarlo sobre el imaginario colectivo.
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La mujer está en la casa y los animales que viven conmigo, su primera exposición individual en Bogotá en muchos años, representa una idea conceptual global. A través de pinturas, fotografías intervenidas, collages, objetos, Gilmour logra una respuesta inquietante que permea su condición como individuo, artista y mujer. La obra se desarrolla en tres espacios interrelacionados: la casa, la ciudad, el paisaje. La primera es su entorno íntimo, espacio femenino, prolongación de su cuerpo, nicho protector; santuario personal donde todo transcurre entre la fantasía y el asombro, el candor y el sobresalto. Luego está el mundo exterior que se abre como una ventana (el cuadro) hacia la ciudad, escenario de acontecimientos paradójicos y caóticos. Más allá del paisaje que enmarca todas sus pinturas: una proliferación de montañas y cordilleras, naturaleza neutral, marco omnipresente e inobjetable de nuestra realidad.
De la interacción de estos tres, Gilmour vuelve una y otra vez a su interioridad. Allí, desde el punto de fricción de su interioridad, surge ante todo una actitud ética, la cual al convertirse en estética mediante una reflexión poética conforma un dinamismo particular operante en toda su obra. De hecho, es su poética personal frente al sinsentido de la violencia lo que da dimensión a su trabajo. Allí hay candor mas no ingenuidad, asombro que no pesimismo, humor en lugar de compasión; ironía como forma de conjuro.
Para Gilmour, el acto de pintar, fotografiar los animales de su casa o su jardín, elaborar objetos cotidianos, es un acto de fe. Un sucedáneo para poder vivir. De ahí que sus obras contengan imágenes y textos que recuerdan exvotos religiosos populares que en sus manos se convierten en auténticas polémicas entre la vida y la muerte, el aquí y el más allá.
La inocencia como poética de lo cotidiano es una estrategia de resistencia. Lo cual nos remite a la condición cada vez más evidente en la vida contemporánea en países como el nuestro, donde hay situaciones de conflicto. El hogar, la familia, lo cotidiano, lo que está a nuestro alcance deben ser protegidos ante la amenaza del rompimiento del delicado margen que separa nuestra privacidad del amenazante mundo alrededor. Así, en Mi casa, Medellín, Colombia, Gilmour representa su casa rodeada por una corona de orquídeas, violentamente enmarcada por metralletas en una incómoda aunque familiar convivencia.
La locura de las obras de Gilmour podría estar sujeta a una sobrevaloración de lo narrativo. Más allá de una estructura aparente subyacen ramificaciones diversas que aluden a estructuras más profundas de significación. Así lo evidencia la estructuración de un espacio pictórico fragmentado donde intervienen elementos disímiles muchas veces en contrapunto, en una simultaneidad que no es azarosa, pero sí abierta que enriquece los contenidos.
Ante lo que podríamos calificar como su interiorización de la violencia, en Gilmour predomina una manera de ver y hacer, de sentir y expresar que tiene que ver con la condición femenina. Sus cuadros parten muchas veces de la imagen de la mujer de una forma directa y subliminal. Esto es congruente con el lenguaje plástico utilizado: las soluciones de color, la fineza de los detalles, la laboriosidad de las superficies de pinturas y objetos, etc. En la manifestación de lo femenino como metáfora de fragilidad y a la vez de fuerza, Gilmour radica su eficaz poética visual acorde con su condición existencial. Tal como lo traduce transparentemente en un collage donde a un desnudo femenino inmerso en la lluvia antepone un hermoso verso de William Faulkner: "Si hay dolor, deja que sea la lluvia".
RAÚL CRISTANCHO
