Las experiencias conceptuales y postconceptuales del arte de los 60 y los 70 sentaron las bases para la construcción de nuevos imaginarios en torno a lo fotográfico. La aparición de un modo alterno de objetividad –esbozado desde la narración seriada de momentos en apariencia triviales o desprovistos de una evidente causalidad– suplantó en el arte el registro irrepetible del acontecimiento, sustituyendo el aura del momento decisivo por un modo de contemplación conectada, en muchos casos, a una introspección analítica sobre el espacio urbano con sus cargas socioculturales.
Diarios del agua, la reciente exposición de Maritza Caneca (Brasil, 1964) curada por Adriana Herrera en Clima Gallery (Miami), retoma de modo singular un hilo de continuidad que la remite a las tempranas experiencias de Edward Ruscha –impresas en trabajos como Nine Pools and a Broken Glass o Twenty Six Gas Stations–, tanto como a los trabajos pioneros de observación y registro de Bernd e Hilla Becher y sus discípulos de la llamada Escuela de Düsseldorf: visiones inseparables de lo urbano y de la aprehensión de fenómenos como el apogeo y decadencia de la arquitectura y los espacios públicos en el mundo contemporáneo.

Caneca registra la quietud de los espacios vacíos, generalmente desprovistos de la presencia humana pero cargados con la memoria colectiva y con las huellas de su propia visión. En sus Series de las piscinas –un trabajo que comenzó en el 2012–, y en las imágenes de los baños y vestidores cercanos, no hay contingencias, ni azar. Fuera de la emoción de los instantes irrepetibles de la fotografía tradicional, la artista nos sitúa ante un conjunto de espacios de contemplación que funcionan en diversos niveles: por una parte, su ojo entrenado registra el juego de composiciones geométricas y las evoluciones formales que se producen en la superficie del agua, así como en el reflejo o en la presencia de ciertos elementos decorativos o funcionales como las baldosas, las líneas divisorias del fondo o las escaleras. Cargadas de poesía, ciertas imágenes producen el efecto de una belleza abstracta que disuelve la temporalidad.
Pero desde el registro persistente de las piscinas en varias ciudades del planeta, Maritza Caneca traza, al mismo tiempo, el itinerario de sus propios desplazamientos. Las fotografías expuestas son a la vez una suerte de mapa fragmentado de sus propios recorridos y una constancia de la observación entre el esplendor y el abandono, o entre la opulencia y la ruina que remite –más que a un ejercicio formal– a la búsqueda en el periplo de una geografía afectiva.
Como señala el texto de la exposición, la artista “ha fotografiado piscinas llenas y vacías en Río de Janeiro, en São Paulo, en Estambul y La Habana, en Jerusalén y Cartagena, en Ginebra, Miami, Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, Marfa, Nueva Orleans, Boston, Lisboa, Porto, Hanoi, Bangkok y Camboya, y cada imagen puede leerse como la página de un diario visual”.
Separadas de su contexto de origen bajo el efecto de un encuadre que secciona –como la talla en una escultura– cualquier referencia geográfica para enfocarse en la esencia, las piscinas se agrupan significativamente en torno a un núcleo homogéneo que funciona como categoría estética con autonomía propia. Esta idea es particularmente acentuada en sala a partir de un singular diseño que combina imágenes y videos (Caneca es también directora freelance de fotografía), pero sobre todo a través del uso de una iluminación puntual que separa los marcos en el vacío de una oscuridad envolvente, creando el efecto ilusorio de transformar las fotografías impresas en aparentes cajas de luz con destellos propios.
En Diarios del agua, los videos expuestos extienden el alcance perceptivo de las fotografías, aunque desde la noción de la inmersión en el agua, con toda la carga simbólica que desde la Antigüedad tiene este elemento. En Immersion –un video filmado en cámara lenta–, la masa etérea del agua y sus transparencias funcionan visualmente como un campo abstracto de composición geométrica, cuya quietud es interrumpida abruptamente por el realismo de la línea horizontal que traza un nadador en su zambullida: “No nos bañamos dos veces en el mismo río porque ya en su profundidad, el ser humano tiene el destino del agua que corre”, cita Adriana Herrera en el texto del catálogo.
Esta presencia de los fluidos como elementos seminales de la vida, pero también como factores de su destrucción, adquiere una dimensión preocupante en Chamado para oração, donde la cámara registra el fluir y las evoluciones de una masa densa e incontrolable de tonos oscuros y ocres: el petróleo. La alternativa de la catástrofe –el derrame del hidrocarburo– alcanza por la belleza de la imagen, una condición estética, mientras las combinaciones de las fotografías y los videos trazan al unísono las sucesivas etapas del periplo de la artista. Ella es la transeúnte, la expedicionaria, y no hay grandes ciudades perdidas ni grandes monumentos por descubrir –como sucede en las fotografías sugestivas de Candida Höfer–, a no ser los monumentos ordinarios de las pasiones, los sueños, pero también los desencantos cotidianos del hombre contemporáneo.
WILLY CASTELLANOS SIMONS
