El arte del Caribe insular era una especie de mito. Cada isla, cada país valoraba sus recursos artísticos propios, pero los hispanófonos desconocían a los anglófonos, así sucesivamente a los francófonos y los holandófonos, y viceversa. Más aún, dentro de una misma afiliación lingüística, los medios artísticos isleños carecían de contacto, citaremos el ejemplo de Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. En cuanto al resto del mundo, incluyendo América Latina, solía considerar a los artistas caribeños, global y confusamente, como unos naïfs por el aura distorsionada de Haití, siendo Cuba la excepción para un mejor aprecio. Arrinconada entre sus reputaciones de expresión ingenua y de “postales” para turistas, la pintura de Grandes y Pequeñas Antillas se encontraba en una situación de marginalidad internacional. En cuanto a la escultura, la catalogaban como artesanía... tiro de gracia de la ignorancia.
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Curazao, isla mayor de las Antillas holandesas, se conocía por su refinería, su puerto libre, su turismo, pero de ninguna manera por sus artes visuales. A finales de 1991, se celebró en Willemstadt, la capital, una exposición colectiva, Gala di Arte, con 43 artistas, presentando escultura, cerámica, pintura y gráfica. La abundancia de obras y su inesperada calidad, así como la excelente organización —privada— de la muestra, causaron una sorpresa feliz. Era al mismo tiempo un augurio favorable para una iniciativa del Departamento de Educación curazoleño: había reunido a responsables culturales de 35 territorios del Caribe —33 islas, Belice y Guyana—, sin importar su situación política, con el fin de organizar una inmensa exposición colectiva itinerante. Carib Art había nacido con la coorganización de la Comisión de la UNESCO para las Antillas Holandesas y el copatrocinio de la UNESCO en general, que luego llevaría la exposición por diferentes países y continentes.
Desde el principio, sin muchas discusiones ni oposición, las bases establecieron que cada país—en un sentido amplio de entidad geográfica invitada— participaría con un máximo de cinco artistas y una obra cada uno, pintura, escultura o gráfica. No existía diferencia cuantitativa alguna, fuera cual fuera la superficie o la población: Cuba, con sus diez millones de habitantes, no tenía el derecho de presentar más artistas que Saba, con dos mil pobladores, para citar un ejemplo. Podían ser obras de autores vivos o fallecidos: así, Jamaica incluyó en su representación a Edna Manley, considerada la “madre” del arte moderno jamaiquino. Un curador estaba a cargo de cada selección nacional.
La única imposición concernía a las fechas, tanto de envío y recepción de las obras, como de los textos que, en el catálogo, debían preceder las selecciones y reseñar el arte de cada país—no siempre se logró. Las fechas previstas para las sucesivas etapas del proyecto y la exposición se observaron rigurosamente, con una puntualidad “holandesa”. Un equipo pequeño, encabezado por el profesor Frank Elstaky y la historiadora del arte Ruby Eickmeyer, se entregó con dedicación exclusiva, contando con la colaboración de especialistas de la UNESCO. No pudimos más que admirar esa labor meticulosa, que cuidó los mínimos detalles y culminó en una celebración perfectamente organizada, en salones del International Trade Center de Willemstadt. Allí se presentó la exposición en agosto de 1993 y se desarrolló una semana —ahorcarada por la amenaza ciclónica— de conferencias y reuniones tendientes a la preparación de una historia del arte del Caribe, segunda meta de Carib de realización final programada para 1996.
Curazao no dispone en la actualidad de un centro museográfico, susceptible de colocar en sus espacios 160 obras bidimensionales y tridimensionales. Los organizadores de Carib Art tuvieron que recurrir al Centro de Convenciones de la isla. Es un aspecto importante que explica la concepción inicial de dos exposiciones itinerantes: una de las obras originales en países que dispongan de estructuras museográficas amplias, otra de reproducciones fotográficas de las obras para los lugares sin instalaciones adecuadas. Es más, esa segunda solución se concibió pensando en las pequeñas islas del Caribe prioritariamente. Sin embargo, cuando ya se había empezado a planificar un trayecto de los originales, no se había tomado una decisión definitiva, respecto a realizar reproducciones por los costos consecuentes y su potencial estético e informativo menor.
Si valoramos los resultados de Carib Art en relación con la Bienal del Caribe y Centroamérica celebrada en Santo Domingo, mientras de lejos fueron superiores las conferencias, los debates y el catálogo —bellísimo— en Curazao, las obras exhibidas en República Dominicana alcanzaron un nivel cuantitativo y cualitativo mucho mayor, tanto por los países participantes como por los reglamentos diferentes de participación. De hecho, la comparación no se justifica. Carib Art quiso dar una oportunidad de estímulo y proyección a todo el Caribe insular y lo logró. Sobre 33 islas convocadas, 32 respondieron, algunas con dos o tres obras, la mayoría con cuatro o cinco, o sea, el mismo número de artistas.
Quien hubiera buscado en la mayoría de los participantes de Carib Art una contemporaneidad informada, susceptible de asimilar y reconvertir un arte “occidental” de avanzada, hubiera sentido una decepción, concluyendo que se imponía una depuración severa... para difundir la muestra. No faltaron los que pensaban así. Lo creemos un contrasentido y una humillación, donde saldrían eliminados, como casi siempre, los más pequeños. Es cierto que hay pintura “naïve” rústica, realismo impersonal y costumbrista o de repente elucubraciones neosurrealistas como las que encontramos todavía en nuestras provincias distantes de la actualidad. Pero en esas mismas expresiones, que son un comienzo tardío, leemos la convicción, la alegría de pintar, el apego al terruño. Carib Art sin duda constituye un arranque y un incentivo para las islitas de la región.
Como siempre, hubo selecciones cuestionables —por sus mecanismos, sus curadores, sus problemas internos— que no comunicaban la dimensión cualitativa de su plástica. Así sucedió con Puerto Rico —tres obras solamente—, en Cuba y Santo Domingo, que, pese a estar entre los mejores, podían tener más fuerza de conjunto. Jamaica seleccionó con un criterio histórico válido, el Caribe francófono —Martinica especialmente— se destacó por la homogeneidad de sus aportes. Barbados mantuvo esa imagen de una sólida identidad, estremecida y provocadora, que se admiró en la Bienal del Caribe. Curazao exhibió una selección discreta... como a menudo sucede con los anfitriones. En fin, cada representación es un pequeño mundo que explican las circunstancias.
En síntesis, Carib Art confirmó la permanencia de mitos y sincretismo, legados múltiples, con vigencia neta de la impronta afroantillana, con un predominio de la figuración. Los lenguajes están cada vez más nutridos de la comunicación internacional, pero conservan sus raíces culturales y elementos ancestrales. La fogosidad y el lirismo, una paleta efusiva en colorido y pasta, abundan en la pintura; cerámica y talles en madera se destacan en escultura. Respecto a las tendencias, el “mestizaje” estilístico, con una frecuente huella expresionista.
MARIANNE DE TOLENTINO
