A fines de los años ochenta Sebastián Gordín inició sus indagaciones artísticas en torno a la pintura, lenguaje que rápidamente abandonó a principios de los noventa para comenzar a construir sus maquetas y objetos en miniatura tan reconocidos. Una pieza clave en este proceso creativo fue El libro de oro de Scoop, realizada en 1993, donde un pequeño robot rompe la bidimensionalidad al salir de las páginas de un libro. Como un pop up desmesurado, esta obra abrió un nuevo capítulo hacia la tridimensionalidad, que Gordín describió cómo “abrir un libro durante una secuencia cinematográfica, un ejemplar polvoriento que la cámara enfoca en lugar preciso”.
Sus maquetas y esculturas desarrollan un mundo propio de fantasía que, de alguna manera, se vincula con elementos de la infancia por su pequeña escala, semejante a la fascinación del niño por la casita de muñecas o los autitos. Además, los detalles minuciosos de sus obras potencian el misterio creando una escena detenida en el tiempo, donde un secreto se oculta como una escena del crimen que esconde las huellas de lo sucedido. Este clima de misterio que Gordín logra en sus obras remite a los relatos de la literatura o cinematográficos relacionados en la ciencia ficción o el horror clase B, donde el espectador queda atrapado como un voyeur en la observación detenida de los detalles de la escena.

En su última exposición en la Galería Ruth Benzacar observamos una nueva instancia de producción, donde la teatralidad se expande hacia el espacio de exposición, y el espectador ingresa en la escena de sus maquetas y transita la muestra descubriendo una por una las obras. Gordín diseñó este recorrido laberíntico de camarotes junto con Mariano Pensotti, autor del prólogo de la muestra, y el arquitecto Gustavo Doliner. A diferencia del montaje tradicional, aquí se dejó de lado el uso de paneles de madera para dividir el espacio; y se crearon paredes blandas con telas estableciendo un ambiente de carácter más teatral, en sintonía con la narrativa de Gordín. Estos microespacios hexagonales posibilitaron una percepción individual e íntima con cada obra. Al ingresar a cada camarote hallamos diversas versiones del artista desconocido pintando su autorretrato; unos pequeños personajes montados sobre un escenario frente a un atril de zinc en el que su reflejo pinta el autorretrato.
Como en el inicio de su carrera, esta muestra partió de un conjunto de obras bidimensionales que manifestaron la experiencia adquirida en estos años de construcción de maquetas, el haber aprendido oficios y, en particular, el trabajo con la madera, que le permitió crear sus Leñoutopías cromáticas espaciales. Esto es un conjunto de obras de carácter abstracto donde el efecto óptico de movimiento se construye con el veteado colorido de la madera. También en su obra No more Mr. Nice Guy Gordín aparece la reminiscencia al mundo onírico de Gordín, tanto en la vitrina iluminada y como en la lluvia detenida en un instante.
Diferente es la puesta de su obra Separadas al nacer, donde sobre un plano de tela azul que divide el espacio recortó un rectángulo que le permitió ubicar dos pequeños objetos de madera sobre una base de resina traslúcida suspendida en el aire. Esta ventana crea un extraño espacio intermedio donde la pieza funciona como conexión entre el espacio del visitante y el siguiente; una vez más, este artista nos obliga a espiar otros mundos. De alguna manera, esta exposición aglutinó diferentes búsquedas poéticas de Sebastián Gordín que, si bien lograron desarrollar un estética particular que le dio un gran reconocimiento y le permitió convertirse en un referente del arte de los noventa, hoy se corren de su lugar de confort y seguridad para seguir la frase inscripta en su obra Se puede cambiar el nombre a pedido: “nunca confíes en un millonario”.
AYELÉN VÁZQUEZ
