El arte urbano es una de las manifestaciones propias de la época contemporánea, que nace como respuesta a los estilos de vida citadinos, cuyas rápidas transformaciones han afectado los modos como el hombre se relaciona con el espacio público. Al mencionar arte urbano es habitual que pensemos en el grafiti como una de las expresiones más genuinas de la identidad urbana. En efecto, desde las décadas del sesenta del siglo XX, estos modos de arte irreverentes, clandestinos, y con frecuencia anónimos, forman parte de una expresión de la contracultura. Sin embargo, en un sentido amplio el arte urbano también abarca otras manifestaciones como las ilustraciones de automóviles, el hip hop, el arte corporal, las actividades festivas y religiosas, al arte lumínico, el arte gráfico, los juegos pirotécnicos, el mobiliario urbano, las intervenciones arquitectónicas, los refraneros, las estatuas vivientes, el arte floral, entre tantos otros.
Estas actividades están movidas por fines sociales o políticos, o bien desde la reflexión, el cuestionamiento, o con el ánimo de establecer alianzas, en busca de despertar la sensibilidad o proponer nuevas aproximaciones de convivencia ciudadana. Y en esto nos queremos detener, en esos espacios que motivan la socialización, los encuentros o desencuentros, las experiencias compartidas y el acercamiento a paisajes, objetos e imágenes que se van convirtiendo en iconos e instalan en el recuerdo de sus habitantes. Ellos generan relaciones afectivas que terminan por formar parte de las memorias personales y colectivas. Son espacios ligados al transcurrir de la vida misma, con las atmósferas que la envuelven, el color, la luz, el tiempo.
Justamente allí encontramos el giro, la variación del tema de la ciudad, en los artistas presentes en la exposición Urbes. Bajo la curaduría de Susana Benko se ha reunido a un grupo de seis artistas que han dedicado parte de su producción al desarrollo de escenas urbanas. Ellos son Fausto Amundarain, Rafael Arteaga, José Gregorio Graterón, Lubeshka Suárez, Alexander Martínez y Richard López.

En muchas de estas obras se observa la emocionalidad que impulsa la resolución del tema y el manejo de un amplio álbum de la cultura visual urbana. A través de ellas se pueden rastrear las relaciones afectivas de los artistas con ciertos espacios, con quienes los habitan, los cercanos a sus calles, los recordados de su infancia, con las imágenes gráficas asociadas a ellos, con la idiosincrasia que definen sus entornos. Estas propuestas atienden a una estética de la imagen de la ciudad a través de la pintura y la fotografía. Los artistas incorporan desde sus particulares estilos y tendencias los recursos visuales que la urbe ofrece; es un proceso inverso al llamado arte callejero o street art; aquí se expone el deleite por la reinterpretación del paisaje urbano desde el taller. Esta manera de trabajar hace un guiño a la herencia de las escuelas de paisaje de principios del siglo XX en Venezuela, donde se bocetaba directamente del natural y luego se concluía la obra en el estudio. Por supuesto, estos artistas utilizan medios actuales como la fotografía, no solo como recurso de trabajo en el taller sino como técnica en sí, u otros materiales y posibilidades técnicas que ameritan intervenciones más complejas.

Así, la obra de Fausto Amundarain (Caracas, 1992) se centra en el lenguaje gráfico de las vallas como recurso de comunicación visual, en cuanto a lo avasallantes que suelen ser y las texturas que se van formando después de su uso y progresivo desgaste. El artista lo define como la “sobreestimulación” a que nos someten muchas de esas imágenes ubicadas en lugares estratégicos de la ciudad. Asimismo, como parte de su repertorio, rememora imágenes personales procedentes de su infancia. El resultado en sala es una narrativa que se apropia de manera muy particular de estos recursos visuales. Tal es el caso de Desgaste sobreestimulado, de 2017, obra que consta de tres módulos, con una altura de dos metros, que semejan las dimensiones de las vallas y rescatan los recursos gráficos ya mencionados. En cada uno de estos módulos el artista tiene una resolución formal distinta. En el fondo, en dos de estas composiciones resalta un collage de papel periódico rasgado, deshecho, repintado y maltratado por el sol y la lluvia. Se superponen a esta composición figuras que siguen la línea del grafismo infantil. En los paneles, otras texturas que quedan resultado del desgaste son recompuestas rítmicamente mediante segmentos geométricos.
Rafael Arteaga (Caracas, 1986) realiza su acercamiento a la ciudad a través de la remembranza de escenas cotidianas en las que se deja entrever su lazo afectivo. En la exposición están presentes seis obras, todas realizadas en acrílico sobre tela, cinco pinturas de la serie Circadiana, de 2016, e Imagen mnémica, de 2017. En Circadiana desarrolla una escena que tiene como pretexto los camiones de distribución de agua potable. En un ciclo diario marcado por el ritmo cromático del día y la noche, Arteaga presenta una secuencia de módulos en la que, de manera sutil, distintos autos y calles se vuelven una sola identidad. En Imagen mnémica muestra una escena infantil al aire libre, de la que fue parte, cuyo juego compositivo de líneas, colores y fondos crea atmósferas de ensoñación. Es justamente allí, en la memoria, donde el artista encuentra motivos para evocar situaciones cotidianas en las que se perciben conexiones sensoriales que adquieren dimensiones de un placentero goce estético.

A través de la serie Caracas grafiti, José Gregorio Graterón (Caracas, 1966) se apropia de las imágenes de la cultura urbana. Sus pinturas, realizadas en materiales diversos como cemento, pintura industrial, acrílicos, acentúan el carácter desparpajado e irónico de sus imágenes. En Fragmentos de muros de Caracas, de 2016, y La familia, de 2017, ambos de la serie Caracas grafiti, Graterón muestra una recopilación de imágenes que ha extraído de sus recorridos por la ciudad, además de otros elementos icónicos de la historia de la cultura. Fragmentos de muros de Caracas presenta una composición rica en símbolos propios de las señalizaciones de tránsito, objetos asociados a la violencia como armas, fechas y dianas; religiosos como cruces y copas; hombres anónimos desdibujados con rostros de Mickey Mouse. El conjunto hila –no de manera lineal sino al azar– una lectura que sobreexpone el estado de incertidumbre de la sociedad. En La familia presenta personajes primitivos, casi monstruosos y a la vez ingenuos, que también tienen sus referencias en la figura de Mickey. Es una reinterpretación que, desde la óptica del arte contemporáneo, muestra la antítesis de la personalidad alegre, positiva y siempre bien dispuesta de Mickey. Se sobrepone a esta condición una carga irónica de la transformación disgregada de la condición humana.
El particular estilo de Lubeshka Suárez destaca por la intervención que realiza de la fotografía al desdibujar el carácter documental o registro de la realidad propio de esta técnica. Son piezas en las que, a través de recursos digitales, transforma la obra original mediante efectos de movimiento, luz y color. Algunas imágenes son tan indefinidas que pierden sus referencias, proponiendo al espectador atinar a través de la memoria su reconocimiento. Con frecuencia las escenas que la artista muestra son de lugares emblemáticos de las ciudades que ha visitado como Nueva York, el puente de Brooklyn o la pirámide de Louvre en París. Esta serie Iconos, realizada en 2013, centra su estudio en la percepción, en los registros alterados que enfatizan efectos de movimiento y las ráfagas de luz de la arquitectura, en contraste con la nocturnidad del paisaje.

Por su parte, la obra Alexander Martínez (Calabozo, estado Guárico, 1965), si bien es de formato bidimensional, rompe la noción del bastidor cuadrado para proyectar piezas sobre madera con formas inusitadas que responden a la estructura caligráfica del grafiti. TAG, realizada en 2017, está elaborada en diversos materiales como goma antiresbaladiza, latas de refrescos y pintura texturizada. Propone una doble lectura, la de la visual completa del soporte, que es una especie de un gran kanji, una unidad que contiene conceptos complejos a través de trazos que se van hilvanando. Los contenidos internos, los más pequeños, son historias gráficas que el artista toma de la ciudad, de los símbolos que la identifican. Por ejemplo, la imagen del león como heráldica de la ciudad de Caracas, los grafitis, así como otros elementos propios de las situaciones de violencia vividas en las grandes urbes.

Cierra este grupo Richard López (Valle de la Pascua, estado Guárico, 1975), un artista que presenta un estilo de gran detalle en la factura cercano al hiperrealismo. Él mismo indica que su pintura se “inscribe en el género del paisaje urbano o retratos del paisaje”. El proceso de trabajo parte de la fotografía de paisajes arquitectónicos, de los que extrae ciertos detalles a modo de close-up. Dos ejemplos son el tríptico de la serie Fachada, de 2012 y Paisaje-Tránsito, de 2016. En Fachada propone tres momentos de un mismo edificio, de detalles inusitados que adquieren gran esteticidad. En cada uno de ellos hay un ligero cambio de ángulo, y también implica variaciones lumínicas y tonales. El mismo procedimiento se encuentra en Paisaje-Tránsito, en el que la escena sugiere un “no lugar”, un lugar que puede ser cualquier espacio; se produce una descontextualización que realza el carácter atemporal de la obra.
En Urbes, el grupo de artistas representados desarrolla sus planteamientos plásticos formales y temáticos siguiendo las resoluciones propias de las narrativas contemporáneas, y nos invitan a volver la mirada al paisaje urbano, a renovar el goce por los espacios públicos y el sentido de convivencia ciudadana en la polis.
ANNY BELLO

