1988. Entierro de Wilson Ferreira Aldunate. Miradas que se dirigen al desfile del cuerpo, mientras otras se enfilan hacia el frente. Una mujer esboza una sonrisa que aparenta alivio. Un sospechoso hombre con gafas de sol se atusa la barba, su impecable peinado se alinea con un cartel que al fondo anuncia la palabra “Oro”. En medio de todo, una joven se lleva las manos a la cabeza y llora desconsolada, presa de la angustia. Sus ojos se encuentran azarosamente con la cámara de Vidart. Esa es la historia de una historia convertida en fotografía.
Fuera de campo. En el libro de estilo de todo fotoperiodista hay varios dogmas de razón. Y uno de ellos es que la imagen debe mostrar la acción que sintetice la noticia. El curador Pablo Bielli, encargado de seleccionar las instantáneas de Jorge Vidart para esta exposición en el Centro de Fotografía de Montevideo, conocía la poca adhesión de este experimentado fotógrafo, que trabajó para La Hora y La República, a esa ley escrita. Las mejores escenas de Vidart son aquellas en las que la acción importante queda fuera del encuadre; los retratados reaccionan ante algo que ocurre arriba, abajo, a derecha o a izquierda del inserto. Escenas urbanas en las que el protagonista no es la noticia, sino los testigos de esta. Los espectadores. De esta forma, los visitantes a esta muestra se identifican con aquellos que miran con dolor, con asombro o con fingida indiferencia algo que no podemos mirar. Otras fotografías sí se someten a la mirada directa del retratado; esa comunicación austera, despojada de dramatización, emociona por su capacidad de relatar sin palabras. Escapan igualmente a la literalidad de las hojas de periódico.

Alta sensibilidad. TRI-X revela a un fotógrafo capaz de capturar un estado de ánimo y un relato con una milésima de segundo congelada. Jorge “el Bocha” Vidart, fiel a la película fotográfica en blanco y negro de alta sensibilidad de Kodak que da título a la muestra, se revela como un cuentista sin palabras, con sus novelas campestres, urbanas, de prostíbulos, de tabernas y de calles. El interior –geográfico y psicológico– del Uruguay de los 70, 80 y 90, el archivo de Barrio Jara de Asunción (Paraguay) y la serie de fotografías intervenidas con texto componen un palimpsesto de ojos, gestos y madera aviejada. Desde la tímida presencia que inicia la exposición (Vuelta ciclista del Uruguay, Canelones, de 1974), en la que se revela un país medroso en analógico, hasta las pequeñas poesías de sus últimos años, de carácter íntimo y metafórico, Vidart establece una narración en cada gránulo de negro y gris. Estos postreros experimentos, por su tamaño y disposición, quedan opacados por las grandes fotografías de la época trovadora, además de incluir algunas aclaraciones dudosas, como aquella en la que anota con su puño y letra que su labor se aleja de las “artimañas de laboratorio”. Obviando ese fragmento final de menor importancia, la revalorización de Vidart se ve justificada por su maestría a la hora de reflejar las historias de los mortales inmortalizados, de vidas duras y traumas pasados, tras el paso por su objetivo. Una serie de retratos de distintos caracteres en el mismo foco y lugar conforman una línea de figuras que podrían conformar un anuncio publicitario callejero; no es así. Se resisten a la firmeza de la única interpretación y no venden sino su alma al que porta la cámara. Cada pliegue de la ropa, cada arruga del rostro, cada sombra, cada objeto, se apoyan entre sí para establecer ese diálogo atemporal. Quien creciera admirando las escenas humanas y humanistas de Robert Frank consigue trasladar su propósito en un Uruguay de abandonos, pero también de sucesos, de acontecimientos históricos anónimos y de personajes heroicos desconocidos. Un álbum de fotos que nos es familiar a todos, aun en su generación suspendida en el ayer, aun en su revelación en un cuarto oscuro y alejado.
JUAN JOSÉ SANTOS
