Colectivaene 1994 - mar 1994· Por Mónica Amor

Espacio del tiempo

Americas Society

Cercanos al fin del siglo XX, el arte latinoamericano continúa planteándose un intenso cuestionamiento que parece no tener salida final. Con la ruptura de las narrativas universalistas euroamericanas que se iniciara a finales de los años cincuenta, se ha dado en la última década una favorable situación intelectual que promueve, entre otras cosas, una reconsideración de la producción cultural de los países suramericanos. Una reevaluación de la conocida crisis de identidad nacional ha tenido lugar en la academia y las artes, dando como resultado una ferviente reacción creativa que aboga antes que nada por el abandono de los estereotipos, clichés y esquemas culturales. Cualquier proceso de revisión crítica y análisis, acompañado de una adecuada reflexión, arroja luz sobre encasilladas y reductivas concepciones, paradigmas y epistemologías que ignoran el contexto, es decir, el espacio y el tiempo de las culturas y, más importante aún, de sus individuos. Es en el afán por evitar procesos nominativos simplistas que ignoran la pluralidad de un continente tan diverso como América, en el que el Espacio del tiempo tiene lugar. Sin duda, las expresiones artísticas que encontramos en la muestra dan testimonio de una creatividad artística muy a tono con las problemáticas contemporáneas características de la crisis de fin de siglo. Como dice John Yau en el catálogo de la muestra, "los artistas de la exposición se ocupan de temas cruciales: la construcción social de la relación entre los sexos, la identidad sexual, el significado y el origen de la identidad cultural, la relación entre la ecología y el turismo, y la naturaleza de la infancia..." En efecto, estos y otros elementos, forman parte del discurso más o menos explícito de los artistas participantes. Sin embargo, más allá de una preocupación evidente por una variedad de polémicas que surgen del llamado nuevo orden mundial y precisamente de la necesidad por renovar la “historia oficial”, carecemos de referencias más concretas que permitan iluminar los procesos internos y las complejidades que sustentan la fragmentada visión del continente que la muestra ofrece.

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No hay duda de que es precisamente en la desestabilización del símbolo, en la recodificación del signo, en la que nuevas lecturas pueden surgir respecto al arte de América. Es más, durante un proceso de reevaluación, reconsideración y cuestionamiento, la ruptura nominal, entendida como una deconstrucción de mitologías que emergen desde una sola perspectiva: la del universalismo euroamericano, es absolutamente necesaria; "el problema radica en una insistencia permanente en pluralismos que a priori priorizan la comprensión y el estudio de los aspectos que moldean las capacidades creativas y discursivas de las más recientes generaciones artísticas". Como consecuencia, las posibilidades de comunicación, entendidas como la relación dialógica entre verdaderos interlocutores, se ven obstruidas por una multiplicidad de mensajes que tienden a interferir los unos con los otros. A pesar de esto, una tendencia clara puede percibirse en la mayoría de las obras presentes. Más allá de las distintas resoluciones formales que los artistas plantean, hay un afán por aludir a los constructos de identidad que tanto peso tienen en los procesos de percepción y concepción del mundo cognitivo. Algunos hacen referencia directa a la carencia de unidad, linealidad y origen de la identidad individual, conceptos todos los que asociamos directamente con la agotada teología moderna de la “historia oficial”.

De entre ellos, las obras de Kim Dingle se destacan por la agudeza con que el mensaje de su obra es transmitido. Sobre un fondo azul de marcada factura abstracta, Dingle ha reproducido mapas de los Estados Unidos que la artista solicitó a un grupo de personas, dibujados de memoria. La variedad de formas resultantes apunta precisamente a la gran variedad de percepciones, subjetividades y, por ende, concepciones de la realidad que encontramos en el mundo de hoy. Dingle no solo cuestiona la veracidad y objetividad de los procesos científicos de carácter positivista de la era racional moderna, sino que además señala la necesidad de reconocer diferentes puntos de vista en la consideración de cualquier tema. Diferentes puntos de vista que mediatizan el resultado final. En este sentido, su Salón familiar, en donde una serie de retratos históricos y familiares intercambia rasgos, vestimentas y ambientes (por ejemplo, encontramos un Abraham Lincoln vestido de Papá Noel), reivindica metafóricamente la necesidad individual de intervenir como sujetos activos en la historia. En esta necesidad por desarrollar historias paralelas, basadas en la experiencia personal, en las circunstancias particulares inherentes a diferentes comunidades, la obra de Paúl Ramírez-Jonas encuentra un precedente. En un lado de la sala, encontramos una cometa "creada especialmente para esta exposición y que durante el vuelo lleva una cámara incorporada". La cometa, que volará entre Miami y Cuba, alude precisamente a las diferencias entre ambas culturas y comunidades y a la posibilidad remota de aprender estas diferencias a vuelo de pájaro (siendo supuestamente la aérea una de las perspectivas más poderosas).

Otro grupo de artistas se demuestra maestro de la fragmentación de la memoria y la identidad. Es el caso de Pablo Siquier quien a través de una precisa técnica, dibuja detalladas estructuras arquitectónicas sobre el lienzo. Estructuras que combinan ordenadamente líneas rectas y sinuosas de forma tal que la primera sensación es de ambigüedad. Sus lienzos producen fragmentos, partes de un todo indefinido, que carecen de cuerpo y sentido estable. Este mismo espíritu parece alimentar la obra de Lari Pittman, quien recarga sus cuadros con elementos que se conjugan para dar una sensación de estridencia. En efecto, por medio de los más variados fragmentos, objetos, signos, colores, diseños, textos, Pittman logra proyectar una especie de grito, el mismo que profiere la cultura contemporánea en la última década del siglo. Finalmente, obras como las de Rosángela Rennó, quien ha creado su juego de la memoria y su rompecabezas con fotografías personales, establecen en sus obras conexiones que sugieren las íntimas relaciones que existen entre nuestros fragmentados recuerdos y las concepciones que tenemos de otras personas, entre el aspecto externo (que capta la fotografía) y las categorías bajo las cuales concebimos al otro, entre realidad y ficción. Como Rennó, Meyer Vaisman, con sus subversivos pavos que cambian de aspecto externo y se disfrazan para engañarnos y confundirnos, explora las tensiones existentes entre las diferentes “verdades” (roles representativos sociales y naturales) a las que estamos expuestos. Es aquí, en la ruptura de absolutos, donde radica el éxito de la exposición.

Espacio del tiempo, por Mónica Amor | artnexus