Exposición Individualjun 2018 - ago 2018· Por Oscar Roldán-Alzate

La Decanatura

Museo de Arte Moderno de Medellín – MAMM

No dejará de ser sorprendente y misterioso, por más que se tenga claridad científica, el hecho de que un aparato alado, construido por el hombre, de hierro y en extremo pesado, en el cual uno puede incluso entrar, levante vuelo tras una carrera de un millar de metros. Luego de la sorpresa se pasa a la poesía, cuando su silueta de Ícaro metálico se pierde lentamente en el firmamento, lo cual hace que el misterio se vuelva tan profundo como el rumbo tomado por la nave.

La geografía latinoamericana se corroboró a bordo de aeronaves desde el mismo momento que inició la industria del transporte aéreo comercial. El Douglas DC-3, además de icono de la aviación mundial, es aún el artefacto más valorado por la tribu de voladores implumes que cobijan los confines del territorio colombiano. Ese mismo avión y sus múltiples hazañas por los aires, ríos y terrenos escarpados colombianos, desde los años 40 hasta nuestros días, son materia de indagación para Elkin Calderón Guevara y Diego Piñeros García, dos artistas visuales que, en conjunto, se plantearon hace unos años el trabajo colectivo y decidieron llamarse: La Decanatura. 

Exposición Individual: La Decanatura — imagen 1
La Decanatura. Caja negra, 2018. Video instalación. Dimensiones variables.

Caja negra, además de constituir un concepto complejo que encierra catástrofe, memoria y misterio en el argot aeronáutico, es el nombre de su más reciente muestra, presentada en el marco del Programa C del Museo de Arte Moderno de Medellín (plataforma para artistas emergentes que hacen equipo con curadores jóvenes, promovida por el museo como una forma de visibilizar procesos relevantes en las artes contemporáneas colombianas). Su nombre es tan llamativo como alarmante, aunque, en el fondo, la muestra es una oda a la sombra bienaventurada de un artefacto que ha servido para unir los territorios nacionales desde su mismo advenimiento a nuestra geografía, justo cuando la fiebre del desarrollo moderno, para bien o para mal, se posó en estas tierras. Algunas regiones surgieron tras esa moderna intromisión, otras tantas, que son la mayoría, siguen tan atrás como en los tiempos de Mutis y su Expedición Botánica, con la diferencia de que en esas coordenadas ya conocen la violencia del AK-47 y las quimeras socialistas.

Alejandra Sarria, curadora de la última edición del programa C, nos cuenta que el trabajo de La Decanatura “se ha interesado por el desplazamiento como metáfora para salir al encuentro de otras realidades, así como por crear vínculos con la memoria y las ruinas del pasado”. De igual modo, y refiriéndose a los medios desplegados para llevar a cabo sus intervenciones, nos deja saber que “a través del uso del “medio audiovisual establecen una poética del tiempo y del espacio, que juega con puestas en escena que documentan eventos, lugares y objetos, a la vez que producen dislocaciones y alteraciones que conducen a nuevas lecturas de la realidad”.

La sala que alberga el trabajo es ciertamente limitada en su tamaño, lo que hace que las propuestas acudan a ingeniosas formas de comunicar los procesos investigativos de los artistas invitados al programa. Para este caso, el uso del hall de acceso se transforma en asunto obligado, buscando, quizá, optimizar la experiencia y dotar al visitante de argumentos visuales que aporten a la lectura complementaria de lo que sucederá en el interior. En el ingreso ya se respira un ánimo distinto que incita. El museo se convierte, por segunda vez, en un no lugar, como el señalado por Marc Augé para hablar de los espacios que no son de aquí pero tampoco de allá –al igual que las estructuras culturales que buscan ser o estar a la vanguardia internacional, como en el caso del MAMM–. Una banca en la sala de espera se vuelve protagónica. Si uno se sienta en ella puede ver fotografías de archivo de aviones volando y otros más accidentados, tal vez luego de un acuatizaje forzoso, o espectros de lo que fue en un cementerio de aviones, imágenes que advierten sobre una dinámica fantasmagórica que se escucha y nos llama desde adentro de la sala.

Ingresar al espacio es adentrarse en un viaje. Con un sonido impecable que hace uso de las tecnologías actuales se puede abordar un DC-3 y emprender un vuelo. La pieza es una proyección en pantalla gigante, ubicada de manera oblicua en la sala, con un estudio sonoro sorprendente. Son muchas cámaras las que concursan en esta suerte de sinfónica de altura para hacer sentir el vacío de navegar por los aires con los instrumentos más precarios que aún sirven para orientar el curso de un aeroplano, en una metáfora que nos habla de la condición de la modernidad vivida en una república bananera. Las tomas van y vienen del exterior al interior. Van y vuelven de la cola al tren de aterrizaje, para luego ir a los interiores del cuerpo volante. La máquina respira, toma vida con nuestra presencia y nos convierte en parte de su organismo. Las tomas internas develan la precariedad de la cosa y, por tanto, hacen sentir de manera más eficiente el milagro del vuelo. La experiencia es tan agobiante como mágica. Luego de un tiempo que no se sabe calcular, pues la estancia rebasa la anécdota, aparecen las ventanas frontales con el horizonte allá, a lo lejos. En este momento se advierte que el aparato navega solo. Sus timones se acompasan en una danza tan onírica como dramática en una relación que recuerda lo fascinante del ingenio humano.

En suma, Caja negra es un homenaje a la terquedad y la persistencia de las cosas sobre la faz de la tierra, incluso de las que tienen más sentido cuando se elevan.

OSCAR ROLDÁN-ALZATE

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