Exposición Individualene 1994 - mar 1994· Por José Antonio Pérez Ruiz

Diógenes Ballester

Museo de Las Américas

En el Museo de las Américas en San Juan de Puerto Rico, la Galería Rojo y Negro auspicia hasta enero de 1994 la colección que Diógenes Ballester ha titulado Celebración espiritual. El conjunto presentado está integrado por lienzos de su producción anterior y un gran número de piezas representativas de su labor actual. Al visitar la exposición, nos percatamos de que estamos ante sucesos creativos donde aflora la autenticidad. Se advierte en ellas una fuerte dosis de introversión, lo suficientemente intensa como para convidar al pensamiento y sentimiento a incursionar cautelosamente en sus realizaciones. En sus imágenes se perciben preocupaciones ontológicas. La vigencia de su quehacer deriva del carácter particular que transmite por medio de su arte. Entre sus recursos destaca la habilidad para reactualizar parentescos provenientes de nuestra herencia cultural. Trabaja sus temas cautelosamente, dándole a la vez distancia de los esquemas localmente aceptados. Su intención es permitirse modos introspectivos en los que minimiza prejuicios y preconcepciones. De esa manera mantiene la independencia de su temperamento artístico a sabiendas de que lo intelectual no puede ser limitado por provincialismos descalificantes para un diálogo saludable.

Como Ballester está radicado en Nueva York, precisa regresar asiduamente al lar nativo a fin de nutrirse de los valores del trópico. Al igual que muchos residentes en grandes metrópolis continentales, confiesa tener vivencias psicológicas que le ubican simultáneamente en dos mundos. Ese vaivén persistente entre aquella urbe y la playa de Ponce le reconforta, porque el regreso al hogar paterno le concede visiones muy particulares, indicativas de que aún queda espacio para seres como él, con vocación de juglares. En su discurso plástico cohabitan abstracción y figuración y de su fusión emerge una trayectoria de un tiempo ajeno a la realidad. Sincroniza en sus composiciones formas y símbolos, integrándolos tan íntimamente que el dominio de uno sobre el otro puede depender de la situación anímica del receptor de la obra de arte.

[[IMAGE]]

La gran motivación de su quehacer surge de lo legendario. Sus incursiones en lo mitológico asisten al artista para extraer tonalidades a través de las cuales proyecta remembranzas y suscita luces que nos ubican en un contorno poco usual. Nacen así seres y episodios deslindados de todo acontecer temporal, aunque dotados de profundas huellas vernaculares. El autor plantea vínculos con realidades étnicas, políticas, lingüísticas, sociales, etc., similares a las existentes en las relaciones habituales en los planos consuetudinarios. Resalta en sus composiciones la presencia de un yo que fragua un mundo mítico-fantasioso sustentado por la idealización de los elementos formativos. La colección mostrada surge de momentos autorreflexivos, donde las distancias afectivas se transforman en agentes catalíticos que le llevan a medir las angustias y esperanzas que nos afectan. Posiblemente la lejanía es el factor que le permite asediar sus temas desde otra perspectiva. Se convierte en interrogador cuyo fin es acercarse lo más posible a ilusiones tejidas en espacios interiores de la mente. Concilia en ellas sedimentos de recuerdos de vivencias en Puerto Rico, las cuales reaparecen, se alternan y a veces se confunden con realidades existenciales palpitantes en las circunstancias neoyorquinas.

La utilización de acrílicos le ha llevado a usar la encáustica, cuya aplicación precisa de un procedimiento difícil que pocos logran culminar exitosamente. Al preguntársele cómo llegó a utilizar ese medio, afirma que lo volvió a experimentar en un momento en que buscaba pigmentos cuyo uso requiriera de un proceso ritual, de naturaleza dúctil y a la vez rebelde. Añade con cierta chispa que ahora su labor puede considerarse con propiedad “... pintura de cocina”. Otro punto al cual presta gran atención es la fluidez espiritual que circula en sus producciones. La misma se torna más intensa debido a que cada cuadro responde a una aventura, pues el artista se transforma en una especie de navegante que surca distancias subjetivas. Esa visión de viajero le conduce a incorporar en sus producciones elementos singulares que le salen al paso en su constante nomadía entre dos islas: Manhattan y Puerto Rico. Semejantes circunstancias le llevan a desarrollar una duplicación representativa que oscila entre lo hipotético y lo real. Ocasionalmente sucede que en una composición tiene más cabida lo anímico que lo teórico, mientras en otras acaece todo lo contrario.

JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ

Diógenes Ballester, por José Antonio Pérez Ruiz | artnexus