¿Cómo relacionarse con el pasado desde un punto de vista contemporáneo? Nada más entrar en la exposición de Sandra Gamarra, Rojo indio, parece que entramos en un museo, y no en la Galería Juana de Aizpuru. A lo largo del cubo blanco se extienden algunas vitrinas. Sobre ellas, distintas imágenes al óleo de figuras precolombinas. Hay orden, jerarquía. Repetición y sistematización.
Los museos nacieron en el siglo XVIII a consecuencia de la Ilustración y del colonialismo. Era necesario erigir dispositivos de conocimiento para legitimar la expansión y la dominación políticas. Había que construir nación, a un lado y al otro del océano. En la instalación que propone Sandra Gamarra, situada en lo que ella llama La habitación del ostracismo, vemos, por un lado, distintas imágenes de piezas de arte precolombino, pintadas al óleo sobre metacrilato. La técnica resulta impactante porque parecen tener volumen. Hay una clara intención de convertir las piezas de museos en imágenes: más que contenedores de objetos, los museos son espacios de generación y circulación de íconos que configuran la historia de la política y del arte. Detrás de cada “vasija” leemos distintas palabras para nombrar al indio, al diferente, al “otro”: salvaje, arcaico, tribal, bárbaro, nativo, aborigen… Esto nos lleva al título de la muestra, Rojo indio. Ambas palabras, además de aludir al óxido de hierro, se usan también para nombrar al hombre originario de los Andes de manera peyorativa. Como señala la propia artista, este es el resultado de una confusión. El apelativo “indio” se aplica de manera genérica a los habitantes de América Latina, no necesariamente a los nativos de India. Y esto es resultado del error histórico de Cristóbal Colón. Por otro lado, surge otra connotación con respecto a la palabra “rojo”. En Occidente se relaciona con términos como comunista, marxista, antisistema… Es decir, vemos que, desde la lógica occidental, todo lo que no esté enraizado en una determinada dinámica racional se engloba en un mismo lugar, donde está lo desordenado, lo salvaje, lo inculto, lo que debe ser sometido y organizado. En este sentido, y lo sabemos, visitar cualquier museo es hacer un recorrido por la historia del poder. Lo que se expone dice más del propio dispositivo que del contenido en sí, que, en realidad, está sometido a toda una compleja red de relaciones.

La propuesta de Sandra Gamarra no es solo una declaración postcolonial, algo a lo que estamos acostumbrados a ver en el arte contemporáneo. Su propuesta resulta impactante porque trabaja desde la materialidad reflexionando y analizando de manera crítica los sistemas visuales de representación, los discursos historiográficos y las lógicas de los espacios expositivos. Tratando un tema que no nos sorprende, sin embargo, la conceptualización es sutil, impactante, estética, cuidada y eficaz.
En la sala contigua, el rigor de la investigación se mantiene. Esta es la “sala de objetos encontrados”. Un guiño, quizá, a la categoría de ready-made. Pero aquí no nos encontramos objetos, sino lienzos que analizan los formatos tradicionales en el arte. El género del paisaje, por ejemplo, claramente ligado a la noción de espacio doméstico, contemplación, propiedad privada y ventana. Sobre los lienzos hay inscripciones de la propia artista que traducen profundas reflexiones al respecto: “Es el rectángulo de la ventana lo que produce el paisaje”. “La naturaleza traducida a imagen supone la existencia de un espacio de cultura”. En este sentido, podríamos pensar que el paisaje es una domesticación de la naturaleza, convirtiéndola en una sublimación de la industrialización. Una construcción política más, sometida a la perspectiva y el ángulo de una determinada manera de observar el mundo.
También vemos bodegones, género ligado desde el siglo XVI al interior burgués y a la complacencia de los interiores domésticos. Son también epítomes de cuestiones más profundas: la dialéctica entre realidad e imagen, esencia y apariencia, objeto y cuerpo. Y, por último, nos encontramos con un género que marcó la pintura colonial en el siglo XVIII y que no nos cansamos de observar, por todos los conflictos que en él se condensan. Se trata de la pintura de castas, lienzos en los que se intenta sistematizar la mezcla de razas en los entornos coloniales. Siempre van acompañadas de una inscripción: “negra de criolla y español produce mulato”, por ejemplo. Las escenas, además de constituir un reflejo de las clases sociales, permiten conocer la obsesión de la Ilustración por ordenar y jerarquizar el mundo, intentando aplicar lógicas pseudocientíficas a la política de los afectos, los cuerpos y la violencia. Se trata, quizá, de una manera de exorcizar o procesar toda una serie de excesos y cuestiones que afectan a la fricción de dos mundos. Hablamos de violaciones, de castigos, de prácticas que tienen que ver con el sometimiento y la dominación, y no es fácil aludir a ellas. De ahí el afán taxonómico por convertir en conocimiento lo que era innombrable.
ANA FOLGUERA
