El panorama de la reciente muestra de creaciones de la artista brasilera Josely Carvalho, en el Museu de Arte Contemporânea de la Universidad de São Paulo, titulada Diário de Cheiros - Teto de Vidro (Diario de olores - Techo de vidrio), traía una denuncia sensorial, un recorrido investigativo visual, táctil y olfativo.
La exposición parte del proyecto Diario de olores, desarrollado por la creadora como una larga investigación sobre arte olfativo; proponía un diálogo estético entre los registros de la memoria de un pasado impactante –y aún presente– y una actualidad armada sobre fragmentos de recuerdos escindidos por las contradicciones de una temporalidad político-social convulsionada.
Techo de vidrio materializaba una investigación olfativa adelantada por Josely Carvalho como un ejercicio de descubrimientos sensoriales. En su poética, creando instalaciones con aromas originales –llamados Placer, Ilusión, Persistencia, Vacío, Ausencia, Afectivo–, conducía al visitante por la interacción cromoperceptiva de un recorrido expositivo confesional impregnado de emociones.

También los aromas dominados por la ocurrencia dramática de conflictos, tan recurrentes en la vida contemporánea, fueron llamados por la creadora Pimienta, Lacrimae, Anoxia, Barricada, Polvo y Dama de la Noche, activando un estado de incertidumbre en la memoria colectiva.
Para la exposición, la artista propuso dos núcleos de trabajos realizados en vidrio, materia sólida de positiva fragilidad. Interpretaba la presencia del acaso, del accidente de rotura, en situaciones frecuentes en los intervalos de la vida de cada cosa utilitaria –tazas, copas– como indicios de un nuevo destino para piezas de tan elevada resistencia entregadas al paso de los aromas.
El primer núcleo, que recibía al visitante a la entrada de la sala expositiva, reunía centenas de piezas quebradas, copas y pedazos de diversos formatos cortantes, en una instalación titulada Astillas, una especie de memorial de piezas quebradas que contienen recuerdos olfativos.
En la secuencia, el segundo núcleo de la muestra reunía dos perspectivas: un ambiente con obras en vidrio soplado y fragancias –fruto de la experiencia de la artista en el Estudio Urban Glass, en Brooklyn– y una instalación titulada Resiliencia, estructura afilada vertical móvil, con tres grandes vidrios astillados, imponentes en su versión discursiva en el espacio expositivo.
Enmarcados, los vidrios recogidos por la artista durante los violentos conflictos vividos en las manifestaciones de protesta, ocurridas en las calles de Río de Janeiro en el 2013, traducían el caos.
También en las esquirlas de vidrios regadas en las protestas había memoria olfativa, que ahora, reavivada por la artista, invadía todo el ambiente de la sala expositiva y dominaba al público. Era posible sentir el olor a pimienta, olor característico del gas lanzado por la policía en las manifestaciones, asociando la fragilidad y la intimidación a los recuerdos de un hecho histórico.
Ante sus muchas inquietudes, la creadora accionaba un recorrido táctil-olfativo para que el visitante sintiese su investigación materializada en cristales, en olores personalizados.
En cada creación en vidrio soplado, como Ánfora#10 y Ánfora#15, ambas de 2017, había una apertura, un espacio discreto con cristales perfumados, producidos en colaboración con la Perfumería Givaudan de Brasil. Convidaban a un ejercicio de aproximación que pedía al visitante tacto y olfato combinados, además de la omnipresente vista, siempre imperativa.
El proyecto de la artista, al incorporar aromas encapsulados a las creaciones, permitía al visitante el descubrimiento de una decisión que, en lugar de impedir tocar los trabajos, invitaba al público –habituado a la experiencia monitoreada vivida en los museos de arte–, para que poco a poco se atreviera a sentir las superficies frías del vidrio y aspirara aromas fuertes que disturbaban el ambiente y transformaban la recepción de cada trabajo.
La instalación Resiliencia, de 2013, que materializaba la denuncia de un tiempo de crisis, conjugaba las fuerzas de una compleja capacidad de adaptación y asumía, en la muestra, el lugar central de un gesto transformado en acto de resistencia y renovada consciencia de una narrativa en trance.
Ante lo expuesto, el visitante tomaba contacto con trece aromas, distribuidos en dos instalaciones, un libro de artista y seis esculturas en vidrio soplado y fragancias variadas.
Había incluso una base con seis barras olorosas para ser manipuladas por el público, en un evidente corte del recorrido de la visita, propuesto como una última vivencia, didáctica.
También componía el ambiente el video titulado Memoria del vidrio, del 2017, incorporado al espacio oscurecido de la sala expositiva. Con la luz controlada, las paredes negras se densificaban y la transparencia de las obras vitrificadas creaba sombras y una atmósfera de inestabilidad.
Josely Carvalho vive en Nueva York; mantiene también un taller en Río de Janeiro. Investiga lo cotidiano en su versión corriente de las horas de un día común y ha trabajado el imaginario simbólico del olfato como materia sensible para la invención de sus tesis.
Conocer de cerca cada obra se convertía en una incursión por el flujo de uso y descarte de un material muy corriente, el vidrio, al mismo tiempo poco usual en obras de arte.
De la visión propuesta por la artista para el circuito de la muestra Techo de vidrio, el visitante reconocía la maleabilidad de la propia naturaleza del vidrio soplado, el aroma impregnado en escenas olvidadas y la insistente y astillada cicatriz de la memoria humana, individual y colectiva.
CLAUDIA FAZZOLARI
