Exposiciónene 1994 - mar 1994· Por Federica Palomero

El Salón Arturo Michelena

50 años por el arte venezolano

Creado en la euforia de la renovación cultural que siguió inmediatamente a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, el Salón Michelena se ha mantenido por encima de la improvisación que demasiadas veces nos caracteriza a los venezolanos, y es hoy día el evento plástico más sólido y prestigioso del país.Una causa importante del dinamismo de este evento es que los premios se otorgan a la mejor, sin tomar en cuenta la trayectoria, lo que constituye un atractivo para los más jóvenes.

Valencia, capital del estado de Carabobo, ciudad de larga tradición cultural, fundó su Ateneo en 1936 para fomentar los encuentros musicales, las tertulias literarias y las exposiciones de artes plásticas. En 1943, el Ateneo instituyó el Salón Arturo Michelena, cuyo nombre recuerda al gran artista venezolano nacido en esa ciudad en 1863. Con un carácter anual e ininterrumpido hasta la fecha, el Salón Michelena convoca a todos los artistas venezolanos y residentes, en expresiones que se han ido ampliando a lo largo de los años, incluyendo ahora la fotografía, el arte efímero, el video, etc. Creado en la euforia de la renovación cultural que siguió inmediatamente a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, el Salón Michelena se ha mantenido por encima de la improvisación que demasiadas veces nos caracteriza a los venezolanos, y es hoy día el evento plástico más sólido y prestigioso del país. 

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En 1940 se celebró por primera vez, en el recién inaugurado Museo de Bellas Artes de Caracas, el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano, el cual tuvo 30 ediciones hasta su desaparición en 1969. Durante esos 27 años de vida común, el Salón Oficial y el "Michelena", más allá de ciertas divergencias que señalaremos más adelante, han logrado un consenso en torno al desarrollo del arte nacional, expresado en el hecho de que, entre los artistas premiados en ese lapso, 12 recibieron el Premio Oficial de Pintura y el Premio Michelena. Ambos certámenes fueron un aporte fundamental en esa época y constituyen un testimonio invalorable para el estudio del arte venezolano.

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Después de la desaparición del Salón Oficial, el Salón Michelena ha seguido asumiendo solo durante algunos años el compromiso de ofrecer a nuestros artistas una posibilidad de confrontación, mientras se experimentaban diversas modalidades, todas efímeras y fallidas, de sustituir al Salón Oficial. Hoy día se han establecido varios eventos que han logrado seriedad y continuidad, como el Salón Aragua del Museo de Arte de Maracay, la Bienal Nacional de Dibujo Fundarte celebrada en Caracas, y la Bienal Nacional de Escultura Francisco Narváez, organizada por el Museo del mismo nombre, en Porlamar (Isla de Margarita). Sin embargo, frente a esta positiva "competencia", el Salón valenciano sigue siendo el mayor espacio para hacer un balance anual de la actividad plástica del país, descubrir nuevos talentos, seguir los pasos de los artistas ya conocidos, delinear tendencias emergentes.

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Asimismo, el Premio Michelena ha sido, a lo largo de 50 años, y sigue siendo, el máximo galardón que pueda obtener un artista venezolano activo. Cabe señalar que una causa importante del dinamismo de este evento es que los premios se otorgan a la mejor obra, sin tomar en cuenta la trayectoria del artista, lo que constituye un atractivo para los más jóvenes. Así es como aparece cada año un nuevo contingente de artistas, lo que ha convertido implícitamente al Salón Michelena en un Salón de jóvenes artistas, hecho simbolizado desde la primera edición por la edad del ganador: 20 años.

El Salón Michelena es el soporte de la historia haciéndose. Con sus adelantos y retrocesos, sus vacilaciones, su apego a las tradiciones y su voluntad de vanguardia, su sentido consagra torio y su capacidad de asimilación, toma el pulso de la producción y del entorno artístico: la evolución del gusto reflejada en las decisiones de los jurados, las polémicas y el anecdotario de las protestas de los excluidos, de las críticas a las premiaciones, de los premios rechazados por los artistas, etc.

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Los Premios Michelena otorgados a lo largo de la década de los cuarenta reflejan muy fielmente la atmósfera de la época, la última en el arte venezolano durante la cual se mantiene un consenso en torno a los valores dominantes, como también lo demuestran los premios del Salón Oficial. No hay rupturas, la producción de los artistas responde a las expectativas del público. Asimismo, se observa una casi monopolización del ambiente artístico por los paisajistas de la Escuela de Caracas, herederos del Círculo de Bellas Artes, quienes se encuentran al frente de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, nacida en 1936, de la reforma de la obsoleta Academia de Bellas Artes, y del Museo de Bellas Artes, abierto en 1938; esta hegemonía se extiende a la constitución de los jurados de los dos grandes certámenes anuales. Sus obras, agradables e intrascendentes, habrían sido exclusivas en esos años, a no ser por los tímidos amagos de modernidad de algunos artistas influidos por el muralismo mexicano y que introducen una pintura de espíritu realista social, con temas de la vida campesina y rasgos indigenistas, logrando gran aceptación. Dentro de esta tendencia son premiados Héctor Poleo en 1944 y Braulio Salazar en 1947, año en el cual Poleo recibe el Premio Oficial en el Salón del Museo de Bellas Artes. Entre los paisajistas encontramos a César Prieto, premiado en Valencia en 1945 y en Caracas en 1950, a Juan Vicente Fabbiani, Premio Oficial en 1945 y Premio Michelena en 1946, a Raúl Moleiro, Premio Michelena en 1948. En 1947, Armando Barrios, quien evolucionara luego hacia soluciones más radicales hasta llegar a la abstracción, obtiene el Premio Michelena por un elegante retrato influido por Modigliani, muy representativo de una progresiva apertura a las vanguardias clásicas, con un desfase cronológico de unos treinta años. La década de los cincuenta en los Premios Michelena se caracteriza por la aparición de dos tendencias novedosas en nuestro ámbito, a la vez que se empieza a acortar la distancia entre las propuestas nacidas en París, hacia donde miran los artistas venezolanos, y la recuperación y transformación de éstas con fines propios. Por una parte, tenemos el Taller Libre de Arte, formado en 1948 en torno al crítico cubano José Gómez Sicre, por jóvenes artistas expulsados de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas en 1947 por protestar contra la enseñanza tradicionalista de los paisajistas. El Taller Libre no tiene una estética definida, se plantea la búsqueda de la modernidad y de una expresión propiamente latinoamericana. Por otra parte, se desarrolla una figuración lírica cercana a la abstracción y muy influida por la Escuela de París. Desde fines de los años cuarenta, numerosos artistas jóvenes han tenido la oportunidad de viajar y establecerse en París, gracias a premios de estímulo otorgados en el Salón Oficial y a un programa de becas del Ministerio de Educación. Paralelamente a estas dos nuevas tendencias, el paisajismo se viene a menos en las manifestaciones plásticas, aunque sigue gozando del gran favor del público, y se mantiene en tono menor la corriente del Realismo social. En 1951, Régulo Pérez, miembro del Taller Libre, triunfa en el Salón Michelena con una obra en la cual la huella de Picasso es mediatizada por la de Wifredo Lam, y en 1955 vuelve a ganar con una Composición de temática miserabilista y de formas neocubistas. En 1952 se impone igualmente la estética del Taller Libre: el Premio recae sobre Oswaldo Vigas, quien ese mismo año recibe el Premio del Salón Oficial para artistas jóvenes (tiene 26 años). La figuración lírica está representada por Luis Guevara Moreno, premiado en 1957, y Hugo Baptista, premiado en 1959, ambos residentes en París para esas fechas. En los premios del Salón Michelena de los años cincuenta no se hace presente la abstracción geométrica, la cual, sin embargo, viene a ser en esos momentos la vanguardia más radical del arte venezolano, desde la formación del grupo "Los Disidentes" en París en 1950, integrado por Alejandro Otero, Mercedes Pardo, Mateo Manaure y Alirio Oramas, entre otros. Se requerirá un tiempo más para su asimilación y reconocimiento oficial. Sin embargo, en este aspecto el Salón Michelena se perfila como menos conservador que el Salón Oficial, todavía dominado por los paisajistas hasta el año 1958, cuando en medio de una apasionada polémica, hoy histórica, gana Alejandro Otero con una obra abstracta. Pero, aun en el "avanzado" Salón ateneista, el peso de la tradición es fuerte y se refleja en una aproximación convencional a las artes plásticas, enfocadas básicamente desde la iconografía. De 1947 a 1950 se otorgó el Premio Abdón Pinto para el mejor cuadro de flores, y entre 1953 y 1958 el Premio Invega "para el cuadro que expresara un aspecto rural de la explotación de la cría del ganado".

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En los años sesenta, irrumpe la abstracción informalista, que se adjudica seis Premios Michelena, tres Premios Oficiales; se difunde desde el mismo año sesenta en grandes eventos como Espacios Vivientes en Maracaibo, el Salón Experimental en Caracas, e invade el Museo de Bellas Artes. Jacobo Borges en 1960, Alirio Palacios en 1961, Oswaldo Vigas en 1964, Francisco Hung en 1965, Manuel Mérida en 1966, Ramón Vásquez Brito en 1968, todos reciben el Premio Michelena por obras informalistas. En cuanto a la abstracción geométrica, que se mantiene en los sesenta y evoluciona hacia el cinetismo, es objeto de un reconocimiento tardío en 1969, a través del premio otorgado a Luis Chacón. Y, de manera reveladora, este mismo premio es compartido entre Chacón y José Antonio Dávila, provenientes del Taller de Arte Realista, y para entonces émulo del Pop Art, género figurativo de pocos seguidores en Venezuela.

En esos mismos años, el Salón Michelena se hace también eco del repunte de la figuración, esta vez en su modalidad vanguardista del Nuevo Humanismo, y expresada en la obra de Alirio Rodríguez premiada en 1962 (recibirá igualmente el premio del último Salón Oficial en 1969). Sin embargo, la sobrevivencia, cada vez más discreta, de una cierta tradición, se expresa en el Premio Michelena otorgado en 1963 a Braulio Salazar por una obra de excelente factura, pero de estética extemporánea, lo que parece ser una concesión del jurado al gusto del gran público, todavía reacio a las "novedades" abstractas y expresionistas.

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Los años setenta, si tomamos como referencia los Premios Michelena, se dividen en tres etapas muy marcadas. En un primer momento, se consolida finalmente la presencia y el éxito de la abstracción geométrica, precisamente cuando empieza a ser profundamente puesta en tela de juicio por una nueva generación de artistas que vuelven al oficio artesanal, a la subjetividad y a los recursos expresivos. Rafael Martínez en 1971, Víctor Valera en 1972, Omar Carreño en 1973, cosechan el premio para esta tendencia. De 1974 a 1977 se imponen cuatro artistas muy diferentes entre sí, que prefiguran el eclecticismo de los años ochenta, con obras atípicas dentro del contexto venezolano de esos años, pero muy representativas de su propia producción: José Campos Biscardi en 1974, Wladimir Zabaleta en 1975, Julio Pacheco Rivas en 1976, Margot Rómer en 1977. La tercera etapa se puede definir como el pago de deudas pendientes con artistas ya maduros y consagrados: Manuel Quintana Castillo, máximo exponente de la geometría sensible en Venezuela, y con una obra en constante proceso de reflexión y renovación, recibe el Premio Michelena en 1978. Humberto Jaime Sánchez, importante integrante de la abstracción informalista desde los años sesenta, es distinguido en 1979. En 1980 triunfa Carlos Hernández Guerra, con una obra muy representativa de su producción, en la cual se mezclan elementos gestuales abstractos con una nueva percepción del paisaje.

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Los años ochenta, quizás por la falta de distancia histórica, son difícilmente aprehensibles, y los Premios Michelena se hacen testigos de la confusión que parece embargar a todo el medio artístico. En los cuarenta años del Salón, en 1982, se le otorga por primera vez el Premio a una obra tridimensional, un trabajo de Boris Ramírez con el cual se abre lo que podemos llamar "el arte de los ochenta". Siguen los reconocimientos extemporáneos: Darío Pérez Flores, artista cinético de gran sensibilidad poética que se sobrepone a la frialdad de los recursos de su medio, y uno de los pocos artistas que se ha mantenido fiel a este movimiento, recibe en 1984 un reconocimiento merecido pero tardío. En 1986 vuelve a ganar Francisco Hung, con una pintura informalista. Por lo demás, artistas de la nueva generación logran imponerse. Con dos personalidades muy diferentes, Francisco Bugallo, premiado en 1983, y Carlos Zerpa, premiado en 1987, presentan el rasgo común de trabajar con base en citas pictóricas que revelan el nuevo acercamiento de los jóvenes artistas a la historia del arte. Pero mientras Zerpa integra elementos kitsch, populares y humorísticos, ahondando en una reflexión iconográfica, Bugallo demuestra en cambio interés por las resoluciones plásticas, al tratar imágenes clásicas con una elaborada y sofisticada técnica cromática. Los cinco últimos premios, a Samuel Baroni (1988), José Páez del Nogal (1989), Víctor Hugo Irazábal (1990), Adonay Duque (1991) y Ana María Mazzei (1992), ofrecen una variedad que, en ausencia de definición, expresa la vitalidad del arte venezolano, y que permite insinuar algunos rasgos: los grandes formatos, el refinamiento y la excelencia de trabajos en los cuales se le saca el mejor partido a los materiales, el tratamiento vibrante y sensual de los colores y las texturas, anotaciones que a lo mejor, en algunos años, vendrán a constituir una tendencia identificadora.

A lo largo de cincuenta años, al hacerse los Premios Miquelena propiedad del Ateneo de Valencia, se ha ido constituyendo una colección ejemplar que ahora va a conformar un museo, anexo al Ateneo. Así se afirma la continuidad de una institución que no es sólo un efímero evento anual, sino que asume su rol histórico al proponer una lectura, obligatoriamente fragmentaria pero muy sensible, de nuestro acontecer plástico.

* Fotos cortesía del Ateneo de Valencia, realizadas por Mayela Iribarren.

FEDERICA PALOMERO

Maestra en Historia del Arte por la Universidad de Toulouse-Le-Mirail, Francia. Coordinadora de Proyectos Especiales del Museo de Bellas Artes de Caracas.

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