La obra de Gabriel de la Mora se ha caracterizado por normar y establecer narrativas a partir de procesos (pero también se podría decir que tareas) y los tiempos que estos requieren para armar, conseguir o completar piezas e instalaciones que cumplen en sala una función paradójica. Por una parte está la fuerza formal –que no puedo describir más que como lírica– de su obra, y por otra, la narrativa, de la que resulta (y de la que acaba de depender) un juego en el que misión, intención, mirada, tiempo y trabajo la sustituyen, en franco homenaje a (su lectura de) Deleuze, a quien cita para apropiárselo –para hacerlo suyo de manera flagrante– y convertirlo tanto en la esencia como en el subtexto de su obra. Es una cita y, a la vez, es algo más, siguiendo la premisa que plantea para este primera exposición antológica que tiene en Proyectos Monclova, que parte de la primera ley de la termodinámica (la materia y la energía no se crean ni se destruyen, solo se transforman) y el papel que tiene (o puede tener) el artista como mediador o como agente en la transformación de la materia; de ahí el título que le dio a esta muestra antológica, que –en termodinámica– mide tanto el número de microestados compatibles con un macroestado de equilibrio como el grado de organización de un sistema, y que define las proporciones entre el incremento de energía interna y la temperatura del sistema.

Según la definición de Wikipedia, la entropía es “una función de carácter extensivo y su valor, en un sistema aislado, crece en el transcurso de un proceso que se da de forma natural”. Las correspondencias o equivalencias que se pueden hacer de esto sobre el proceso del artista, sumado al hecho –en sí, fascinante– de que la entropía describe la naturaleza irreversible de los sistemas termodinámicos, pueden percibirse en el planteamiento general de estas piezas e instalaciones, que solo pueden tener una significación (o resignificación) a partir de la narrativa que las antecede como premisa y proceso de creación, tanto que las hace dependientes de esta narrativa, despojándolas de toda significación que hubieran podido tener en primer instancia para convertirlas en una sinécdoque del gabinete decimonónico (que ordena y sistematiza lo extraordinario). Al hacer esto, Gabriel de la Mora lleva también su papel –o lugar– como creador o intermediario al límite en el que se confunden ironía y literalidad.
Las series presentadas en esta muestra son: 1) Papeles quemados, que presenta los pedazos de carbón que se crearon fortuitamente en el proceso de quemado sistemático (y ritual) de su tesis de maestría (proceso que fue realizado a lo largo de diez años: entre el jueves 25 de octubre de 2007 y el 8 de noviembre de 2017); la serie resultante consta de dieciséis piezas, que suman los restos carbonizados y la documentación audiovisual de su proceso. 2) Papeles Neón, que presenta dibujos e intervenciones del artista sobre papel neón quemado previamente. 3) Plafones, que reúne y (re)presenta el camino seguido por el artista encontrando y recogiendo los plafones de casas de más de cien años, dispuestos en sala como objetos paradójicos, siendo un acto de rescate y apropiación, pero también un gesto abstracto que atrapa el tiempo transcurrido y la vocación lírica (otra vez) del artista como gran ordenador del mundo (o de aquello que el mundo desecha). 4) CACO3, que reúne y presenta un número significativo de pedazos de cáscara de huevo dispuestos sobre bastidores de 2 x 2. De la Mora había estimado un período de cuatro años para completar un lienzo pero el asistente al que contrató para la tarea la terminó en la mitad del tiempo. La pieza tiene como título el número de fragmentos que la constituyen. Y 5), Obsidiana, de la que presenta una pieza en muro, constituida por una tipografía realizada por un maestro artesano que trabaja y vende piezas con este material en la zona arqueológica de Teotihuacán, y cuyo título es una cita de Deleuze que sintetiza –de algún modo– el ars poetica de Gabriel de la Mora: “Si la repetición existe, expresa al mismo tiempo una singularidad contra lo general, una universalidad contra lo particular, un elemento notable contra lo ordinario, una instantaneidad contra la variación, una eternidad contra la permanencia”.
RICARDO POHLENZ
