El MoMA adquirió recientemente la videoperformance-instalación Sin título (La Habana, 2000) de Tania Bruguera y la reconstruyó con gran cuidado para exhibirla en su espacio. La obra se había mostrado solo durante unas horas en la VII Bienal de La Habana, en 2000, al ser clausurada por las autoridades cubanas. Este suceso brinda mayor relevancia a su muestra en Nueva York, donde un amplio público pudo apreciarla. El museo hizo un notable esfuerzo para reproducir con exactitud el largo espacio abovedado de la Fortaleza de La Cabaña, para el cual fue concebida la pieza. Al entrar en la instalación, en verdad parecía como si uno estuviese adentrándose en las galerías del siglo XVIII de la fortaleza, usada como prisión política en el período revolucionario, y más tarde como una de las sedes de las bienales de La Habana.
El título de la obra de Bruguera rinde homenaje al artista de origen cubano Félix González Torres. Reproduce la manera ideada por él para titular sus obras, donde el “sin título” devenía un título abierto a la recepción activa del público, a menudo seguido de alguna indicación entre paréntesis. La pieza es una instalación site-specific que incluye video y performance. El visitante entra en un túnel oscuro y de inmediato siente olor a jugo de caña de azúcar, pues el suelo está cubierto de bagazo de caña. Se avanza sobre esta superficie irregular, como pisando el olor, y se nota una pequeña luz adelante, en el techo. Al acercarnos, descubrimos un pequeño monitor allí colgado, que reproduce videos silentes en blanco y negro donde aparece Fidel Castro. Algunos son imágenes de actos políticos, mientras que otros –excepcionales, grabados al inicio de la Revolución– muestran aspectos de su vida cotidiana. El espectador, cuya vista ha ido adaptándose a la oscuridad, descubre cuatro hombres desnudos encuadrando el área donde se encuentra el monitor. Ellos repiten diferentes gestos fijos: uno doblándose como en una reverencia, otro como quitándose algo de encima, etcétera.

Como vemos, la obra combina una diversidad de recursos que van más allá de lo escópico, involucrando los sentidos del olfato y el tacto, y el desplazamiento en el espacio, para crear una experiencia múltiple, compleja. Sorprende que haya sido censurada –y con tanta celeridad– en la bienal, pues su mensaje es indirecto, muy abierto a la recepción personal de cada espectador. Son rasgos que no suelen acompañar a muchas obras “políticas”, casi siempre más directas y con menor amplitud y textura semánticas. Sin título…, en cambio, posee una opacidad imposible de traducir literalmente. Así, la pieza es un comentario polisémico acerca de Cuba, su economía basada en el azúcar y la esclavitud, su historia, y la Revolución Cubana. Este amplio espectro de interpretación lleva a pensar que la censura se debió a los videos de Castro, el uso de cuya imagen siempre ha sido muy sensible, y la presencia a su alrededor de actores desnudos.
Es interesante notar que las obras que activan ejercicios artísticos de los sentidos “no estéticos” (olfato, gusto, tacto, experiencia del espacio y del peso) no suelen estar dirigidas a construir mensajes de índole social o política. Van más hacia el interior del individuo, sus sensaciones y subjetividad, que hacia fuera, al ámbito social. Un ejemplo es el trabajo de Cildo Meireles, artista paradigmático en esta línea, quien también suele detonar poesía y reflexiones generales con esos medios. Es singular el uso “político” del olfato y el tacto en esta pieza mayor de Bruguera –muy bien escogida por el MoMA–, que muestra su sofisticación como artista.
Pienso que en el contexto cubano, el monitor con los videos de Castro adquiere significados particulares. Castro, adelantándose a su tiempo, usó la TV con fines políticos directos desde 1959, antes del histórico debate televisivo Kennedy-Nixon. Incluso, en un caso único, se valió del medio para dar un golpe de Estado al presidente Manuel Urrutia. A Castro nunca le interesaron los monumentos en bronce en las plazas públicas. Era un moderno: su estatua fue electrónica, virtual, una imagen perenne en el televisor invadiendo los hogares, transmitida por todos los canales a la vez. Anticipó así orwellianamente una época donde la realidad son las pantallas. Y allí apareció de nuevo en la obra de Tania Bruguera, aunque en silencio, contradiciendo su verborrea habitual.
Con esta muestra personal en el MoMA, su participación en Documenta, las bienales de Venecia, São Paulo, Estambul y Gwangju, y su próximo encargo para la Turbine Hall en Tate Modern, Bruguera se convierte en la artista cubana que ha conseguido mayor presencia en los circuitos hegemónicos no comerciales, los de mayor poder legitimador a escala global. Es un hito muy valioso y merecido, una consagración mainstream que debemos celebrar tanto como deconstruir. En verdad, Bruguera ya estaba consagrada mucho antes por su “artivismo” de largo aliento en varios países, que reactivó las funciones sociales y políticas del arte. Lo importante no es que Sin título… se haya mostrado en el MoMA: lo relevante es que haya sido creada para actuar iluminando críticamente un contexto represivo.
Jacques Derrida ha insistido en que muchas claves están en las notas, las etiquetas, las referencias colaterales… Sin demeritar la valiosa difusión y el impacto crítico que significó presentar la pieza de Bruguera en Nueva York, resulta elocuente que allí se haya usado olor a caña de azúcar artificial, cuando en La Habana el olor brotaba con fuerza del bagazo en el piso.
GERARDO MOSQUERA
