Hace poco leí El río de Wade Davis. Un libro tan hermoso como contradictorio, que dedica un buen porcentaje de sus páginas a narrar las aventuras del doctor Schultes, etnobotánico que viaja por el Amazonas en la primera mitad del siglo XX. En palabras de Davis, Schultes va descubriendo plantas y, por ende, nombrandolas. Dos términos, dos actos –nombrar y descubrir– que, en el marco del libro, significan incluir en la taxonomía occidental. Esto es, categorizar pedazos de selva que ya tenían un nombre en las lenguas indígenas, lo que de suyo resulta difícil.
La exposición titulada Falto de palabra, curada por Claudia Segura en NC-arte, envolvía un cuestionamiento sobre el acto de nombrar y la violencia que le es intrínseca. El nombre, la categorización del objeto y el derecho de propiedad van de la mano. Por eso, cada nombre necesita de un notario que ratifique su existencia, ya sea en el terreno de la ley o en el de la academia, ambas instancias básicamente burocráticas.

Falto de palabra fue una exposición compuesta por dos secciones. En la primera, que ocupaba la planta de la galería, del Colectivo Maski (Juan David Laserna, Camilo Ordóñez y Jairo Suárez), se entrelazaban dos tipos de proyectos fallidos. Por un lado, dibujos de edificios ladeados de Bogotá, impresos en papeles propios de planos arquitectónicos, tal como si la inclinación fuera parte de un plan milimétrico y calculado, y no hija de una fatalidad que, es obvio, cayó sobre la familia que adquirió el inmueble. Por otro lado, se levantaba una especie de construcción hecha con los tubos amarillos que caracterizan el sistema de transporte público bogotano, un andamiaje en el que provocaba montarse y jugar, y el cual, con humor e ironía, construía a partir del evidente fracaso del transporte público en la ciudad.
La segunda sección, en la cual se enfocará este texto, estaba ubicada en el siguiente piso de la galería y fue realizada por el artista uruguayo Luis Camnitzer. Constituida por varias piezas, u obras, o ejercicios, pues desde hace un buen tiempo Camnitzer ha renunciado a confeccionar objetos para provocar situaciones, la intervención proponía varios enunciados, incluso, si se me permite, instrucciones. De esa forma, un cuadrado dibujado en el piso tenía el siguiente texto: “1. Trae un objeto de tu casa que no tenga nombre y colócalo en este espacio. 2. Dale un nombre a los objetos que están en este espacio”. Asimismo, una foto pixelada de un hombre iba acompañada de la pregunta “¿quién es?”, y una serie de objetos, singulares o inacabados, invitaba a los espectadores a denominarlos. Lápices y notas adhesivas estaban a disposición del público para intervenir.
La relación palabra e imagen, palabra y objeto, recorre la obra de Luis Camnitzer. Los ejemplos son muchos y las piezas agudas, tanto que me remiten a lo mejor del conceptismo español del siglo XVII con un poco de poesía concreta brasilera, movimientos en los cuales los significantes se entrelazan con el significado, ya sea por sonido o por imagen. Pero continúo, en las piezas de Camnitzer la palabra es crucial, desde lo que yo denominaría su espejo escrito, un cuadrado en el que se lee: "This is a mirror. You are a written sentence" (Esto es un espejo. Usted es una frase escrita), de 1966; la serie Tortura uruguaya, de 1983, en la que el título cumple un papel fundamental en la construcción del sentido, pues por este el espectador comienza a otorgarles significado a las fotografías y a las frases que estas llevan escritas, sin saber que su combinación ha sido de carácter estrictamente aleatorio; hasta su intervención en la fachada circular del Guggenheim, en cuyo aro más alto se leía: "The museum is a school" (El museo es una escuela), de 2013.
Esta vez, Camnitzer instaló la frase: "EL MUSEO SON USTEDES. NOSOTROS SOMOS LA OFICINA" en la fachada de NC-arte. Escrita en letras mayúsculas y tinta negra, la hilera de palabras se veía, desde la carrera quinta, realmente bella (juicio este que, aclaro, no debe interesarle al artista en demasía). Yo la observaba un par de veces a la semana desde el bus que me conduce a la universidad. En la frase dos aspectos eran clave; por un lado, el uso de la primera y la tercera personas del plural –ustedes/nosotros–; por otro, su ubicación en el exterior, esto es, en el límite físico de la galería, en la frontera de la muestra. Aspectos que llevaban a disolver esa misma frontera, liquidar la pared que le servía de soporte, para unir mundo y museo, ustedes y nosotros, artista y espectador, y, claro está, arte y vida.
Vuelvo al interior del recinto. En un cubículo pequeño se invitaba al visitante a grabar con la ayuda de un micrófono alguna historia que refiriera el origen o elección de su propio nombre. El lugar era un minúsculo estudio de grabación, en el que uno se encerraba y podía leer, con algo de intimidad, un texto que llamó mi atención de forma bastante intensa. Una especie de revelación. Un párrafo autobiográfico escrito con un tanto de desparpajo –nada de dramas ni reminiscencias de la infancia–, en el que el artista narra una historia singular sobre su nombre. Resumo: al nacer, estando en Alemania, Luis Camnitzer fue nombrado Ludwig, denominación que se mantuvo hasta que su madre decidió que tenía cara de Peter y comenzó a llamarlo de esa forma. Ya en Uruguay, Camnitzer optó por el Luis, con el que fue y es denominado hasta la fecha, aun cuando su madre siempre lo llamó Peter. El texto concluye diciendo: “No sé cuánto daño me causó este proceso. Si es que causó alguno, ya no es reparable. De cualquier manera esta anotación no es una queja autobiográfica sin importancia. Es, mucho más seriamente, la base para una elucubración sobre el poder y el abuso que se comete cuando se nombra sin dejar espacio para el cuestionamiento”.
JULIA BUENAVENTURA
