Exposición Individualjun 2018 - ago 2018· Por Alejandra Villasmil

Mónica Bengoa

Museo Nacional de Bellas Artes – MNBA

Mónica Bengoa (Chile, 1969) ha centrado su práctica artística en la imagen fotográfica, primero mediante la exploración directa del medio, de sus posibilidades técnicas y expresivas, luego experimentando con modos de representación y traducción en distintos soportes y materiales. Un recorrido que se hace elocuente en su primera retrospectiva en Chile, que, bajo el título Tentativa de inventario, da cuenta de la evolución de su obra durante los últimos veinticinco años, desde sus primeras fotografías de la década de 1990-2000 hasta sus trabajos más recientes realizados en fieltro. La muestra, en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago, se divide en tres núcleos cronológicos, compuestos por obras de diferentes periodos seleccionadas por la propia artista.

En sus primeros trabajos, Mónica Bengoa utiliza la fotografía para registrar sistemáticamente situaciones cotidianas del día a día: una bitácora casi obsesiva –640 fotografías a todo color– de sus hijos cepillándose los dientes (En vigilia 4, 2001), autorretratos donde realiza tareas domésticas o, de manera más íntima y personal, un catastro de su cuerpo y sus “accidentes geográficos”, sus cicatrices, lunares y pliegues. Estos ejercicios, que bien podrían vincularse a prácticas feministas que de algún modo quedaron soterradas en el Chile de esa época, son, para Bengoa, aproximaciones a lo “infraordinario”, un concepto apropiado del escritor francés Georges Perec, uno de los referentes literarios más valiosos para sus últimas series de trabajos.

Exposición Individual: Mónica Bengoa — imagen 1
Monica Bengoa. W, Así lo veo yo (o el gran cuaderno de instrucciones de uso de un aficionado a clasificar las cosas), 2007. Mural hecho con alrededor de 2.000 sevilletas. Dimensiones variables. Vista de la exposición Tentativa de Inventario en el Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile. Cortesía: Estudio Mónica Bengoa.

Mónica Bengoa buscaba por ese entonces despertar la empatía del espectador frente a asuntos, acciones o lugares comunes y corrientes, hacerlo consciente de nuestras acciones diarias automáticas, simplemente al darles visibilidad en el contexto artístico.

En una segunda etapa de su carrera, Bengoa comienza a experimentar con formatos de mayor escala y, al mismo tiempo, con el color. De estos ejercicios surgen obras que empiezan a dar indicios de lo que ha venido a ser su metodología de trabajo, acotada a la restricción cromática, de materiales y procedimientos. La obra que marca este punto de quiebre es Sobrevigilancia (2001), un mural de 4.45 x 11.78 metros compuesto por 9.160 cardos naturales teñidos, en donde la imagen central es aquel lavamanos donde sus hijos se cepillaban los dientes todos los días. Es a partir de este trabajo que Bengoa radicaliza el sistema de construcción de obra, asumiendo decisiones significativas en cuanto a las modalidades y materialidades de transferencia de imágenes fotográficas. La imagen fotográfica de acciones insignificantes es entonces puesta en tensión con su traducción a otros soportes mediante técnicas manuales de largo aliento y rigurosos mecanismos de deconstrucción y reconstrucción de esa imagen.

En la exposición en el Bellas Artes se incluyen algunos de estos trabajos, como Enero, 7:25 (2014), un mural monumental donde se ve la cama de un niño a ras del suelo, y bajo la cual se encuentran escondidos juguetes y prendas de vestir. Esta obra es parte de una serie de trabajos en los que Bengoa utiliza miles de servilletas de papel coloreadas a mano con lápices de madera escolares, y que, al igual que la serie con cardos teñidos, se basa en la construcción sistemática de una imagen mediante un tipo de módulo. Estas piezas develan además otra de las características inherentes a la obra de Mónica Bengoa: el empleo de procedimientos y materiales que no son los propios de las artes visuales más tradicionales. Hay una coherencia entonces entre lo representado y cómo se representa, o dicho de otro modo, los materiales empleados en estos grandes murales guardan una estrecha relación con las escenas domésticas que nos presentan. Para Bengoa es importante que el público pueda reconocerse tanto en estas imágenes comunes y corrientes como en los materiales con las que están hechas, y, más aún, en técnicas que le podrían ser cercanas, como se ve en sus obras realizadas mediante el tejido, el bordado, la costura a mano, o el calado de papel y fieltro. En todas estas técnicas impera un sistema de reglas y restricciones, que sin embargo van variando –y complejizándose en algunos casos– de proyecto en proyecto.

La muestra va cerrando con el periodo de producción más reciente de Bengoa, cuando desplaza definitivamente la temática intimista y autobiográfica por su interés en la literatura. La obra que viene a representar este punto de inflexión es W, Así lo veo yo (o el gran cuaderno de instrucciones de uso de un aficionado a clasificar las cosas) (2007), un mural hecho con alrededor de 2.000 servilletas, donde la imagen es una sección de la biblioteca de la artista, en la que hay una colección de libros y autores que han sido significativos en el desarrollo de su obra reciente. A su lado está dispuesta una pequeña vitrina con estos libros –el modelo de la imagen– y las virutas de todos los lápices de colores empleados en su realización.

Las imágenes sobre literatura que Bengoa venía trabajando desde el 2007 sufren un giro material en el 2010 con la incorporación del fieltro de lana calado a mano. Su propósito aquí era más bien explorar un nuevo material, utilizando imágenes fotográficas de libros como excusa temática. De esta serie de trabajos, de los cuales se exponen varios en el MNBA, destaca Still life/Style leaf (2014), un políptico en el que se lee de manera distorsionada un extracto del libro Lo infraordinario, de Georges Perec, que describe detalladamente todos los objetos presentes sobre su escritorio. Esta obra viene a resumir, acaso, muchos de los intereses de Bengoa de los últimos veinticinco años.

ALEJANDRA VILLASMIL

Mónica Bengoa, por Alejandra Villasmil | artnexus