Parecería que los temas se suceden y quedan en compartimentos estancos. Se revisan históricamente, se sufren individualmente y por comunidades enteras. En paralelo surgen nuevas crisis que se plantean aisladas pero que no lo son. Son derivaciones de aquellos puntos álgidos de tiempos atrás que fueron creando eslabón tras eslabón, muerte tras muerte, salidas creativas tras salidas creativas, soluciones arriesgadísimas tanto como insólitas, miradas desesperadas y actitudes pioneras. Rodrigo Valenzuela es un artista que manifiesta esta teoría sociohistórica de la realidad, que engarza momentos degenerados de las dictaduras en América Latina que comenzaron a hervir en el caldero de la segunda post-guerra mundial, cuando aquellos asesinos hitlerianos escaparon o llegaron invitados a esos territorios. Y cuando el poder militar conosureño –Argentina, Chile, Uruguay– y de Brasil inunda de poder los setenta y ochenta. Doblegarse, no pensar, sobrevivir, luchar, defender, escapar, morir, ayudar, esconderse, ser indocumentado, perder los derechos de ser humano por la criminalidad de otros (a los que no podemos llamar personas ni gobierno ni dirigentes sino enfermos de ceguera de poder, de odio y de criminalidad).
Rodrigo Valenzuela nació en Chile en 1982; sabe de todas esas circunstancias, y habiendo estudiado arte antes de buscar otro tipo de vida fuera de Chile, sin negar su origen de familia trabajadora, desarrolla diversas disciplinas como artista. La fotografía que conforma su exposición en Laurence Miller es tan escenográfica como documental y tan documental como escenográfica, como lo es la vida misma, que es lo que Valenzuela quiere referir. Recogiendo desechos y vestigios de la vida en los lugares donde ha trabajado y en las calles, crea sus instalaciones, que son a la par “modelos armados” para sus fotografías. Son como las secuencias de escondites que los migrantes indocumentados deben construir. Son ensamblajes de recuerdos, que, por más que hay quienes los quieren borrar, tienen hondas raíces plantadas en las venas de estos hijos de América Latina.

De tres de sus diversos portafolios fotográficos, titulados Trophy Room, Hedonic Reversal y General Song, se hizo la selección para esta exposición. El último título de los nombrados evoca el Canto general del poeta Pablo Neruda, quien tempranamente nos empapó de la lucha por el respeto al individuo. Hedonic Reversals ratifica la experiencia de las instalaciones de ruinas de las sociedades en cambios espaciales. Este –el espacio– es el rubro fundamental que cobija el trabajo de este artista, quien refiere las variantes que van de lo geográfico a lo ambiental, de lo quitado a lo recuperado, de lo perdido a lo reconstruido. Reflexionar a través de la fotografía lo lleva a realizar tomas tras tomas, modificando dimensiones, restableciendo relaciones de las partes con el todo, o sea, de las sillas, las secciones de metal, llantas, y demás, con el espacio de su estudio. El entorno y los componentes son predominantemente monocromáticos. La pintura entra a ser un ingrediente psicológico y de cuestionamiento. Quién no ha visto la exposición tiene que expandir la imaginación, más que a la suma de elementos, a la opción de enfrentarse a laberintos serenos, un tanto irreales, abandonados pero no trágicos, testimonialmente reunidos, habitables por un evocador realismo mágico.
Barricade #1, del portafolio Canto general, de 2017, es una impresión con pigmento perdurable, en edición de tres. Estos son tanto el tipo como la cantidad de impresión en que se presentan las fotos que integran la exposición. Es una obra pictórico-lírica en la cual, a través de la pincelada, se funden altas figuras esquematizadas con formas de maderos. Analizar Hedonic Reversal #5, que pertenece a obras del 2014, denota materiales de construcción, alguna cruz que recuerda a un compañero/trabajador caído, y esos laberínticos entramados que no remedan los cimientos de una casa sino un escalonado de vallas incrementadas por sus sombras. Y por qué no, asfixiantes miniviviendas, escondrijos reveladores o cuadrículas de cementerios. Trophy Room, conjunto de 2015, une de sutil manera vallas –elementos urbanos que delimitan áreas de construcción– con formas para sostener hamacas, y en el caso específico de Sign Painters, fotografía en la cual Valenzuela integra colores más allá de la escala del blanco al negro, también se constituye un atril/paso de baile y luces. Esta es una obra que acusa la actividad multidisciplinaria del autor pero también acusa encierros y zonas de tortura. Barricada #5, con llantas pinto-manchadas, ladrillos de construcción, cadenas, y la alusión a que incluye una reelaboración fotográfica.
Teniendo que trabajar en construcción y limpieza, Rodrigo Valenzuela ha atravesado varios caminos hasta graduarse también en Historia del Arte, Filosofía y Fotografía; es profesor asistente en UCLA, su obra se exhibe en museos y galerías de prestigio internacional, y también integra colecciones públicas y privadas, todas sedes que reconocen el aporte técnico-estético cargado de experiencias intrínsecas y reflexiones fácticas no obvias.
GRACIELA KARTOFEL
